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jueves, 1 de diciembre de 2016

Travesuras, aventuras y desventuras de Ikkyū Sōjun

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De Wabi Sabi: El arte de la impermanencia japonés
de Andrew Juniper
(Capítulo "La ceremonia del té")

Ikkyu fue el hijo ilegítimo del emperador Go-komatsu. Su potencial político le granjeó, desde el momento de nacer, muchos enemigos, por lo que su madre, una dama de la corte de Kioto, y él, fueron obligados a abandonar el palacio. Al cabo de varios años Ikkyu entrócomo novicio en el monasterio zen de Ankoku-jí, donde recibió una extensa formación en las artes y los clásicos japoneses y chinos.

Dede una temprana edad demostró tener una inteligencia increíblemente aguda, y en la actualidad circulan aún algunas historias sobre sus travesuras. Una de esas historias cuenta que en el monasterio donde residía Ikkyu había un abad que sentía una gran debilidad por un dulce que guardaba celosamente en su habitación, y siempre estaba asustando a los jóvenes acólitos que intentaban hacerse de él diciéndoles que era un dulce venenoso para los niños.

Por desgracia para el abad, el pequeño Ikkyu no se creyó ésta patraña y en una ocasión, tras entrar en la habitación del abad y compartir la golosina con sus amigos, rompió adrede una pieza de cerámica que había en ella. Cuando el abad regresó a su habitación después de cumplir con sus obligaciones, el joven Ikkyu le contó que había roto sin querer la pieza de cerámica y que para reparar su falta había intentado suicidarse ingiriendo el dulce venenoso. Pero como al probar el primer bocado no había sentido nada, se había visto obligado a comérselo todo para que el veneno surtiera efecto. Al dejar en evidencia las mentiras y la hipocresía del abad, éste no pudo darle un castigo ejemplar al joven Ikkyu.

La pícara naturaleza de Ikkyu ni siquiera se suavizó cuando el sogún Yoshimitsu le hizo llamar. Al preguntar a Ikkyu si podría cazar a un tigre, el muchacho contestó afirmativamente. El sogún le pidió irónicamente que usara la cuerda que le ofrecía para atrapar al tigre que aparecía en la pintura de un biombo. Sin la menor vacilación, el joven monje se levantó de un salto y, apostándose ante el biombo, le pidió al sogún que hiciera salir al tigre de allí.
A pesar de su evidente sentido del humor, era en realidad un estudiante de zen muy motivado y sincero que sentía un vivo deseo por alcanzar la verdadera sabiduría en esta vida. La corrupción que había en el monasterio donde residía no tardaría en defraudarle y el siguiente poema, que compuso al abandonarlo, capta su estado de ánimo en aquella épica:
 
Tan avergonzado me siento,
que no puedo callar por más tiempo,
las victoriosas fuerzas demoníacas están suplantando
a las enseñanzas zen
Los monjes deberían estar hablando del zen
en lugar de jactare de sus antecedentes familiares.

Decidió continuar sus estudios con un monje ermitaño llamado Ken´o que vivía en las colinas que rodeaban Kioto y cuyas enseñanzas resonaban con la sinceridad y la coherencia que Ikkyu tanto deseaba.

Ikkyu sirvió fielmente a su maestro Kenó, a quien amaba profundamente, y al morir éste se quedó tan consternado que cuatro años más tarde intentó suicidarse lanzándose al lago Biwa, pero el sirviente de  su madre, que había sido enviado para que vigilara al abatido joven monje, se lo impidió.

Al cabo de varios años decidió estudiar bajo el estricto régimen de otro maestro llamado Kaso, el cual le otorgaría el preciado inká, un certificado que acreditaba que Ikkyu había alcanzado la iluminación, pero él se lo lanzó de nuevo rechazándolo, a pesar de saber que al hacerlo estaba excluyendo de la posibilidad de llevar una vida lucrativa como abad en otro monasterio. Ikkyu no estaba interesado en adquirir un certificado oficial que acreditara que había obtenido la iluminación ni el prestigio que éste le confería, sino que tan sólo aspiraba a alcanzar una completa libertad personal.

La deteriorada relación que mantenía con su maestro acabó rompiéndose al cabo de un tiempo e Ikkyu se dedicó a llevar una vida de monje itinerante vagando por las calles de Kioto y durante los cincuenta y cinco años restantes de su vida nunca llegaría a establecerse en ningpun lugar.

Su excéntrica conducta y su agudo ingenio le granjearon el cariño de los habitantes más ricos de la ciudad, lo cuál le permitió disfrutar de algunos de los placeres más sensuales de Kioto, incluyendo los del "mundo flotante".

Ikkyu era bastante inusual al mostrar abiertamente su afición por el sexo femenino y el evidente placer que le proporcionaba, y en lugar de negar los hechos defendía que era una actividad muy saludable tanto para los laicos como para monjes.

Con su pasión por la vida y su desdén por la formalidad y las reglas Ikkyu promovió la ceremonia del té e inclusó llegó a sugerir que podía ser más productiva que las horas pasadas en solitaria meditación. Con su sentido del zen cambió las ostentosas muestras de riqueza de la ceremonia del té por una comunión espiritual entre dos o más personas que, entrando en un estado de sereno y controlado abandono, podían meditar sobre la belleza y la fugacidad de la vida.

Aunque se suele decir que Sen-no Rikyu fue el padre de la ceremonia del té, Ikkyu fue el promotor de muchas de las ideas originales y de la adopción de los  utensilios rústicos para la misma. La influencia que ejerció sobre el espíritu del té fue de gran alcance y posiblemente tan importante como la contribución que más tarde aportaría Sen-no Rikyu.
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lunes, 1 de agosto de 2016

La túnica de luz

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De Los más bellos cuentos Zen
seguido de El Arte de los Haikus
de Henri Brunel

Había una vez un pobre pescador llamado Hakyu Ryu, que encontraba muy pocos peces y que subsistía a duras penas. Vivía solo -pues no tenía bastante dinero para casarse - en una mísera cabaña situada cerca de un hermoso pinar al pie del monte Fuji Yama, cuya cumbre está cubierta de nieves eternas. Ante su puerta se extendía una larga playa de arena blanca, y contemplaba hasta el horizonte el azul deslumbrante del océano Pacífico. Hakyu apreciaba aquel paisaje encantador, y soñaba a menudo. Eso lo ayudaba a vivir.

