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miércoles, 23 de noviembre de 2016

La chachatatutu y el fénix

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Cuento tibetano

La chachatatutu* es el ave más pequeña y menos bonita de todas. Por el contrario, el fénix es el más bello y delicado de los pájaros.

Había una vez un chachatatutu que puso tres huevos en una mata de hierba. Pero cada día, cuando ella salía, un jerbo que tenía su madriguera cerca de ahí, acudía sin hacer ruido a sorber los huevos. De los tres huevos del nido, dos habían ido a parar al estómago del jerbo. La pobre chachatatutu, presa de la más viva desesperación, fue volando a buscar al fénix para reclamarle justicia contra el jerbo.

- ¡Oh, fénix! - dijo muy tristemente -. ¡Oh, red las aves, cuán desgraciada soy! Un maldito jerbo ha devorado dos huevos de los tres que he puesto. Con esto se ha desvanecido toda esperanza de tener dos encantadores pajaritos y vengo a pediros venganza y alivio para mis desdichas.

El fénix, no dignándose molestarse por una pequeña chachatatutu no más grande que una pulga, le dijo agriamente:

- ¿No ves lo ocupado que estoy todo el día? ¿Cómo te atreves a importunarme por una fruslería? Después de todo, la madre tiene que velar por sus hijos. Si tú no eres capaz de cuidarlos, ¿crees que alguien lo hará por ti? Cada uno tiene el deber de proteger a sus hijos.

La chachatatutu, indignada por la dureza del fénix, exclamó en un momento de despecho:

- Me he presentado ante vos porque sois el rey de las aves. Pero vos me despreciáis y tomáis mi desgracia por una pequeñez. Puede que os equivoquéis. ¡A veces una insignificancia mal resuelta puede acarrear un gran desastre! ¡No me lo echéis jamás en cara!

El fénix ni se molestó siquiera en escucharla y distraídamente se limitó a murmurar entre dientes:

- ¡Hem...hem... en efecto!

La chachatatutu tuvo miedo de que el fénix no la hubiese oído bien y le dijo:

- ¿Por qué hacéis "hem...hem..."? Si algún día una pequeñez ocasiona un verdadero desastre, no culpéis a nadie más que a vos mismo.

El fénix no le hizo caso y continuó refunfuñando con pmpaciencia: "Hem... hem... en efecto". La chachatatutu llena de tristeza, tuvo que volver a su nido. Luego, presa de indignación, tomó una brizna de hierba, hizo con ella una flecha, se subió a una rama y se puso al acecho, esperando el regreso del jerbo asesino.

Al cabo de poco tiempo, hizo su aparición el jerbo completamente confiado y dispuesto a sorberse el último huevo.

La chachatatutu, ciega de rabia, le lanzó su flecha, clavándosela en un ojo. Atormentado por un profundísimo dolor, el jerbo empezó a aullar y a dar vueltas hasta que, cegado, acabó por meterse en las narices de un león que estaba echando una siesta a orillas del mar. El león se despertó sobresaltado, sin saber lo que se le metía por la nariz, y dio un salto con tanta violencia que cayó de cabeza al mar.

Pero en el agua se encontraba nadando perezosamente un dragón, que al ver a un león precipitarse repentinamente contra él, se lanzó muy prestamente al espacio por miedo de verse devorado. Al atravesar el aire tropezó casualmente con el nido del fénix, rompiendo el huevo que allí se encontraba.

El fénix, ciego de furor, apostrofó al dragón:

- Tú eres el dragón y yo soy el fénix. Tú vives en el agua y yo en la tierra. ¿Acaso no sabes que el fénix sólo pone un huevo al año y tiene  un sólo descendiente? ¿Tan necesario era volar como loco fuera de tu reino acuático para derribar mi nido y romper mi huevo?

- ¡Oh, fénix! No es a mí a quien tienes que reprender - respondió el dragón -. Mientras yo me bañaba tranquilamente, un león se tiró al agua para devorarme. Como es natural, tuve que ponerme a salvo al instante volando hacia el cielo. Si he destruido tu nido y he roto el huevo ha sido por accidente. Si tienes algo que alegar, dirígete al león que me ha asaltado estando en mi casa.

El fénix se fue a buscar al león.

