lunes, 4 de febrero de 2013

La Misteriosa Guardia

.
Texto de Eric Jalain, revista Dojo No. 264, Marzo del 2000


Existía en Tailandia haca ya muchos siglos una esplendorosa civilización que había crecido a base de invadir a los pueblos y naciones vecinas. La civilización de Angkor se había convertido en un potente imperio militar que no cesaba de batallar contra unos y contra otros, para seguir devorando tierras, riquezas y esclavos de guerra.

Muongmor Tiunmanglek era un joven oficial del inmenso ejército de Angkor que había ascendido rápidamente debido a sus habilidades marciales y a su aguda inteligencia en el campo de batalla.
Todos los soldados Thai entrenaban duramente el Muay Thai, arte que no sólo incluye la lucha sin armas, sino todas las facetas del amplísimo mundo marcial; entre ellas la estrategia de combate, algo en lo que Muongmor siempre había destacado. De hecho, su condición física no era extraordinaria, comparada a la de otros jóvenes, pero un auténtico estratega. Siempre investigaba la naturaleza y el sentido de las técnicas de combate, analizando los conceptos marciales para descartar lo inútil y adaptar lo útil.

Por primera vez en muchos años, el imperio parecía estar en paz con todos sus atemorizados vecinos, así que Muongmor fue trasladado de la primera línea de batalla a un viejo cuartel militar en el centro del país. Los primeros días los empleó, como era habitual en él, a conocer la zona, el cuartel y los soldados que pasaban bajo su mando. En uno de sus paseos por el cuartel descubrió a un joven fuertemente armado, junto a una vieja fuente de piedra descolorida, en medio de un pequeño jardín casi escondido entre los edificios. Le preguntó cuál era el sentido de hacer guardia en un sitio tan recóndito y perdido. El joven no supo responderle: "Cumplo órdenes", dijo. Preguntó a otro soldado que pasaba por ahí, quien simplemente respondió: "No lo sé. Pero siempre se han hecho guardias en ese jardincillo. Día y noche. Durante 24 horas".

Muongmor inspeccionó los alrededores, por si se trataba de una zona estratégica que él aún desconocía. pero el jardín estaba aparentemente en medio de ningún sitio, rodeado de unas  caballerizas (cuya entrada ya estaba custodiada), una pequeña cocina, un viejo barracón en desuso y un montón de maderos apilados. Ese turno de guardia que tan celosamente se cumplía las 24 horas tenía un sentido aún misterioso para Muongmor. Con la sensación de que se le estaban ocultando algo, el joven oficial revisó cuidadosamente los planos del cuartel, sin descubrir ningún pasadizo ni almacén secreto por esa zona. Convocó al oficial de zona para pedirle explicaciones. Éste tampoco sabía por que se hacia esa guardia: "Cuando me destinaron aquí llevaba años haciéndose. Y como nunca he recibido la orden de eliminar ese turno de guardia..."

Muongmor siguió investigando entre otros oficiales veteranos, y la respuesta era siempre la misma: la guardia se hacía así porque siempre se había hecho, le decía. Generación tras generación los oficiales habían transmitido la orden y los soldados la habían obedecido. Y los oficiales parecían incluso molestos de que aquel jovenzuelo andara cuestionando lo que siempre se había hecho, entrometiéndose en la forma de funcionar del viejo cuartel. "Si siempre se ha hecho esa guardia por algo será...", sentenció contundentemente uno de los oficiales más veteranos.

Pero Muongmor no podía conformarse con explicaciones vacías, con respuestas absurdas. Esa guardia debía tener un por qué, una razón de ser, un origen. Así que decidió acudir a los viejos archivos del cuartel, donde se almacenaban automáticamente todas las órdenes escritas, expedientes, informes, etc. en rollos. Los archivos estaban llenos de telarañas, pues la única persona que entraba ahí desde hacía años era el archivero para amontonar los últimos papeles.