Una mañana de primavera, estaba atravesando el pinar cuando de pronto vio colgada de una rama una túnica magnífica, estaba hecha de ligeras plumas plateadas y doradas, el paño parecía tejido de luz, y Hakyu quedó como aturdido al verla. Tentado, vaciló, echó una ojeada por los alrededores. Estaba solo. Cogió la túnica, se la llevó a su cabaña, y la escondió bajo una pila de leña. Aquella noche, en su tatami, antes de caer en el sueño, calculó  los beneficios que le procuraría su latrocinio.

"Mañana iré al mercado, venderé esa túnica a buen precio, compraré redes nuevas y fuertes, quizás una barca, y así pescaré mucho, me haré rico, y entonces me casaré..."Con estas visiones maravillosas, se quedó dormido.

Durante la noche, tuvo un sueño. Se le apareció una muchacha muy hermosa: "Soy un ángel - le dijo -, vengo de los cielos para visitar el mundo. Pero me habéis quitado la túnica. ¡Os suplico que me la devolváis!"

Hakyu la interrumpió: "No entiendo lo que decís, yo no os he quitado vuestra túnica, nunca la he visto! Pero, puesto que estáis en mi casa a estas horas de la noche, venid y compartir la cama conmigo". Y llevado por un brusco deseo, la abrazó y quiso besarla. Entonces despertó. Aquel sueño le dejó en la boca un sabor amargo, y sintió vergüenza. "¡¿Cómo?! - se dijo -, robo una túnica magnífica, le digo una mentira a la muchacha a quien pertenece, y quiero obligarla a acostarse conmigo". Se acordó de un maestro zen cuyas enseñanzas había seguido él en su juventud: "No tendrás paz ni felicidad si no practicas la justicia, si te apartas de la verdad, si no sientes compasión". Hakyu decidió entonces buscar a la muchacha por todas partes y no descansar hasta haberle devuelto la túnica de luz.

A la mañana siguiente, muy temprano, se fue a la playa y escrutó el horizonte, pero en vano. Se acercó al pinar, y allí, bajo un árbol, vio a la muchacha de su sueño, que estaba llorando. Le devolvió la túnica. Ella le dio las gracias con mucha alegría y muy efusivamente. Cuando se puso la túnica de luz, se transformó y se convirtió en un ángel que ascendió suavemente a los cielos danzando con gracia inaudita.

El teatro No representa a menudo aquella danza del ángel. Es un espectáculo extraordinario, uno de los más hermosos que se puedan imaginar. Hakyu fue el primero en haberlo visto, y cayó en éxtasis. Regresó a su cabaña, y los días siguientes pescó tanto pescado como podían contener sus redes. Se casó, tuvo muchos hijos, y todos vivieron felices durante mucho, mucho tiempo.

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¿Es un cuento zen? ¿un cuento de hadas? La moraleja parece clásica, y podría expresarse así: "La sinceridad, la equidad y la compasión son virtudes recompensadas. No hay que robar". Pero este cuento nos dice otra cosa más, simbolizada por la túnica de luz, que es lo único que permite acceder al cielo y que magnifica toda realidad. Que cada cuál siga aquí el silencio y su propia intuición.

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                           - ¡Maestro, qué alta brilla la luna clara y apacible!

                          - ¡Sí, está muy lejos!

                          - Maestro, ayudadme a elevarme hasta ella

                          - ¿Para qué? ¿No viene ella a ti?".

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lunes, 18 de enero de 2016

Se va el amor

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De Los más bellos cuentos Zen
seguido de El Arte de los Haikus
de Henri Brunel

El capullo que se abre florece, se desarrolla, se marchita y se convierte en polvo. Toda forma que aparece desparece. Todo lo que nace muere; todo lo que viene se va y manifiesta así el eso, el eterno Atma, que es lo único que permanece. 

*
 
Un hombre joven y pobre llamado Iruka amaba con toda la locura de su corazón a una muchacha rica y bella a más no poder. Puesto que era letrado, Iruka escribió a su amada una carta de amor cada dia durante tres largos años sin fallar una sola vez. Al tercer año, se atrevió a sugerirle que le hiciera un signo durante la fiesta del Bon (Fiesta de difuntos). Pero la amada no respondió, ni siquiera lo miró, ni le mostró nunca el menor interés. Entonces el corazón de Iruka se cansó. Pensó hacerse monje, y lo hizo y pasó el tiempo...

Una mañana de primavera. iba a buscar agua a un pozo situado cerca de su ermita, cuando Iruka se encontró a Chujo por primera y última vez en su vida. Ella se hechó a sus pies:

-¡Iruka! - exclamó- ¡He caminado durante meses antes de encontrarte, y por fin te veo , admirable iruka! Tu amor, del que dan testimonio mil cartas, ha terminado por tocarme el corazón.
 
Al decir aquellas palabras, descubrió su rostro, hasta aquel momento cubierto por un velo de seda, y era tanta su belleza que hacía palidecer la luz del día.

- Soy tuya, Iruka, ahora te amo como me amabas tú entonces.

Iruka le respondió:

- Es demasiado tarde, Chujo, he cortado todos los lazos con esta clase de amor. Soy monje.

Y sin una mirada, la dejó.

Chujo, desesperada, se tiró al río y se ahogó.

Enterado de la noticia, Iruka compuso este poema:


No queda en la rama,
la flor del cerezo
Antes del verano muere.

 *

Esta historia pertenece ahora al pasado. Todo lo que nace muere. Todo lo que se viene se va, y no permanece más que en el eterno Atma.
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martes, 1 de diciembre de 2015

El picador de piedras

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Cuento japonés

Cuenta la leyenda que un humilde picador de piedra vivía resignado en su pobreza, aunque siempre anhelaba con deseo convertirse en un hombre rico y poderoso. Un buen día expresó en voz alta su deseo y cuál fue su sorpresa cuando vio que éste se había hecho realidad: se había convertido en un rico mercader.

Esto le hizo muy feliz hasta el día que conoció a un hombre aún más rico y poderoso que él. Entonces pidió de nuevo ser así y su deseo le fue también concedido. Al poco tiempo se cercioró de que debido a su condición se había creado muchos enemigos y sintió miedo.

Cuando vio cómo un feroz samurai resolvía las divergencias con sus enemigos, pensó que el manejo magistral de un arte de combate le garantizaría la paz y la indestructibilidad. Así que quiso convertirse en un respetado samurai y así fue.

Sin embargo, aún siendo un temido guerrero, sus enemigos habían aumentado en número y peligrosidad. Un día se sorprendió mirando al sol desde la seguridad de la ventana de su casa y pensó: "él si que es superior, ya que nadie puede hacerle daño y siempre está por encima de todas las cosas. ¡Quiero ser el sol!".