- ¡Oh, sapientísimo fénix! - dijo el león -, no eches maldiciones contra mí. Yo dormía apaciblemente en la playa cuando de repente un jerbo se metió por mis  narices. Empujado por el dolor, me tiré al mar. En realidad es el jerbo que merece tus reproches.

Entonces el fénix se fue en busca del jerbo.

- ¡Oh, noble fénix! - dijo tristemente el jerbo -, yo no tengo la menor culpa, es la chachatatutu a quien hay que imputársela. Yo me paseaba por la hierba y me hirió en el ojo con una flecha; entonces para resguardarme de sus ataques me metí en el primer refugio que encontré: las narices del león. Toda la cupa es de la chachatatutu y es ella a quien hay que censurar.

Al fénix sólo le quedaba hablar con la chachatatutu. La respuesta de ésta fue muy solemne.

- ¡Oh, fénix - dijo -, no podéis negar que estabáis prevenido! Recordad que me despreciasteis, no dignándoos siquiera escuchar lo que decía, por ser de cuerpo endeble y de alas cortas, porque no tengo mucha fuerza y menos belleza. ¡Vos tomasteis mis penas por una mezquindad que no valía siquiera un gramo de sésamo! ¡Respondisteis que las madres  deben velar su propio nido y que no os fastidiara más! ¿Y vuestra desdicha no puede ser también un grano de sésamo? ¿Por qué no vigiláis vuestro nido y vais por los alrededores buscando querella a todo el mundo? Cuando el jerbo sorbe mis huevos, eso no es nada. Pero si el dragón barre y rompe vuestro nido, ah, entonces es un desastre. ¿Esa es vuestra justicia? Yo tengo que poner mis tres huevos en la hierba y cada día buscar mi sustento. Vos sólo ponéis un huevo y, además, en la copa de un árbol. A vos os es más fácil vigilar vuestros nidos que a nosotras, las pobres chachatatutus, los nuestros. ¿Acaso no os advertí que si algún día ocurría un desastre por cualquier futilidad sólo a vos mismo tendríais que reprocharos?

El fénix, confundido, estaba fuera de sus casillas y sin responderle nada, emprendió el vuelo con la cresta baja.
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*En lengua tibetana. Se trata de un pajarito gris que hace su nido en la hierba.
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miércoles, 10 de abril de 2013

☁ ♡ ☁

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De La Divina Locura de Drukpa Kunley

- La primavera ha llegado. Pronto hará calor. Deberíamos volver al Tíbet.

- Vete tú si quieres - respondió el Lama -. El culo de las muchachas del valle me retiene aquí. Pero este viejo pájaro comienza a bostezar. Está cansado de errar sin cesar. Sea como sea, no me quedaré más de un año aquí y cuando por último vuelva al Tíbet, mi espíritu estallará.

Acompañó al abad durante algún tiempo y después inclinó la cabeza para recibir su bendición. Ngawong Chogyal tomó el camino del Paro y volvió a su monasterio de Ralung mientras que Drukpa Kunley se quedaba con su esposa mística Adzom.

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viernes, 15 de marzo de 2013

El burro de la amorosa compasión

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De La Divina Locura de Drukpa Kunley

El Maestro de la Verdad, el Señor de los Seres, Drukpa Kunley, decidió entonces poner a prueba la conciencia de Sakya Panchem. Se dirigió a la Sakya, al Templo de la Compasión Amorosa, en el momento mismo en el que los monjes estaban celebrando en él un rito funerario anual para que la Amorosa Compasión se reencarnara. Kunley vio inmediatamente que ésta se había encarnado en un burro que ascendía la colina con mucho esfuerzo, derrumbado por un enorme fardo. El Lama pidió al dueño del animal que se lo prestara y cogiéndolo por la oreja lo arrastró hasta el templo.

- ¿Qué es eso? -preguntaron los monjes.

- Ya lo estáis viendo: un burro. Y vosotros, ¿qué estáis haciendo?

- Estamos haciendo un rito para el retorno de fuego de nuestro Lama.

- ¿Cómo se llama vuestro Lama?

- El Tulku de la Amorosa Compasión.

- ¿Y dónde está actualmente? -insistió Kunley.

- En el paraíso de Galden.

- ¿Dónde está eso?

