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martes, 1 de diciembre de 2015

El picador de piedras

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Cuento japonés

Cuenta la leyenda que un humilde picador de piedra vivía resignado en su pobreza, aunque siempre anhelaba con deseo convertirse en un hombre rico y poderoso. Un buen día expresó en voz alta su deseo y cuál fue su sorpresa cuando vio que éste se había hecho realidad: se había convertido en un rico mercader.

Esto le hizo muy feliz hasta el día que conoció a un hombre aún más rico y poderoso que él. Entonces pidió de nuevo ser así y su deseo le fue también concedido. Al poco tiempo se cercioró de que debido a su condición se había creado muchos enemigos y sintió miedo.

Cuando vio cómo un feroz samurai resolvía las divergencias con sus enemigos, pensó que el manejo magistral de un arte de combate le garantizaría la paz y la indestructibilidad. Así que quiso convertirse en un respetado samurai y así fue.

Sin embargo, aún siendo un temido guerrero, sus enemigos habían aumentado en número y peligrosidad. Un día se sorprendió mirando al sol desde la seguridad de la ventana de su casa y pensó: "él si que es superior, ya que nadie puede hacerle daño y siempre está por encima de todas las cosas. ¡Quiero ser el sol!".

Cuando logró su propósito, tuvo la mala suerte de que una nube se interpuso en su camino entorpeciendo su visión y pensó que la nube era realmente poderosa y así era como realmente le gustaría ser.

Así, se convirtió en nube, pero al ver cómo el viento le arrastraba con su fuerza, la desilusión fue insoportable. Entonces decidió que quería ser viento. Cuando fue viento, observó que aunque soplaba con gran fuerza a una roca, ésta no se movía y pensó: ¡ella sí que es realmente fuerte: quiero ser una roca! Al convertirse en roca se sintió invencible porque creía que no existía nada más fuerte que él en todo el universo.

Pero cuál fue su sorpresa al ver que apareció un picador de piedra que tallaba la roca y empezaba a darle la forma que quería pese a su contraria voluntad. Esto le hizo reflexionar y le llevó a pensar que, en definitiva, su condición inicial no era tan mala y que deseaba de nuevo volver a ser el picador de piedra que era en un principio.
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viernes, 13 de febrero de 2015

Buda y las semillas de mostaza

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De The Gospel of Buddha de Paul Carus

Kisa Gotami tuvo un único hijo que murió enseguida. En su dolor, llevaba a su hijo muerto a todos los vecinos preguntando por alguna medicina. Y la gente decía "Ha perdido la razón, el niño está muerto". Pero Kisa Gotami encontró a un hombre quien le dijo "no puedo darte una medicina para el niño, aunque conozco a un médico que sí puede". La chica respondió "¡te lo ruego!, dime quién es". Y el hombre dijo "ve a ver al Sakyamuni, el Buda".

Kisa Gotami fue a ver a Buda y lloró: "Señor y maestro, dame la medicina que pueda curar a mi hijo". El Buda le dijo: "Necesito un puñado de semillas de mostaza". Y cuando la chica en su alegría le respondíó que las traería enseguida, el Buda añadió: "las semillas de mostaza deben ser de una casa en donde nadie haya perdido a un hijo, cónyuge, pariente o amigo".

Kisa Gotami fue por la ciudad de casa en casa, y la gente apenada por ella le decía "¡Aquí hay semillas de mostaza, llévatelas!". Pero cuando ella preguntaba "¿Tienes algún hijo o hija, padre o madre, muertos en tu familia?" ellos le respondían: "quedamos pocos, nuestros muertos son muchos. Mejor no nos recuerdes nuestro gran dolor". Y no había casa alguna en donde no hubieran perdido a algún ser querido.

Kisa Gotami cayó en el cansancio y la desesperanza. Se sentó en el suelo, mirando como las luces de la ciudad parpadeaban hasta apagarse. Al final la oscuridad reinó por todas partes. Y pensó para sí misma, "¡Qué egoísta he sido en mi dolor!. Porque la muerte es común a todos".