Cuando logró su propósito, tuvo la mala suerte de que una nube se interpuso en su camino entorpeciendo su visión y pensó que la nube era realmente poderosa y así era como realmente le gustaría ser.

Así, se convirtió en nube, pero al ver cómo el viento le arrastraba con su fuerza, la desilusión fue insoportable. Entonces decidió que quería ser viento. Cuando fue viento, observó que aunque soplaba con gran fuerza a una roca, ésta no se movía y pensó: ¡ella sí que es realmente fuerte: quiero ser una roca! Al convertirse en roca se sintió invencible porque creía que no existía nada más fuerte que él en todo el universo.

Pero cuál fue su sorpresa al ver que apareció un picador de piedra que tallaba la roca y empezaba a darle la forma que quería pese a su contraria voluntad. Esto le hizo reflexionar y le llevó a pensar que, en definitiva, su condición inicial no era tan mala y que deseaba de nuevo volver a ser el picador de piedra que era en un principio.
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lunes, 23 de noviembre de 2015

Las Distracciones

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Cuento Zen

En un monasterio budista dos discípulos destacaban particularmente por su brillante inteligencia, si bien fueran muy diferentes el uno del otro.

El primero solía pedir al abad que le dejara salir del monasterio para ver el mundo y en él poder poner en práctica su zen. El otro se contentaba con la vida monástica y, aunque le hubiera gustado ver el mundo, esto no le creaba ningún afán en absoluto.

El abad, que nunca había accedido a los pedidos del primer monje, pensó un día que tal vez los tiempos eran maduros para que los jóvenes monjes fueran puestos a prueba. Les convocó, anunciándoles que había llegado el momento de que se fueran por el mundo durante todo un año. El primer monje exultaba. Dejaron el templo el día siguiente al amanecer.

El año transcurrió rápido y los dos monjes regresaban al monasterio con muchas experiencias para contar. El abad quiso verles para conocer lo que ese año había supuesto para ellos y qué habían descubierto durante su estancia en el mundo laico.

El primer monje, el que quería conocer el mundo material, dijo que la sociedad está llena de distracciones y tentaciones, y que es imposible meditar ahí fuera. Para practicar el zen no existe mejor lugar que el monasterio.

El otro, por el contrario, dijo que salvo algunos aspectos superficiales no encontró gran diferencia a la hora de meditar y practicar el zen en el mundo exterior. Por tanto, a su parecer, quedarse en el templo o vivir en sociedad, le resultaba igual.

Tras haber escuchado ambos relatos, el abad les dio a conocer su decisión: al segundo monje le concedió la autorización para que se fuera. Al primero le dijo: "será mejor que tú te quedes aquí, todavía no estás preparado".
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miércoles, 14 de enero de 2015

艰苦

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De Nube vacía: Las Enseñanzas De Xu Yun
(Capítulo 6: Dificultades)
traducido al español por Shi Chuan Fa

A veces la enseñanza del Chan puede ser tan frustrante como su aprendizaje.

Hubo una vez un Maestro Chan que se encargó de la instrucción de tres novicios. Les explicó la necesidad de la disciplina espiritual y les ordenó que, empezando en ese mismo momento, observaran la regla del silencio absoluto. Después, sosteniendo su dedo en sus labios, les ordenó que fueran a sus habitaciones.

El primer novicio dijo, "¡Oh, Maestro, déjeme decirle lo agradecido que estoy por recibir su instrucción!"

Tras lo cual el segundo novicio dijo, "¡Tonto! ¿No te das cuenta de que hablando has roto la ley del silencio?"

Y el tercer novicio levantó las manos, en un gesto de desesperación, y se lamentó, "¡Señor! ¿Soy aquí la única persona capaz de seguir órdenes?"
 
A veces miramos alrededor y suponemos que nadie evalúa nuestros valores morales. Somos como esos tres novicios. A menudo, como ese primer novicio, decimos que queremos aprender pero verdaderamente no ponemos atención en lo que nuestros libros o maestros nos dicen. O como el segundo novicio, comprendemos las reglas pero pensamos que solo se refieren a los demás. O como el tercer novicio, clamamos alabanzas toda vez que hacemos lo que suponemos debemos hacer.

A veces compartimos las frustraciones de ese Maestro Chan. Quizás veamos desatención, holgazanería, frivolidad o satisfacción intelectual. Peor aún, podemos ver personas que son hipócritas consumadas - gente que finge que sus intereses son puramente espirituales mientras que en realidad son una amalgama al noventa y nueve por ciento de orgullo, codicia y lujuria.
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jueves, 11 de septiembre de 2014

La apuesta del viejo guerrero

De El Camino del Guerrero de Tajima

El señor Naoshige declaró un día a Shimomura Shoun, uno de sus más viejos samurais:

- La fuerza y el vigor del joven Katsuchige son admirables para su edad. Cuando lucha con sus compañeros vence incluso a los mayores que él.

- A pesar de que ya no soy joven estoy ddispuesto a apostar que no conseguirá vencerme - afirmó el anciano Shoun. Para Naoshige fue un placer organizar el encuentro que tuvo lugar esa misma noche en el patio del castillo, en medio de un gran número de samurais. Estos estaban impacientes por ver lo que le iba a suceder al viejo farsante de Shoun.

Desde el comienzo del encuentro, el joven y poderoso Katsushige se precipitó sobre su frágil adversario agarrándolo firmemente, decidido a hacerlo picadillo. Shoun estuvo a punto de caer varias veces al suelo y de rodar en el polvo. Sin embargo, ante la sorpresa general, cada vez se restableció en el último momento. El joven, exasperado, intentó dejarle caer de nuevo poniendo toda su fuerza en el empeño, pero esta vez, Shoun aprovechó hábilmente su movimiento y fue él quien desequilibró a Katsushige arrojándolo al suelo.

Después de ayudar a su adversario semi-inconsciente a levantarse, se acercó al señor Naoshige y le dijo:

- Sentirse orgulloso de su fuerza cuando aún no se domina la fogosidad es como vanagloriarse públicamente de sus defectos.
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martes, 29 de julio de 2014

El ladrón de conocimiento

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Cuento chino

Yang Lu Chan nació al comienzo del siglo XIX en el seno de una familia de campesinos. Desde joven no tenía más que una pasión: el Shuan-Shu, el arte del puño. Desde su infancia, frecuentó asiduamente las escuelas de artes marciales de su provincia y muy pronto alcanzó el rango de un experto de gran reputación. Pero los estilos que había practicado hasta entonces no le satisfacían. Sabía que desde la destrucción del monasterio de Shaolin, el arte del puño había lentamente degenerado en un método de combate que daba demasiada importancia a la técnica y a la fuerza muscular. A pesar de su búsqueda por todos los rincones de su provincia, Ho Pei, no conseguía encontrar un Maestro susceptible de enseñarle un arte más profundo que le condujera a la Vía de la armonía.