- Es muy difícil de encontrar - dijeron vagamente-. ¡No hagas esas preguntas! Cerraron los ojos, unieron las manos en signo de oración y continuaron ofreciendo su intercesión en favor del Rimpoche, sin prestar más atención al Lama.

- "¡Bodhisattva de la Inteligencia, tú que ves la identidad en la diversión universal!
¡Gran Ser de Diamante, adornado con las Cinco Perfecciones del Despertar!
¡Encarnación de la Amorosa Compasión, te rogamos que nos alientes con tu dulce bendición,acuérdanos el Poder y la Conciencia!”

El Lama dedicó entonces esta plegaria al burro:

“¡Oh, burro, la más penosa de las criaturas!
La hierba y el agua te son raros,
tú, siempre sobrecargado,
rogamos por tu lomo magullado,
por la bendición de tus espaldas encorvadas "
 
Los Lamas estaban fuera de sí.

-¡Ruega por nuestro Lama, no por ese burro! - gritaron.

-¡Pero vuestro Lama se ha reencarnado en este burro!

-¡Eso es absurdo!

-¡Escuchad! -intentó explicar Kunley -. Cuando viajaba a China, al Tíbet o a Mongolia, vuestro Lama tenía la costumbre de sobrecargar las bestias de carga de la caravana. El resultado de este karma es que se ha reencarnado en burro.

Y como para confirmar estas palabras, los ojos del burro se llenaron de lágrimas.
Al ver esto, los monjes creyeron la historia de Kunley y tendieron sus manos en signo de veneración hacia el burro.

Después le preguntaron cuándo volvería su Lama para dirigir de nuevo el monasterio.

- Si queréis que vuestro Lama vuelva, cuidad de este asno y alimentadlo durante cinco años. Cuando muera, vuestro Lama renacerá en Lithang, en la provincia de Kham y volverá aquí.

Así lo hicieron y, en efecto, el Rimpoche se reencarnó en Lithang y volvió a Sakya.
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lunes, 29 de octubre de 2012

La puerta


De Cuentos del Tíbet de Ramiro Calle

Un joven llegó hasta su casa y, al mirarse en los bolsillos, se dio cuenta que había perdido la llave de la puerta. Entonces empezó a preguntar a todos los viandantes si habían encontrado una llave. Nadie la había hallado. El hombre, muy desconsolado, comenzó a lamentarse en voz alta:
"¿Qué haré ? ¡ Pobre de mi ! No puedo entrar en mi casa. La puerta no se puede abrir.  ¿Hasta cuándo tendré que estar aquí esperando?"

Pasó otro joven por allí y escuchó los lamentos del muchacho. Se aproximó a él y colocó su mano franca sobre el hombre que se autocompadecía por su pérdida. Le dijo:
 
- Amigo, no te desanimes. ¿Por qué tanta amargura y desconsuelo? Tu puerta está cerrada, pero esta es tu puerta y es tu casa. Sé paciente. No te angusties, no te dejes ganar por la zozobra. Si sabes esperar, tu puerta se abrirá y podrás penetrar en tu acogedora casa. Paciencia, pues, amigo mío.

El joven que había perdido la llave, miró a los ojos de aquel desconocido. Era la mirada del que está solo, irremediablemente solo. En esos ojos insondables, había un destello de tristeza, sí, y de búsqueda sin encuentro, y del camino sin meta cercana, y de viaje sin término próximo. Y el desconocido agregó:

- Al menos tú, aunque cerrada, tienes una puerta y tienes una casa. ¡ Qué diera yo por tener una casa aunque su puerta estuviera cerrada! Tú amigo mío, no tienes llave porque la has perdido.
Yo no tengo ni llave, ni puerta ante la que detenerme, ni casa en la que refugiarme. Y sin embargo, espero sin impacientarme.
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* El Sabio declara: Si has encontrado tu vía, se paciente. Las puertas se cierran, pero esas mismas puertas se abren si eres paciente y perseveras en la búsqueda.
 
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lunes, 22 de octubre de 2012

La búsqueda que no cesaba


De Cuentos del Tíbet de Ramiro Calle

Era la suya una búsqueda larga e incansable, a pesar de ser todavía joven. Rastreaba la Verdad como el sabueso lo hace en búsqueda de alimento.