Fue al bosque, en donde enterró a su hijo muerto, y volvió para ver al Buda. Tomó refugio en Él y en el Dharma.

El Buda dijo: "La vida de los mortales en este mundo es breve, llena de preocupaciones y combinada con dolor. Porque no hay ningún medio por el cual aquellos que han nacido puedan evitar morir; después de nacer existe la muerte, tal es la naturaleza de los seres vivos. Como frutas maduras pronto están en peligro de caer, así los mortales cuando nacen siempre están en peligro de muerte. Ambos jóvenes y viejos, sabios y tontos, todos caen bajo el poder la muerte; todos están sujetos a la muerte".

"De aquellos que, llevados por la muerte parten de esta vida, el padre no puede salvar a su hijo, ni los parientes a sus cercanos. Señalo esto mientras sé como sus seres queridos los buscan y los lamentan profundamente; uno por uno los mortales son así llevados, como un buey es conducido a la matanza. Así el mundo está afligido con la muerte y la decadencia. Por tanto, las personas sabias no se afligen al reconocer las condiciones del mundo. En cualquier manera en que la gente piensa como ocurrirán las cosas, a menudo será diferente de lo que finalmente ocurra, y así grande es la decepción; míralo, tales son las condiciones del mundo.

No desde el llanto ni el lamento obtendrá alguien la paz en la mente; al contrario su dolor será el más grande y su cuerpo sufrirá. Se volverá enfermo y pálido, y los muertos no serán salvados por su lamentación. Las personas fallecen, y su destino después de la muerte será de acuerdo a sus acciones. Si alguien vive cien años o incluso más, finalmente será separado de la compañía de sus seres queridos y dejará la vida en éste mundo. Aquel que busca la paz debe sacar fuera la flecha del lamento, de la queja, del pesar. Aquel que se saca esta flecha y se recompone obtendrá la paz; aquel que ha superado el dolor se volverá libre del dolor, y será bendecido".
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miércoles, 14 de enero de 2015

艰苦

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De Nube vacía: Las Enseñanzas De Xu Yun
(Capítulo 6: Dificultades)
traducido al español por Shi Chuan Fa

A veces la enseñanza del Chan puede ser tan frustrante como su aprendizaje.

Hubo una vez un Maestro Chan que se encargó de la instrucción de tres novicios. Les explicó la necesidad de la disciplina espiritual y les ordenó que, empezando en ese mismo momento, observaran la regla del silencio absoluto. Después, sosteniendo su dedo en sus labios, les ordenó que fueran a sus habitaciones.

El primer novicio dijo, "¡Oh, Maestro, déjeme decirle lo agradecido que estoy por recibir su instrucción!"

Tras lo cual el segundo novicio dijo, "¡Tonto! ¿No te das cuenta de que hablando has roto la ley del silencio?"

Y el tercer novicio levantó las manos, en un gesto de desesperación, y se lamentó, "¡Señor! ¿Soy aquí la única persona capaz de seguir órdenes?"
 
A veces miramos alrededor y suponemos que nadie evalúa nuestros valores morales. Somos como esos tres novicios. A menudo, como ese primer novicio, decimos que queremos aprender pero verdaderamente no ponemos atención en lo que nuestros libros o maestros nos dicen. O como el segundo novicio, comprendemos las reglas pero pensamos que solo se refieren a los demás. O como el tercer novicio, clamamos alabanzas toda vez que hacemos lo que suponemos debemos hacer.

A veces compartimos las frustraciones de ese Maestro Chan. Quizás veamos desatención, holgazanería, frivolidad o satisfacción intelectual. Peor aún, podemos ver personas que son hipócritas consumadas - gente que finge que sus intereses son puramente espirituales mientras que en realidad son una amalgama al noventa y nueve por ciento de orgullo, codicia y lujuria.
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lunes, 10 de noviembre de 2014

Budas y Espejos

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De El Camino del Zen de Alan Watts

Acerca de Huai-jang — que iniciaba en el Zen a su gran sucesor Ma-tsu (muerto en 788), que entonces estaba practicando la meditación en posición de sentado en el monasterio de Ch'uan-fa — se cuenta la siguiente historia:

— Su reverencia — preguntó Huai-jang —: ¿qué objeto tiene meditar sentado?