Su desesperación llegó a su término cuando oyó hablar del Tai Chi Chuan, arte que empezaba a ser popular en otra provincia, Honan.

Abandonando a sus padres y amigos, Yang emprendió un viaje a pie de más de 800 km. para dirigirse a la patria del arte que deseaba estudiar. Aprovechando un momento de oportunidad entró en los círculos cerrados de practicantes de Taichi. En el curso de sus conversaciones con ellos, un nombre volvía continuamente a su mente: el del Maestro Chen Chang Hsiang. Este hombre pasaba por tener el "Kung Fu" más perfecto de su época. Desgraciadamente enseñaba exclusivamente a los miembros de su familia, en el más estricto secreto.

Yang pensaba que después de un viaje tan largo tenía que estudiar con el mejor Maestro. Hábilmente consiguió interesar en casa de la familia Chen como criado. De esta manera, cada día se las arreglo para espiar secretamente el entrenamiento familiar bajo la guía del patriarca. Cuidadosamente disimulado, observaba atentamente los movimientos, bebía las palabras y los consejos del Maestro. Después, durante la noche, cuando todo el mundo dormía, se ejercitaba en hacer lo que había visto durante el día y pulía incansablemente los encadenamientos de movimientos que había aprendido los días precedentes.

Su espionaje continuó durante varios meses sin despertar sospecha... hasta que un día fue descubierto. Inmediatamente fue conducido delante del Maestro Chen. Se esperaba lo peor. En efecto, el anciano parecía muy enfadado. El tono de su voz dejaba ver una cierta irritación.

- Y bien, joven, parece que has abusado de nuestra confianza. Usted se ha introducido aquí con el único objetivo de espiar nuestra enseñanza, ¿no es verdad?.

- Efectivamente - confesó Yang.

- No se aún lo que vamos a hacer con Ud. Mientras tanto siento curiosidad por ver que es lo que ha aprendido en tales condiciones. ¿Puede usted hacerme una demostración?.

Yang ejecutó un encadenamiento con tal concentración y fluidez que el anciano Chen quedó profundamente impresionado al ver un reflejo tan fiel de su Arte. Pero se cuidó bien de manifestar su emoción y durante un largo instante se quedó en silencio. Después declaró:

- Sería estúpido dejarlo marchar con lo poco que conoce. Mancharía la reputación de nuestra familia mostrando nuestro arte de una manera tan incompleta. Mejor será que se quede aquí el tiempo necesario para terminar el aprendizaje. ¡Pero esta vez bajo mi dirección!

Yang permaneció aún varios años en la familia de Chen, integrándose cada vez más profundamente en el Arte Supremo del Tai Chi. Después de haber recibido la bendición de su anciano Maestro, Yang volvió a su provincia natal.

En Pekin, donde decidió instalarse para enseñar su arte, no tardó en ser conocido con el nombre del "insuperable". En efecto, a pesar de otros profesores y campeones jóvenes le desafiaron a menudo, nunca fue vencido. Sus combates contribuyeron a fortalecer la reputación del Tai Chi Chuan, sobre todo porque conseguía neutralizar a sus adversarios sin herirlos jamás
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lunes, 14 de julio de 2014

Una enseñanza acelerada

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De El camino del Guerrero de Tajima

Matajuro Yagyu, hijo de un célebre Maestro del sable, fue renegado por su padre quien creía que el trabajo de su hijo era demasiado mediocre para poder hacer de él un Maestro. Matajuro, que a pesar de todo había decidido convertirse en Maestro de sable, partió hacia el monte Futara para encontrar al célebre Maestro Banzo. Pero Banzo confirmó el juicio de su padre:

- No reúnes las condiciones.

- ¿Cuántos años me costará llegar a ser Maestro si trabajo duro? - insistió el joven.

- El resto de tu vida - respondió Banzo.

- No puedo esperar tanto tiempo. Estoy dispuesto a soportarlo todo para seguir su enseñanza. ¿Cuánto tiempo me llevará si trabajo como servidor suyo en cuerpo y alma?

- ¡Oh, tal vez diez años!

- Pero usted sabe que mi padre se está haciendo viejo, pronto tendré que cuidar de él. ¿Cuántos años hay que contar si trabajo más intensamente?

- ¡Oh, tal vez treinta años!

- ¡Usted se burla de mí. Antes eran diez, ahora treinta. Créame, haré todo lo que haya que hacer para dominar este arte en el menor tiempo posible!

- ¡Bien, en ese caso, se tendrá que quedar usted sesenta años conmigo! Un hombre que quiere obtener resultados tan deprisa no avanzará rápidamente - explicó Banzo.

- Muy bien - declaró Matajuro, comprendiendo por fin que le reprochaba su impaciencia - acepto ser su servidor.

El Maestro le pidió a Matajuro que no hablara más de esgrima, ni que tocara un sable, sino que lo sirviera, le preparara la comida, le arreglara su habitación, que se ocupara del jardín, y todo esto sin decir una palabra sobre el sable. Ni siquiera estaba autorizado a observar el entrenamiento de los demás alumnos.

Pasaron tres años. Matajuro trabajaba aún. A menudo pensaba en su triste suerte, él, que aún no había tenido la posibilidad de estudiar el arte al que había decidido consagrar su vida.
Sin embargo, un día, cuando hacía las faenas de la casa, rumiando sus tristes pensamientos, Banzo se deslizó detrás de él en silencio y le dio un terrible bastonazo con el sable de madera (boken). Al día siguiente, cuando Matajuro preparaba el arroz, el Maestro le atacó de nuevo de una manera completamente inesperada. A partir de ese día, Matajuro tuvo que defenderse, día y noche, contra los ataques por sorpresa de Banzo.


Debía estar en guardia a cada instante, siempre plenamente despierto, para no probar el sable del Maestro. Aprendió tan rápidamente que su concentración, su rapidez y una especie de sexto sentido, le permitieron muy pronto evitar los ataques de Banzo, el Maestro le anunció que ya no tenía nada más que enseñarle.
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jueves, 3 de julio de 2014

El Secreto de la eficacia

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Cuento Zen

Ito Ittosai, incluso después de haberse convertido en un experto y en un profesor famoso en el arte del sable, no estaba satisfecho de su nivel. A pesar de sus esfuerzos, tenía conciencia de que desde hacia algún tiempo no conseguía progresar. En efecto, los sutras cuentan que el Buda se sentó bajo una higuera para meditar con la firme resolución de no moverse hasta que no recibiera la comprensión última de la existencia del Universo. Determinado a morir en ese mismo sitio antes que renunciar, el Buda realizó su voto: despertó la Suprema Verdad.