Tras semanas de minuciosa investigación, removiendo miles de polvorientos documentos, Muongmor por fin descubrió el papel en el que estaba transcrita la orden por la que se instauraba "El Turno de la Guardia en el jardín trasero de la Zona B, Área 3". El documento estaba fechado hacía 99 años, y decía lo siguiente:

"Transmitimos la Orden para que el Cuerpo de Oficiales tenga conocimiento de ello: El Oficial en Jefe Pangmai Chitiranmai ordena el establecimiento de una Guardia durante 24 horas junto a la Fuente del jardín Trasero de la Zona B, Área 3, para evitar que nadie toque la fuente que acaba de ser pintada".

Parece ser que Pangmai murió de viejo al día siguiente, sin poder dar la orden de cesar el turno de guardia...
.

Es natural

.
De Las Enseñanzas del Zen de Thomas Cleary


"Cuando se habla de practicar el camino es una expresión alentadora, un modo de
provocar un incentivo; nunca ha existido doctrina alguna que dar a la gente, sólo son
transmisiones de algunas técnicas adecuadas. Su propósito es el de expresar la idea esencial, para que la gente conozca su propia mente. Pero, en realidad, no hay doctrina alguna que recibir, ni camino alguno que seguir. Por eso se dice: «El camino de la Iluminación es natural»"

- Longya Judun (834-920)
.

domingo, 3 de febrero de 2013

Me parece amor mío...

.

Me parece, amor mío, que antes de rayar el día de la vida
tú estabas en pie bajo una cascada de felices sueños,
llenando con su líquida turbulencia tu sangre.
O, tal vez, tu senda iba por el jardín de los dioses,
y la alegre multitud de los jazmines, los lirios y las adelfas
caía en tus brazos a montones y, entrándose en tu corazón,
se hacía algarada allí.
Tu risa es una canción, cuyas palabras se ahogan
en el gritar de las melodías; un rapto del olor de unas flores
no vistas; es como la luz de la luna que rompiera a través
de la ventana de tus labios, cuando la luna está escondiéndose
en tu corazón. No quiero más razones; olvido el motivo.
Solo sé que tu risa es el tumulto de la vida en rebelión.

- Rabindranath Tagore
.

sábado, 2 de febrero de 2013

.
 “La mayor pobreza es la ignorancia”

- Panchatantra
.

El Monasterio Mágico

.
De El Monasterio Mágico de Idries Shah


Un cierto derviche humilde y silencioso solía concurrir todas las semanas a las comidas que ofrecía un hombre culto y generoso. A tales reuniones se las conocía como Asambleas de los Cultos.
El derviche jamás intervenía en la conversación. Después de entrar estrechaba las manos a cada uno de los presentes, se sentaba en un rincón y comía lo que se servía. Terminada la reunión se ponía de pie, decía unas pocas palabras de despedida y agradecimiento y tomaba su camino. Nadie sabía nada de él. No obstante, cuando apareció por primera vez circularon rumores de que se trataba de un santo, y durante un largo tiempo los demás comensales pensaron que debía ser sin duda, un hombre santo y poseedor de conocimientos, y aguardaban con placer el momento en que el derviche les impartiese algo de su sabiduría. Incluso algunos se jactaban de que el extraño participara en esas reuniones de amigos, dando a entender que esa compañía les confería a ellos una especial distinción.

Sin embargo, como no se observaba relación alguna con aquel hombre, poco a poco los invitados empezaron a sospechar que en realidad se tratase de un imitador o de un farsante.
Algunos llegaron a sentirse incómodos por su presencia. Evidentemente él no hacia nada por armonizar con el ambiente y no aportaba siquiera un proverbio a las esclarecidas conversaciones que para ellos habían llegado a significar una parte entrañable de sus mismas vidas. Incluso algunos concurrentes no llegaban a percatarse de que el derviche estuviese presente, pues pasaba totalmente inadvertido.
Cierto día el derviche habló. Dijo:

- Yo os invito a todos a mi monasterio mañana por la noche. Cenaréis conmigo.