— Convertirse en un Buddha — contestó Ma-tsu.

Entonces Huai-jang tomó una baldosa y comenzó a pulirla sobre una roca.

— ¿Qué hace usted, maestro? — preguntó Ma-tsu.

— La estoy puliendo para hacer un espejo — dijo Huai-jang.

— ¿Y cómo va a hacer que una baldosa pulida se convierta en un espejo?

— ¿Y cómo va a hacer que meditando sentado se convierta en un Buddha?
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sábado, 4 de octubre de 2014

La revelación del Buda Maitreya a Asanga

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Cuento budista

Uno de los más famosos santos budistas de India fue Asanga, eremita del siglo IV que se marchó a la montaña para hacer un retiro en solitario, concentrando su práctica meditativa en el Buda Maitreya, con la ferviente esperanza de ser bendecido con una visión de este Buda y recibir enseñanzas de él.
 
Asanga meditó durante seis años con suma austeridad, pero no tuvo ni siquiera un sueño auspicioso. Desalentado, llegó a creer que nunca vería cumplida su aspiración de conocer al Buda Maitreya, de modo que interrumpió el retiro y abandonó su ermita. No llevaba mucho tiempo andando por el camino cuando vio a un hombre que pulía una enorme barra de hierro con un retazo de seda. Asanga se le acercó y le preguntó qué hacía.
 
— Necesito una aguja — respondió el hombre —, y me estoy haciendo una con esta barra de hierro.
 
Asanga se lo quedó mirando atónito; aunque el hombre acabara cumpliendo su cometido al cabo de cien años, reflexionó, ¿qué sentido tendría? De modo que se dijo: «Fíjate en las molestias que se toma la gente por cosas completamente absurdas. Tú estás haciendo algo realmente valioso, la práctica espiritual, y no pones tanta dedicación ni mucho menos». Giró en redondo y regresó a la ermita.
 
Pasaron tres años más, durante los cuales siguió sin recibir ninguna señal del Buda Maitreya.  «Ahora estoy seguro, jamás lo conseguiré», pensó. Así que volvió a marcharse, y pronto llegó a una curva del camino en la que había un enorme peñasco, tan alto que parecía tocar el cielo. Al pie de la roca había un hombre que la frotaba afanosamente con una pluma empapada en agua. Asanga le preguntó qué hacía.

— Esta roca es tan grande que impide que dé el sol en mi casa, así que he decidido librarme de ella.
 
Asanga se sintió asombrado por la energía incansable de aquel hombre, y avergonzado por su falta de dedicación. Así que regresó a su retiro.
 
Transcurrieron otros tres años sin que tuviera ni un buen sueño. Al fin decidió de una vez por todas que su empresa era desesperada y abandonó el retiro definitivamente. Fueron pasando las horas y entrada ya la tarde se encontró con un perro tendido en la cuneta. Sólo tenía las patas delanteras, y la mitad trasera del cuerpo estaba descomponiéndose y cubierta de gusanos.
 
Pese a su lamentable estado, el animal no cesaba de ladrar a los transeúntes y hacía patéticos intentos de morderlos, arrastrándose por el suelo con las patas buenas.
 
Asanga quedó abrumado por un vivo e insoportable sentimiento de compasión, y se cortó un pedazo de carne de su propio cuerpo para dar de comer al perro. Después se agachó para quitarle los gusanos que le consumían el cuerpo, pero de pronto se le ocurrió que podía hacerles daño si los cogía con los dedos, y se dio cuenta de que la única manera de quitarlos era la lengua. Se arrodilló y, tras mirar la repulsiva masa culebreante, cerró los ojos. Se acercó más, sacó la lengua... y cuando dio cuenta, estaba tocando el suelo con la lengua. El perro había desaparecido; en su lugar estaba el Buda Maitreya, envuelto en un aura de luz trémula.
 