Ito Ittosai se dirigió pues a un templo con el fin de descubrir el secreto del arte del sable. Durante 7 días y 7 noches estuvo consagrado a la meditación.

Al alba del octavo día, exhausto y desalentado por no haber conseguido saber algo más se resignó a volver a su casa, abandonando toda esperanza de penetrar el famoso secreto.

Después de salir del templo tomó una carretera rodeada de árboles. Cuando apenas había dado unos pasos, sintió de pronto una presencia amenazante detrás de él y sin reflexionar se volvió al mismo tiempo que desenvainaba el sable.

Entonces se dio cuenta que su gesto espontáneo acababa de salvarle la vida. Un bandido yacía a sus pies con un sable en la mano.
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martes, 24 de junio de 2014

El colador

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Cuento Zen

Un grupo de devotos invitó a un maestro de meditación a la casa de uno de ellos para que los instruyera. El maestro dijo que debían esforzarse por liberarse de reaccionar en demasía frente a los hechos de la vida diaria, por lograr una actitud de reverencia, y por adquirir la práctica regular de un método de meditación que, a su vez, les explicó en detalle.

El objetivo era darse cuenta de que la vida divina está presente en todo. Es estar conscientes de esto no sólo durante el período de meditación, sino constantemente, en lo cotidiano. El proceso es como llenar un colador con agua. El maestro hizo una reverencia ante ellos y partió.

El pequeño grupo se despidió de él y luego uno de ellos se dirigió a los demás, echando chispas de frustración:

- Lo que nos dijo es como decirnos que nunca podremos lograrlo. ¡Llenar un colador con agua! ¿Cómo? Eso es lo que ocurre, ¿no?. Al menos para mí. Escucho un sermón, rezo, leo algún libro sagrado, ayudo a mis vecinos con sus niños y ofrezco el mérito a la divinidad, o algo por el estilo y después me siento elevado. Mi carácter mejora durante un tiempo... no me siento tan impaciente, ni hago tantos comentarios sobre otras personas. Pero pronto el efecto se disipa, y soy el mismo que antes. Es como agua en un colador,  por supuesto. Y ahora él nos dice que eso es todo.

Siguieron reflexionando sobre la imagen del colador sin lograr ninguna solución que los satisfaciera a todos. Algunos pensaron  que el maestro les decía que las personas como ellos en este mundo sólo podían aspirar a una elevación transitoria,  otros creyeron que el maestro simplemente les estaba tomando el pelo. Otros pensaron que tal vez se estaría refiriendo a algo en los clásicos que suponía que ellos sabían... buscaron, entonces, referencias sobre un colador en la literatura clásica,  sin ningún éxito.

Con el tiempo, el interés de todos se desvaneció, excepto el de una mujer que decidió ir a ver al maestro.

Él le dio un colador y un tazón, y fueron juntos a una playa cercana. Se pararon sobre una roca rodeados por las olas.

- Muéstrame cómo llenas un colador con agua -, le dijo el maestro.

Ella se inclinó, tomó el colador en una mano y comenzó a llenarlo con el tazón. El agua apenas llegaba a cubrir la base del colador y luego se filtraba a través de los agujeros.

- Con la práctica espiritual es lo mismo - dijo el maestro -, mientras uno permanece de pie en la roca del Yo e intenta llenarla con cucharadas de conciencia divina. No es ése el modo de llenar un colador con agua, ni nuestra esencia con vida divina.

- Entonces, ¿cómo se hace? -, preguntó la mujer.

El maestro tomó el colador en sus manos y lo arrojó lejos al mar. El colador flotó unos instantes y después se hundió.

- Ahora está lleno de agua, y así permanecerá.- dijo el maestro - Ese es el modo de llenar un colador con agua,  y es el modo de realizar la práctica espiritual. No se logra vertiendo pequeñas dosis de vida divina en la individualidad, sino arrojando la individualidad dentro del mar de la vida divina.
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lunes, 12 de mayo de 2014

¿☸?

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Relato Zen
 
Dijo un monje a su guía:

- Maestro, he estado contigo durnte largo tiempo, y sin embargo me siento incapaz de comprenderte. ¿Cómo es esto?

- Donde tú no comprendes se encuentra justamente el germen de tu comprensión.

- ¿Pero cómo será posible comprender quello que es incomprensible?

- La vaca da a luz un elefantito; sobre el océano se alzan remolinos de polvo.

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miércoles, 22 de mayo de 2013

La taza vacía

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Cuento Zen

Según una vieja leyenda, un famoso guerrero, fue de visita a la casa de un maestro Zen. Al llegar se presentó a éste, contándole de todos los títulos y aprendizajes que había obtenido durante años de sacrificados y largos estudios. Después de tan sesuda presentación, le explica que había venido a verlo para que le enseñera los secretos del conocimiento Zen.

Por toda respuesta el maestro se limitó a invitarlo a sentarse y ofrecerle una taza de té.
Aparentemente distraído, sin dar muestras de mayor preocupación, el maestro vertió té en la taza del guerrero, y continuó vertiendo té aún después de que la taza estubiera llena.
Consternado, el guerrero le adviertió al maestro que la taza ya estaba llena, y que el té se escurría por la mesa.

El maestro le respondió con tranquilidad:

- Exactamente señor. Usted ya viene con la taza llena, ¿cómo podría usted aprender algo?

Ante la expresión incrédula del guerrero, el maestro enfatizó:

- A menos que su taza esté vacía, no podrá aprender nada.
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viernes, 10 de mayo de 2013

Proverbio Zen

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Cuento Zen

Un día de viento dos monjes discutían sobre un árbol.
El primero decía: "Te digo que lo que se mueve es el árbol no el viento". El segundo decía: "Y yo te digo que lo que se mueve es el viento no el árbol"
Un tercer monje paso por allí y dijo: "No se mueve el viento y tampoco el árbol. Son vuestras mentes las que se mueven".
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lunes, 29 de abril de 2013

No era idiota


De Cuentos Zen

Yagyu Tajima no Kami tenía un mono como mascota. Éste asistía a menudo a los entrenamientos de los discípulos. Siendo por naturaleza extremadamente imitador, este mono aprendió la manera de coger un sable y de utilizarlo. Se había convertido en un experto, en su género.