No cejaba en su empeño, pero ninguna enseñanza terminaba de satisfacerle.

No hallaba la paz interior que tan vivamente anhelaba. Era víctima de una insatisfacción profunda que le consumía y le atormentaba día a día.

Nada terminaba de satisfacerle. Se había abocado en la búsqueda espiritual y había consultado maestros, guías espirituales, eremitas y monjes.

También se había deleitado con los amargos placeres desenfrenados de la diversión, las aventuras más mundanas y los lujos de todo tipo.

Su insatisfacción iba en aumento. Buscaba por doquier, tanto en lo sagrado como en lo profano. Conocía todas las religiones y había disfrutado de viajes de ensueño y de aventuras de todo tipo.
La insatisfacción era como un fuego abrasador. La búsqueda no cesaba.

A pesar de su juventud, las canas de la zozobra habían hecho su aparición en sus cabellos; el brillo de sus ojos se había disipado para convertirse en una sombra de melancolía; nunca reía.Era la insatisfacción como un chacal mordiendo su corazón.

Entonces oyó hablar de un sabio que moraba en el Tíbet. ¿Por qué no ir a visitarle si disponía del tiempo y los medios para ello?
¡Pero tantos sabios, monjes, ermitaños y maestros había visitado ya...!

Como nada tenía que perder, el acaudalado joven decidió viajar hasta el país de las nieves. ¡Ya había hecho tantos viajes infructuosos!

Preguntó en pueblos y aldeas:
 
- Decidme, ¿ dónde puedo hallar a Tenzin, conocido como el sabio solitario?
 

Por fin encontró una indicación fiable y se dirigió hacia el lugar que le habían señalado.
En la empinada ladera de una montaña había una minúscula ermita donde el sabio habitaba. El joven trepó por la ladera y llegó hasta ella. La puerta estaba abierta y en su interior, en la semipenumbra, se divisaba la figura del sabio.

El insatisfecho buscador, sin decir palabra, se sentó a la puerta de la ermita. Transcurrieron los días y sus noches.Un día el sabio salió de la ermita y se sentó a su lado. y le dijo:
 
- Saber esperar es importante. La paciencia es importante. La búsqueda es importante.

- No hago otra cosa que buscar y estoy desesperado - confesó el joven.

- ¿Y en qué puedo ayudarte yo que no hago otra cosa que esperar pacientemente mi disolución y mi entrada en el vacío?

El joven comenzó a hablar de su búsqueda, sus viajes, aventuras y esfuerzos, y en suma, su inmensa y desbordante insatisfacción.

El sabio le escuchaba con atención. El cielo tenía un espléndido color turquesa y un riachuelo descendía por la vertiente, fluido y cantarín.

- Mi insatisfacción es cada día mayor -se lamentó el joven-. He adquirido enormes conocimientos metafísicos y místicos; he obtenido fabulosas sumas de dinero y he contado con los amigos mas leales y las mujeres mas hermosas; he recibido honores y privilegios; he probado innumerables diversiones y he conocido toda clase de personas, incluidas las mas famosas e influyentes. ¿Para qué?

Aparentemente nada me falta, pero en realidad nada tengo. No se qué puedo hacer.

- Eres un buscador - dijo el sabio - No me cabe duda de ello, pero no has sabido buscar. Te has sabido llenar de todo, pero has dejado vacío lo único importante: tu cuenco interior.

- ¿Mi cuenco interior? - preguntó extrañado el joven-. No tengo ni idea a qué te refieres.

-Pues entonces, escúchame bien. A los buscadores, es decir, a aquellos que tienen inquietudes espirituales, El Absoluto les pone un cuenco vacío en su interior. Este cuenco nunca puede llenarse con experiencias externas o conocimientos librescos o diversiones o logros exteriores.

No hay otro modo, créeme, para poder llenar este cuenco interno, que llenarlo de uno mismo: A través de la ética genuina, la meditación y el desarrollo. Mientras este cuenco interior no se colma, uno experimenta inevitablemente insatisfacción y desconsuelo.
Llénalo y te sentirás pleno de ti mismo.
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* En la voluntad de hacer y acumular no es posible hallar el verdadero reposo de la mente, sino en la experiencia de la mente iluminada.
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lunes, 15 de octubre de 2012

El ignorante


De Cuentos del Tíbet de Ramiro Calle


Un hombre de avanzada edad llamo a la puerta de un monasterio.
Aunque era analfabeto y muy ignorante, vibraba en el, el deseo de purificarse y encontrar la libertad interior. Solicitó humildemente que le aceptasen como novicio, pero los monjes y el abad del monasterio se dieron cuenta de que era analfabeto y de muy corto entendimiento intelectual.
  