— Por fin —dijo Asanga —. ¿Por qué no te me has aparecido antes?
 
— No es verdad que no me haya aparecido antes — le dijo Maitreya dulcemente —. He estado siempre contigo, pero tu karma negativo y tus oscurecimientos te impedían verme. Tus doce años de práctica los disolvieron levemente, y por eso al menos has podido ver al perro. Luego, gracias a tu auténtica y sincera compasión, todos los oscurecimientos han quedado completamente eliminados y ahora puedes verme ante ti con tus propios ojos. Si no crees que haya ocurrido así, cárgame al hombro y comprueba si alguien más puede verme.
 
Asanga se cargó a Maitreya al hombro derecho y se dirigió al mercado, donde empezó a preguntarles a todos: «¿Qué llevo al hombro?». La mayoría de los interpelados respondía que nada y seguía su camino. Sólo una anciana que había purificado ligeramente su karma respondió:
 
— Llevas el cadáver putrefacto de un perro viejo, nada más. 

Asanga comprendió por fin el poder ilimitado de la compasión que había purificado y transformado su karma, convirtiéndolo así en un recipiente digno de recibir la visión y la instrucción de Maitreya. A continuación, el Buda Maitreya, nombre que significa «afecto amoroso», condujo a Asanga a un reino celestial donde le dio muchas enseñanzas sublimes que se cuentan entre las más importantes de todo el budismo.
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lunes, 2 de junio de 2014

El Regalo

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Cuento budista


Un insensato oyó que el Buda predicaba que debemos devolver bien por mal y fue y lo insultó. El Buda guardó silencio.
Cuando el otro acabó de insultarlo, le preguntó: "Hijo mío, si un hombre rechazara un regalo, ¿de quién sería el regalo?".
El otro respondió. "De quien quiso ofrecerlo". "Hijo mío", replicó el Buda, "me has insultado, pero yo rechazo tu insulto y éste queda contigo. ¿No será acaso un manantial de desventura para ti?". El insensato se alejó avergonzado, pero volvió para refugiarse en el Buda.

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jueves, 8 de mayo de 2014

La espada de la invulnerabilidad

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Cuento Budista japonés

En una ocasión, un fiero samurái escuchó hablar de un asceta que vivía en el profundo bosque que rodeaba una montaña sagrada. Se decía de él que poseía el don de materializar de la nada una «espada de invulnerabilidad» que le concedía la victoria sobre cualquier adversario.

El samurai escaló la montaña y no tardó en encontrar al asceta. Orgulloso de su fuerza y de su habilidad, le preguntó al monje: ¿Es verdad que eres capaz de materializar una espada que concede la invulnerabilidad? El anciano, observando atentamente al guerrero, le respondió afirmativamente, a la vez que, mágicamente, hacía aparecer de la nada la misteriosa espada.
Asombrado, el samurai intentó esgrimirla impetuosamente, pero el monje lo detuvo con un gesto: «¡Detente, insensato, si la tocas ahora, morirás inmediatamente!». Algo turbado, el samurái retrocedió unos pasos. El ermitaño le dijo entonces: «Si de verdad quieres poseer esta espada, debes hacer cuanto yo te diga. Tienes que volver al mundo y durante veinte años, practicar la prudencia, la compasión hacia todas las criaturas, entregarte a largas horas de profunda meditación cada día; deberás también cantar cada mañana y cada tarde el Sutra del Corazón, llevar una vida sobria, casta, austera, huir de los combates y de los placeres del mundo; ser caritativo, hasta con tus enemigos, asumir las peores tareas, los penosos trabajos que los demás rechacen, y dedicarte en cuerpo y alma a purificar tu mente y tu espíritu. ¡ Olvídate de ti mismo y sé una bendición para cuantos se te acerquen¡ Si lo haces, podrás volver aquí y materializaré para ti la “espada de invulnerabilidad”.