Un día, un Ronin (Guerrero errante) expresó su deseo amistoso de confrontar su habilidad en el manejo de la lanza con Tajima. El Maestro le sugirió que combatiera primero con el mono. El visitante se sintió amargamente humillado. Pero el encuentro tuvo lugar.
Armado con su lanza, el Ronin atacó rápidamente al mono que manejaba un shinai (sable de bambú). El animal evitó ágilmente los golpes de la lanza. Pasando al contraataque, el mono consiguió acercarse a su adversario y golpearlo. El Ronin retrocedió y puso su arma en una guardia defensiva. Aprovechando la ocasión, el mono saltó sobre el mango de la lanza y desarmó al hombre. Cuando el Ronin volvió avergonzado a ver a Tajima éste le hizo la siguiente observación:

- Desde el principio sabía que usted no era capaz de vencer al mono.

El Ronin dejó de visitar al Maestro desde ese día. Habían pasado varios meses cuando apareció de nuevo. Volvió a expresar su deseo de combatir con el mono. El Maestro, adivinando que el Ronin se había entrenado intensamente, presintió que el mono se negaría a combatir. Por lo tanto no aceptó la petición de su visitante.
Pero éste insistió y el Maestro acabó por ceder.
En el mismo instante en el que el mono se puso frente al hombre, arrojó su sable y emprendió la huida gritando.

Tajima no Kami terminó por concluir:

- ¿No se lo dije? No lo iba a vencer...

Poco tiempo después, gracias a su recomendación, el Ronin entró al servicio de uno de sus amigos.
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viernes, 26 de abril de 2013

La reunión de Artes Marciales de los Gatos

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De Cuentos Zen

Hace 200 años, en Japón, antes de la Restauración Meiji, existió un maestro de Kendo llamado Shoken, su hogar estaba invadido por una inmensa rata. Esta es una historia inusual de gatos y ratas
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Cada noche la rata grande llegaba a la casa de Shoken y lo mantenía despierto. Tenía que dormir durante el día. Consultó a un amigo que se dedicaba a criar gatos, algo así como un entrenador de gatos. Shoken le dijo: "Préstame tu mejor gato".

El entrenador le prestó un gato de callejón, extremadamente rápido y un muy ávido cazador de ratas, con garras firmes y músculos de gran fuerza. Pero cuando se enfrentó cara a cara con la rata en la habitación, la rata no cedió terreno y el gato tuvo que darse la vuelta y correr. Había algo decididamente especial con aquella rata.

Shoken consiguió entonces un segundo gato, uno de color jengibre, con un ki increíble y una personalidad agresiva. Este segundo gato no cedió terreno, de esta manera el gato y la rata lucharon; pero la rata lo superó y el gato tuvo que realizar una presurosa retirada.

Buscó un tercer gato, uno de color blanco y negro, lo enfrentó a la rata pero no corrió mejor suerte que los dos anteriores.

Shoken consiguió un gato más, el cuarto; era negro, viejo y no estúpido, pero no era tan fuerte como el gato de callejón o el gato color jengibre. Entró al cuarto, la rata lo miró un poco y avanzó. El gato negro se sentó, imperturbable, y se mantuvo completamente inmóvil. Un titubeo cruzó la mente de la rata. Se acercó cautamente poco a poco; estaba sólo un poquito asustado. Repentinamente el gato la agarró por el cuello, la mató y se la llevó arrastrando.

Posteriormente Shoken fue a ver a su amigo entrenador de gatos y le dijo: "Cuantas veces he perseguido a esa rata con mi espada de madera, pero en vez de golpearla me rasguñaba; ¿cómo pudo tu gato negro deshacerse de ella?"

El amigo le dijo: "Lo que deberíamos hacer es citar a una reunión y preguntarle directamente a los gatos. Tu eres un maestro de Kendo, tú haz las preguntas; estoy bastante seguro de que todos entienden sobre artes marciales".

Así que hubo una reunión de gatos, era presidida por el gato negro que era el más viejo de todos. El gato de callejón tomó la palabra y dijo: "Soy muy fuerte".

El gato negro preguntó: "¿Entonces por qué no la venciste?"

El gato de callejón respondió: "Créanme, soy muy fuerte; sé cientos de diferentes técnicas para atrapar ratas. Mis garras son fuertes y mis músculos me dan un largo alcance. Pero esa rata no era una rata común y corriente".

El gato negro dijo entonces: "Entonces tu fuerza y tus técnicas no se compararon con las de aquella rata. Tendrás mucho músculo y muchas waza, pero la habilidad sola no fue suficiente. ¡De ninguna manera!"

El gato jengibre habló: "Soy enormemente fuerte, estoy constantemente ejercitando mi ki y mi respiración a través de zazen. Me alimento de vegetales y sopa de arroz, por ello tengo tanta energía. Pero me fue imposible vencer a la rata. ¿Por qué?

El gato negro respondió: "Tu actividad y energía son grandes, es cierto, pero la rata estaba más allá de tu energía; eres más débil que la gran rata. Si estás fijándote en tu ki, orgulloso de él, se transforma en algo así como grasa. Tu ki es sólo una explosión transitoria, no puede durar y todo lo que queda es un gato furioso. Tu ki puede compararse con el agua que fluye de una llave; pero el de la rata es como un gran geyser. Esa es la razón por la cual la rata fue más fuerte. Aunque tengas un ki muy fuerte, en realidad es débil pues confías demasiado en ti mismo."

Le llegó el turno de hablar al gato blanco y negro, quien también había sido vencido. El no era muy fuerte, pero era inteligente. Tenía satori, había terminado con waza y utilizaba todo su tiempo practicando zazen. Pero no era mushotoku (eso es, sin metas ni deseos de victoria), y él también se vio forzado a correr para sobrevivir.