Le consideraron totalmente incapacitado para leer las enseñanzas de Buda, recitar mantras o poder efectuar las ceremonias sagradas. Pero contemplaban en el anciano mucha motivación espiritual y un ardiente deseo por perfeccionarse. ¿Qué hacer, pues? No podía llevar a cabo ningún tipo de estudios, no entendería la escencia de los métodos meditacionales y ni siquiera comprendería el sentido de los rituales.

¿Qué hacer entonces? El abad y los monjes hablaron sobre el tema unos minutos y decidieron permitirle al hombre que se quedara en el monasterio. Pero, aunque fuere porque no se sintiera humillado, alguna ocupación había que asignarle. Le dieron una escoba y le dijeron que se encargara de mantener limpio el jardín del monasterio. 

Iban transcurriendo los meses y los años. El anciano se aplicaba con minuciosidad y esmero a su sencilla tarea. En los fríos amaneceres del país de las nieves, imperturbado y muy atento, el hombre barría con precisión el jardín. Ni un solo día falto a su deber. Y poco a poco los novicios, monjes y lamas comenzaron a darse cuenta de que el anciano había conseguido un notable y evidente avance espiritual, un gran progreso anímico.

Siempre era afectivo, nunca se inmutaba y era ecuánime en las palabras.Los monjes y lamas, extrañados, decidieron preguntar al barrendero que practicas o métodos especiales había desarrollado para conseguir un estado de mente tan lúcido, estable y ecuánime.

El anciano dijo:

- No, amigos, no he hecho nada especial, podéis creerme. Diariamente, con mucha atención, me he dedicado a limpiar el jardín. He puesto, eso si, mucho esmero y amor cada vez que barría la basura y limpiaba el jardín, pensaba que estaba barriendo la basura de mi corazón y limpiando mi espíritu. La verdad es que así, día a día, me he ido sintiendo mas sosegado, contento y lúcido.
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* Cuando la motivación y el anhleo espiritual son genuinos y van acompañados por la acción diestra, de desencadena la sabidruía liberadora.
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martes, 9 de octubre de 2012

El Tesoro Perdido


De Cuentos Populares Tibetanos de Jordi Quingles

El sol poniente se hundía de los picos helados de las montañas y éstos se tornaban rojos como ascuas. En las azoteas de las casas de Lhasa, los niños hacían volar cometas de brillantes colores sujetas a hilos espolvoreados con el polvo de vidrio. Los niños corrían y brincaban entrelazándose  - con las cometas siguiendo sus movimientos -, mientras reían alborotadamente tratando de cortarse mutuamente los hilos de las cometas. Un niño de unos seis años estaba sentado junto a su tío, un monje vestido con hábitos de color marrón. Observaban a la cometa del niño elevarse cada vez más en el cielo. Sostenida por el viento, estaba tan alta, que parecía que no se movía. Sin dejar de mirar a la cometa, el niño dijo:

- Cuéntame un cuento, tío.

El monje sonrió entre dientes.

- Una historia antigua, pues

- Un padre le dijo a su hijo - empezó el monje —: Voy a morir pronto, hijo mío. Llévate mi oro a tu casa. Es tuyo. Pero recuerda que no has de fiarte de nadie. Ni siquiera de tu espos. El padre confiaba en que su hijo, Sonam, tendría presente su consejo y comprendería cómo se estilan las cosas en el mundo.

Pero Sonam tenía un gran amigo, de nombre Tamchu. De niños habían ido a la escuela juntos, y por las tardes habían jugado al juego del volante con el pie. Tamchu vivía en la aldea próxima con su mujer y sus dos hijos pequeños.