El samurái comprendió y guardó silencio. Descendió de la montaña y durante largos veinte años se consagró a poner en práctica, seguro de su ki, las enseñanzas del monje. Transcurrido ese tiempo, volvió a la montaña y encontró sentado al asceta. El anciano le miró profundamente. El rostro del samurái, ya arrugado, reflejaba el paso de los años. Su cabello, encanecido, brillaba bajo la luz de la luna y sus párpados pendían, seguramente de tanto llorar .Sus ojos, esos ojos otrora vehementes, que antaño reflejaban el deseo, el orgullo y a menudo la cólera que caracteriza a los hombres de armas, a los guerreros, expresaban ahora una serena espera, una compasión cálida, una trémula ternura y una profundidad abismal. Sin mediar palabra, el anciano monje materializó la mágica espada, que brilló iluminando la noche, y se la entregó al samurái. Este, desapegadamente, la sostuvo entre sus manos un instante, y sonriendo, la devolvió al monje diciendo: ¡ya no la necesito!

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viernes, 29 de marzo de 2013

Bai Zhang y el hombre - zorro

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De Nube vacía: Las Enseñanzas De Xu Yun
traducido al español por Shi Chuan Fa

Parece ser que una noche, después de que una reunión Chan hubiera terminado y todos sus discípulos se hubieran retirado, el Maestro Bai Zhang se dio cuenta de que un anciano permanecía fuera de la Sala de Meditación.


Bai Zhang se acercó al hombre y le preguntó:

- Dígame, señor, ¿a quién o qué está buscando?

El anciano respondió:

- No, no señor. No soy en absoluto un ser humano. Soy un zorro salvaje que simplemente habita el cuerpo de un hombre.
 
Bai Zhang naturalmente se quedó sorprendido y curioso. 

- ¿Cómo adquiriste esta condición? - preguntó.
 

El anciano hombre-zorro explicó:

- Hace quinientos años, era el monje prior de este monasterio. Un día, un joven monje se acercó y me preguntó, '¿Cuando un hombre consigue la iluminación sigue sujeto a Ley de la Causalidad?' y atrevidamente le contesté, 'No, está exento de la Ley.' Mi castigo por esta falsa y arrogante respuesta fue que mi espíritu se cambió por el espíritu de un zorro salvaje, y por eso corrí a las montañas. Como hombre-zorro no puedo morir, y mientras persista mi ignorancia debo continuar viviendo en esta desdichada condición. Durante quinientos años he estado paseando por el bosque en busca del conocimiento liberador. Maestro, le suplico que se apiade de mí y me ilumine a la verdad."

El Maestro Bai Zhang le habló amablemente al hombre-zorro:

- Hazme la pregunta que el joven monje te hizo, y obtendrás la respuesta correcta.

El hombre-zorro obedeció:

- Maestro, deseo preguntarle esto: ¿Cuándo un hombre alcanza la iluminación está sujeto a la Ley de la Causalidad?

Bai Zhang respondió:

- Sí. Nunca está exento de la Ley. Nunca podrá cerrar sus ojos a las posibilidades de la causa y el efecto. Debe seguir atento a todas sus acciones pasadas y futuras.

De repente el anciano hombre-zorro obtuvo la iluminación y quedó libre. Se postró ante el maestro y le agradeció profusamente, "¡Al fin – dijo- estoy liberado!" Entonces, cuando se estaba marchando, se volvió y le preguntó a Bai Zhang:

- Maestro, ya que soy un monje, ¿podría concederme amablemente los ritos funerarios usuales para un monje? Vivo cerca, en una guarida en la montaña que hay detrás del monasterio, ahora iré allí para morir.

Bai Zhang aceptó, y al día siguiente fue a la montaña y encontró la guarida. Pero en vez de encontrar allí un viejo monje, Bai Zhang solo vio un bulto en el barroso suelo de la guarida. Tanteó el bulto con su bastón y descubrió ¡un zorro muerto!