El gato negro le dijo: "Eres extremadamente inteligente y fuerte también. Pero no pudiste vencer a la rata pues tenías un objetivo, de tal manera la intuición de la rata fue más efectiva que la tuya. En el instante que entraste a la habitación entendió tu actitud y estado mental y fue por eso que no pudiste vencerla. Te fue imposible armonizar tu fuerza, tu técnica y tu conciencia activa; se quedaron separadas en vez de unirse en una.
"Mientras que yo, en un instante único, usé todas esas tres facultades inconscientemente, natural y automáticamente, y de esa manera me fue posible matar a la rata"

"Pero conozco un gato, en un pueblo no muy lejos de aquí, que es más fuerte aún que yo. El es muy, muy viejo y sus bigotes son grises. Lo conocí una vez, y ciertamente no hay nada que indique que es fuerte! Duerme todo el día. Nunca come carne ni siquiera pescado, sólo genmai (sopa de arroz), aunque a veces toma unas gotas de sake. Nunca ha atrapado una sola rata pues le tienen un miedo mortal y se apartan de él como hojas al viento. Se mantienen tan alejadas que nunca tiene la oportunidad de atrapar ni siquiera una. Un día entró en una casa completamente infestada de ratas; bueno, todas las ratas desaparecieron en ese mismo instante y se fueron a vivir en otras casas. Las podía espantar en sus sueños. Ese gato barbagris es misterioso e impresionante. Deben ser como él: más allá de las posturas, más allá de la respiración, más allá de la conciencia." 

Para Shoken, el maestro de kendo, esta fue una gran lección. En zazen, ya estás más allá de posturas, más allá de la respiración, más allá de la conciencia.
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jueves, 1 de noviembre de 2012

Tanzan y Ekido cruzando el río


Cuento popular budista, basado en la historia autobiográfica del maestro Zen Tanzan


Dos monjes zen, Tanzan y Ekido, se encontraban en viaje de peregrinación, cuando, al pasar por un río lodoso, vieron a una hermosa mujer vestida con kimono, obviamente sin saber como cruzar el rió sin arruinar su vestimenta. 

Sin objeciones, Tanzan la levantó con gentileza, la sujetó muy pegada a él y la cargó, cruzando el río,  bajándola luego en suelo seco. Después, él y Ekido continuaron su viaje en silencio hasta que, horas más tarde, se aposentaron en un monasterio.

Y es aquí donde Ekido no pudo contenerse más y descargó su ira:

- ¡Eso que hiciste fue contra las reglas! ¡Tocar a una mujer simplemente no está permitido! ¿Cómo pudiste haber hecho eso? ¡Y luego haber tenido ese contacto tan cercano! ¡Esto es una violación de todas las relgas monásticas!

Y así, continuó con su verborrea. Tanzan escuchó pacientemente todas sus acusaciones. Finalmente, durante una pausa, dijo:

- Mira, yo dejé a la mujer al otro lado del río, hace ya muchas horas y leguas atrás. ¿Pero tú aún la sigues cargando?
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miércoles, 12 de septiembre de 2012

El viejo Samurai


De Cuentos Zen


Jingaro sentado confortablemente delante de la chimenea se encontraba rodeado por sus juveniles nietos. Había servido en el Ejército del Emperador por largos 20 años, recibiendo los más altos honores por sus meritorios servicios en los campos de batalla. Comenzó como simple soldado hasta convertirse en sabio y respetado consejero no sólo en asuntos militares sino de alta política.

Ahora, cargado de medallas y de años, pasaba las horas recordando su vida y experiencias para sus traviesos nietos, los cuales se deleitaban al escuchar las entretenidas historias, las cuales enriquecían su cultura y conocimientos, claro está, a menudo interrumpían a su abuelo consultándole acerca de tantas parábolas. Como el caso, cuando uno de sus nietos exclamó…

- ¡Abuelo, no puedo comprender el sentido!

- ¿Qué es lo que no entiendes, Hana? - replicó el venerable anciano.

- ¿Por qué abuelo, el Samurai, confió en el otro hombre… Cómo podía saber que era una buena persona… Es que algunas veces debemos usar otros caminos, si queremos tener éxito en nuestras apreciaciones, Abuelo? ¿Cómo puedes conocer lo que no se puede ver?

El anciano lo tomó afectuosamente, lo atrajo hacia sí y le acarició su cabeza mientras le decía…

-Cierra tus ojos, querido hijito. - ordenó Jingaro - Ahora dime ¿puedes verme?

-¡No, abuelo! - exclamó el niño.

- Pero tú sabes que yo estoy aquí, respondió Jingaro.

Los niños soltaron la risa abriendo los ojos y exclamando:

- Por supuesto que lo sabíamos, nosotros te vimos antes de cerrar los ojos, además podíamos escucharte.

- Pero aún sin verme u oírme, yo estaría aún aquí - respondió el anciano.

Los jóvenes asintieron con la cabeza.

- Y ahora, díganme ¿de qué otro modo podían saber que yo me encuentro aquí?

El silencio fue la respuesta. Sólo después de transcurrido un tiempo, la voz de Hana se escuchó…

- Yo creo que podría sentir que estás cerca de nosotros, abuelo

-¿Qué tratas de decirme…? - respondió Jingaro.

-¡Qué puedo verte aún con los ojos cerraados, abuelo!

Los otros niños empezaron a reírse, pero el anciano con un gesto los detuvo.

-Escuchen hijos míos. Existen muchas maneras de conocer cosas sin verlas con los ojos o escucharlas con nuestros oídos. Estas habilidades son importantes. Pero valiosas… por ejemplo, el Alma… si ustedes se esfuerzan concentrándose correctamente pueden llegar a desarrollar un nuevo tipo de visión. Entonces ustedes estarán más allá de los límites de vuestros ojos y oídos.

Habían transcurrido varios días de aquella conversación, cuando Jingaro, sentado en su silla preferida reparaba una antigua arma; su pelo gris y cara surcada de arrugas reflejaban los años de dura labor, y aunque pasaba los 60, el viejo Samurai aún lucía el vigor y la energía de hombres mucho más jóvenes.
Los quietos pensamientos del anciano fueron de improviso interrumpidos por los gritos de su nuera y los relinchos de numerosos caballos que se acercaban.

-¡¿Qué está sucediendo?! - preguntó secamente el anciano -¡¿Qué pasa, qué es lo que ocurre? -inquiría una y otra vez. Luego, dirigiendo la vista al patio, sólo vio oscuridad.

De pronto su nuera, gimiendo y llorando, entró al cuarto y llena de angustia exclamó:

- ¡Abuelo, abuelo! ¡Por favor, cuide a llos niños! ¡Monjiro y sus bandidos han venido a robarnos, pero no sólo se llevaron el dinero, también han tomado prisioneros a Hana y han colgado a mi esposo y se aprestan a asesinarlo!

Colgándose de las ropas del anciano, le suplicó:

- ¡Debes tomar los niños y correr tratando de salvar sus vidas!