La inesperada invitación suscitó en todos un revuelo de opiniones. Algunos pensaron que el derviche, que vestía muy pobremente, debía ser un loco y que con toda certeza no podría ofrecerles nada. Otros supusieron que la conducta anterior había sido una prueba. Algunos se dijeron que, por fin, el derviche les compensaría la paciencia con que habían soportado tan pesada compañía. Hubo quienes se alertaron entre sí:

- ¡Cuidado! Podría ocurrir que busque tentarnos para someternos a su poder.

Pero la curiosidad indujo a todos, incluso al anfitrión, a aceptar la invitación, y a la noche siguiente el derviche los condujo desde la casa hasta un monasterio escondido, de tal magnitud y magnificencia que quedaron atónitos.
El edificio estaba poblado de discípulos que practicaban toda clase de ejercicios y tareas.
Los invitados transitaron por salas de contemplación donde gran número de sabios de distinguido aspecto se levantaron respetuosamente para saludar la proximidad del derviche con inclinaciones de cabeza.
El banquete con que fueron agasajados fue indescriptible y sobrepasó toda expectativa.
Los visitantes se sintieron anonadados. Todos le suplicaron que a partir de ese mismo instante los aceptase como discípulos.
Pero a todas esas instancias el derviche respondía tan sólo:

- Esperad hasta la mañana.

Llegó la mañana y los invitados, en lugar de despertar en las suntuosas camas de seda que se les habían brindado la noche anterior, se encontraron yaciendo tiesos y desnudos, dispersos en el suelo, en el interior de un pétreo recinto de una enorme y fea ruina, sobre una yerma ladera de montaña. Ni señales del derviche, de los bellos arabescos, de las bibliotecas, fuentes y alfombras.

- Ese canalla infame nos ha traicionado con artes de brujería - vociferaban los invitados, quienes alternativamente se lamentaban y felicitaban entre sí por sus sufrimientos y porque; finalmente, habían desenmascarado al villano, cuyos poderes sin duda se habrían extinguido antes de que pudieran cumplirse vaya a saber qué pérfidos propósitos. Muchos atribuyeron la salvación a su propia pureza espiritual.

Pero lo que ellos ignoraban era que, por los mismos medios de que se había valido para introducirlos en aquella mágica experiencia del monasterio, el derviche les había inducido a creerse abandonados en medio de ruinas. La verdad era que no estaban ni habían estado ni en un sitio ni en el otro.
En ese instante, como surgiendo de la nada, el derviche se presentó a sus invitados y les dijo:

- Regresaremos al monasterio.

Hizo un movimiento con sus manos y todos se encontraron otra vez en los salones palaciegos. Entonces se sintieron arrepentidos de sus reclamos, pues inmediatamente se convencieron de que las ruinas no habían sido más que la prueba y el monasterio la verdadera realidad. Algunos musitaron:

- Es una gran suerte que no haya oído nuestras censuras. Con sólo que nos enseñe este extraño arte, habrá valido la pena.

Pero el derviche movió nuevamente sus manos y todos se encontraron otra vez en la mesa de la comida en común, de la cual, en realidad, nunca se habían apartado.
El derviche continuaba sentado en su rincón habitual, comiendo su acostumbrado arroz con especias, sin decir palabra. Entonces, mientras lo contemplaban inquietos, todos oyeron su voz hablar dentro de sus propios pechos, aun cuando los labios del derviche estaban inmóviles. Dijo:

- Mientras vuestra codicia os impida distinguir entre el autoengaño y la realidad, nada real os podrá enseñar un derviche: sólo ilusiones. Aquellos cuyo alimento es autoengaño y fantasía sólo con engaño y fantasía pueden ser alimentados.

Todos los presentes en aquella ocasión siguieron frecuentando la mesa del hombre generoso, pero el derviche nunca volvió a hablarles.
Al cabo de un tiempo, los componentes de la Asamblea de los Cultos descubrieron que su rincón estaba siempre vacío.
.

Compartir

 
Creative Commons License
This obra by Arturos (Basiliskus) is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial 2.5 México License.
Based on a work at basiliskus.blogspot.com.