Bueno, ¡una promesa es una promesa! El Maestro Bai Zhang condujo los ritos funerarios acostumbrados para un monje sobre el cuerpo del zorro. Todo el mundo pensó que Bai Zhang estaba loco, especialmente cuando condujo una solemne procesión funeral... con un ¡zorro muerto en el féretro!

De ese modo pueden ver, queridos amigos, que incluso haber alcanzado la Budeidad no libra a uno de la Ley de la Causalidad. Si incluso el Buda pudo sufrir un dolor de cabeza por haber sido cruel con un pez, qué gran necesidad tenemos de seguir atentos al principio de que un acto nocivo, más tarde o más temprano, nos traerá una retribución nociva. ¡Sean cuidadosos en lo que dicen y hacen! ¡No se arriesguen a convertirse en el espíritu de un zorro!
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jueves, 14 de marzo de 2013

Demonios de Primera Clase

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De Nube vacía: Las Enseñanzas De Xu Yun
traducido al español por Shi Chuan Fa


Un día un hombre estaba paseando por el mercado cuando se acercó a un puesto que decía, "Se vende: Demonios de Primera Clase." 
Por supuesto, el hombre estaba intrigado. ¿Lo estarían ustedes? Yo sí. 

- Déjeme ver uno de esos demonios - le dijo al comerciante.

El demonio era una pequeña y extraña criatura... bastante parecida a un mono.

- Es bastante inteligente - dijo el comerciante-. Y todo lo que tiene que hacer es decirle cada mañana lo que quiere que haga ese día, y lo hará.

- ¿Cualquier cosa? - preguntó el hombre. 

- Sí - dijo el comerciante -, cualquier cosa. Todos sus quehaceres domésticos estarán terminados cuando llegue a casa después del trabajo.

El hombre se encontraba soltero así que el demonio le pareció una muy buena inversión. "Me lo quedo" dijo. Y pagó al comerciante.

- Una pequeña cosa - dijo el comerciante (siempre hay una pequeña cosa, ¿no?) - debe ser fiel en decirle lo que debe hacer cada día. ¡Nunca se olvide! Dele las instrucciones cada mañana y todo irá bien. ¡Recuerde mantener esta rutina!"

El hombre aceptó y llevó su diablo a casa. Cada mañana le decía que fregara los platos, que hiciera la colada, que limpiara la casa y que preparara la cena; y cuando volvía a casa, todo estaba hecho de la manera más maravillosa.

Pero entonces llegó el cumpleaños del hombre y sus compañeros de trabajo decidieron darle una fiesta. Bebió mucho y se quedo a pasar la noche en la ciudad, en casa de un amigo, y a la mañana siguiente fue directamente al trabajo. No volvió a casa para decirle a su diablo lo que tenía que hacer. Y cuando regresó aquella noche descubrió que el diablo había quemado la casa y estaba bailando sobre las ruinas humeantes.

¿Y no es esto lo que sucede siempre? Cuando comenzamos un entrenamiento juramos con nuestra sangre que nos mantendremos fieles a él. Pero después de dejarlo y descuidarlo por primera vez, le conducimos al fracaso. Es como si nunca lo hubiéramos hecho.

Así que, sin importar que hayan escogido el camino del Mantra, o del Yantra, o de la Cuenta de la Respiración, o de un Hua T’ou, o de repetir el nombre del Buda, ¡sigan con su método! Si no funciona hoy, prueben mañana. Díganse a ustedes mismos que están tan decididos que si necesitan continuar su práctica durante la próxima vida, lo harán a fin de tener éxito. El viejo Maestro Wei Shan solía decir, "Permaneced en la práctica que hayáis escogido.
Tal vez varias reencarnaciones os hagan falta para alcanzar la Budeidad."

Sé que es fácil desalentarnos cuando pensamos que no estamos haciendo progresos. Lo intentamos una y otra vez pero cuando no viene la iluminación queremos abandonar la lucha. La perseverancia es en sí misma un logro. Sean constantes y pacientes. No están solos en su lucha. De acuerdo a un viejo proverbio, "Nos entrenamos durante aburridos eones, para alcanzar la iluminación que ocurre en un instante."
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