Jingaro comprendió que la huida no era el camino correcto, reaccionó como había sido entrenado años atrás. Instintivamente tomó su arma que colgaba en la pared. Luego se dirigió al exterior. Aún en ese momento crucial, para el anciano fue un agrado tomar nuevamente su arma (Kama-Hoz), de cuyo extremo pendía una cadena (Kusarigama). Jingaro escuchó los lamentos de la familia de su hijo y la terrible risa de los bandidos. El cielo estaba oscuro y caminó rápidamente al centro del patio. De inmediato voces a su alrededor cesaron y todos dirigieron su atención hacia el anciano que erguido los observó lentamente uno a uno.

- ¡Viejo! - exclamó en forma burlona uno de los bandidos-  ¿Qué crees tú que puedes hacer con esa arma? Los ancianos no pueden combatir y ni siquiera puedes ver de noche… esa arma que traes necesita ser usada por un guerrero diestro, no por un anciano decrépito.

Jingaro, sin perder la calma, murmuró:

- Tomen lo que desean y dejad mi familia en paz. Si Uds. rehúsan hacerlo tendré que matarlos.

Dos de los hombres se acercaron ondeando sus espadas sobre la solitaria figura, pero cuando se encontraban a una distancia adecuada, Jingaro atacó con su Kusarigama y en forma simultánea golpeó a uno de ellos en el cuello con la cadena y al otro lo hirió mortalmente con la hoja afilada de su Kama (Hoz). Los dos hombres cayeron heridos de muerte y nuevamente la voz del jefe de los bandidos se escuchó:

- Así que eres un verdadero guerrero. Lamentablemente para tí está demasiado oscuro y nos hubieras dado muchos problemas de haber contado con la claridad necesaria. Quedamos cuatro hombres, y todos tenemos excelente vista. ¡Prepárate a morir anciano!

Jingaro no replicó y se preparó para el siguiente ataque, escuchando cuidadosamente los movimientos de sus enemigos. Rápidamente tres de ellos tomaron posiciones rodeándole. Él respondió haciendo girar su cadena; en pocos segundos el extremo de la cadena se había convertido en un peligroso proyectil que giraba a una velocidad increíble. Jingaro haciendo un movimiento con su brazo hizo que la cadena alcanzara a su adversario más próximo, al cual le destrozó la cara, luego saltando al costado, el veterano combatiente enrolló la cadena alrededor de la espada de uno de los bandidos y haciéndole perder el equilibrio lo atrajo hacia él, matándole con la afilada hoja de su Kama. Antes que pudiese retomar su Kusarigama, el tercer asesino asestó un terrible golpe con su espada en la espalda del anciano Jingaro.
Sintiendo que el frío acero invadía su cuerpo, recorrió a sus muchos años de Yoroikumi-Uchi y volviéndose rápidamente con un poderoso movimiento envolvente, con sus piernas derribó a su sorprendido adversario para después, con veloz movimiento de su corta espada, terminar la técnica abriendo el cuello de su enemigo. Jingaro cubierto de sangre y mortalmente herido, enfrentó al líder de los bandidos Monjiro, el cual expresó:

- Has llegado al final del camino, anciano guerrero.

 Luego montando su caballo cargó contra el anciano, el cual lo esperaba con su ensangrentada Kusarigama. Monjiro a medida que se acercaba blandía furiosamente su espada, pero Jingaro presintiendo el ataque, saltó en el último instante, evitando así los terrible golpes; el caballo volvió una y otra vez, pero el anciano, el cual llegando casi al límite de sus fuerzas, dobló sus rodillas en el suelo esperando el último y decisivo ataque.

Al verlo arrodillado el bandido se acercó y levantando su espada se aprontó a descargar el último y mortal golpe. Jingaro decidido a salvar su familia y su honor de Samurai, reuniendo sus últimas energías se levantó lentamente del suelo mientras escuchaba el galope del caballo que se acercaba y en el momento apropiado evitó el ataque de la espada del bandido; luego con su cadena alcanzó el brazo del atacante derribándole del corcel, y finalmente con un golpe con la empuñadura de madera de su arma, eliminó al último de sus enemigos.

Jingaro permaneció parado por breves instantes saboreando su más importante triunfo en su larga y brillante carrera de guerrero. Su hijo, nuera y nietos que se habían liberado de sus ataduras, lo alcanzaron en el preciso instante que se desplomaba al suelo. Jingaro trató de ver el cielo pero solamente vio tinieblas; los nietos lloraban desconsoladamente, pero el anciano sonriendo, expresó:

 - Niños, por favor, recuerden lo que les he dicho, "deben de tratar de ver más allá de sus ojos, cierren los ojos y escuchen mi corazón”.

Entonces, Jingaro, ese anciano guerrero que había perdido la vista desde hacía más de 20 años, cerró sus ojos por última vez.

domingo, 26 de agosto de 2012

Limpiar el trasero del Buda

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De Antología Zen: cien historias de iluminación.
Versión y recopilación de Thomas Cleary


En el grupo del Maestro Zen  Hakuin había un monje loco que pensaba que su ser había alcanzado la identidad del Buda. Arrancaba las escrituras budistas y usaba sus páginas como papel de retrete.

Otros monjes le llamaban la atención por ello, pero él no hacía caso, y replicaba con altanería: "¿Qué hay de malo en usar las escrituras budistas para limpiar el trasero de un Buda?

Entonces alguien repitió esto al Maestro Hakuin, quien preguntó al monje loco: "Dicen que estás utilizando las escrituras budistas como papel de retrete. ¿Es esto verdad?"

El monje loco dijo: "Sí. Yo soy un Buda. ¿Qué hay de malo en usar las escrituras budistas para limpiar el trasero de un Buda?"

Hakuin dijo: "Estás equivocado. Puesto que se trata de un trasero de Buda, ¿por qué utilizar papel viejo ya escrito? Deberías limpiarlo con papel limpio en blanco"

El monje loco se avergonzó y pidió disculpas.
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lunes, 20 de agosto de 2012

Un retiro Zen

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......................................................De Antología Zen "Cien historias de iluminación"
......................................................Versión y recopilación de Thomas Cleary


El maestro zen Taigu vivió por un tiempo adentrado en las montañas en la provincia al norte de kioto. Escribió un par de poemas conmemorando esta estancia:

..............................No más problemas urbanos, 
..............................ni disputas de opiniones:
..............................En otoño barro
..............................las hojas junto al arroyo;
..............................en primavera oigo
..............................a los pájaros en los árboles.

..............................Llega la primavera al mundo humano
..............................con vasta y magna bondad;
..............................la eclosión de cada flor
..............................habla ampliamente de un Buda.
..............................Sin saberlo, la nieve restante
..............................se ha fundido por completo.
..............................Miríadas de formas desenfruncen sus cejas
..............................al unísono, cual si fueran sólo una
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