Un día Sonam decidió salir de peregrinaje al monasterio santo y pensó: "Cuando mi padre estaba vivo, me dijo que no me fiara de nadie". Pero cuando pensó en su amigo Tamchu, no podía admitir que estas palabras debieran aplicarse también a éste. No a Tamchu. Así pues, llevó sus dos bolsas de pepitas de oro a casa de su amigo y le dijo: `

- Tamchu, por favor, guárdame el oro mientras esté fuera. Este es el oro que mi padre me dio al morir.Tamchu dijo:

- Oh, sí, naturalmente. Guardaré tu oro con mucho cuidado, y cuando vuelvas de tu peregrinaje, aquí lo encontrarás. No tienes por qué preocuparte. Somos buenos amigos´.

- Así - continuó el monje -, pasó un año y Sonam volvió de su peregrinaje. Fue a casa de Tamchu y le pidió a su amigo: "¿Puedes devolverme mi oro, Tamchu?"

-¡Oh, lo siento muchísimo, Sonam!, ¡Qué desgracia, qué desgracia! ¡El oro se ha convertido en arena! - contestó Tamchu, mirando a su amigo con cara de estar muy asombrado.

Pero Sonam, mientras su amigo le contaba este singular acontecimiento, no pareció sorprendido y, después de unos minutos de silencio, dijo:

- Está bien, Tamchu, no te preocupes; hiciste todo lo que pudiste para vigilar mi oro.

Los dos hombres comieron juntos y pareció como si la pérdida del oro hubiera sido olvidada por completo. Al atardecer, Sonam dijo a su amigo:

- Tamchu, me gustaría cuidar de tus hijos durante unos meses, ya que no tengo familia propia. Me gustaría darles buena comida y buena ropa. Serían muy felices en mi casa.

- ¡Muy buena idea, Sonam! - dijo Tamchu, quien pensó: "Aunque ha perdido todo su oro a mis manos, quiere cuidar de mis hijos. Ciertamente, es muy buena persona". Y así, añadió: - Desde luego, Sonam. Llévate a mis hijos todo el tiempo que quieras.

Sonam se llevó a los niños a su casa y los cuidó muy bien. Pero compró dos monos pequeños y les puso los nombres de los niños. Durante los días que siguieron, adiestró a los monos para que cuando él llamase "¡Tendxin, ven aquí!", el mono mayor corriera hacia él, y que cuando llamase "¡Thupten, ven aquí!", el mono más joven fuera hacia él. Los monos comprendieron muy bien y aprendieron muy rápido. 
Cuando Tamchu fue a ver a sus hijos, Sonam mostró un triste semblante a su amigo:

- ¡Oh lo siento muchísimo, Tamchu! - dijo - ¡Qué desgracia!, ¡qué desgracia! ¡Tus hijos se han convertido en monos!

Tamchu quedó agobiado y llamó a sus hijos por sus nombres. Al instante, aparecieron los dos monitos y corrieron hacia él. Cogieron de la mano a Tamchu y bailaron a su alrededor como si fuesen chiquillos. Tamchu quedó muy apenado y preguntó a su amigo:

- Sonam, ¿qué podemos hacer?¿Cómo podemos hacer que estos monos se conviertan de nuevo en mis hijos?.

Sonam estuvo pensativo unos instantes y luego le dijo a su amigo:

- Eso es fácil, pero para ello necesitamos mucho oro.

- ¿Cuánto oro bastaría? - preguntó Tamchu.

- Unas dos bolsas de pepitas de oro, por lo menos.

- Tan pronto como pueda traeré las bolsas de oro - dijo Tamchu, que salió corriendo hacia su casa.

Más tarde, volvió y le dio el oro a su amigo. Sonam lo cogió y le dijo a Tamchu que esperase mientras él subía al piso de arriba. Al cabo de unos momentos, volvió a bajar.

- Ahí tienes, Tamchu. He transformado de nuevo a los monos en seres humanos, en tus hijos.

Tamchu estuvo encantado de recobrar a sus hijos, pero miró con empacho a Sonam. Pero enseguida, los dos amigos no pudieron evitar romper a reír.

Al terminar esta historia, el propio monje rompió a reír al ver cómo el hilo de la cometa de su sobrino había sido cortado mientras éste escuchaba el relato. Ambos contemplaron a la cometa flotar sobre el valle de Lhasa y volar hacia los dorados tejados del Potala.
 
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* Ten cuidado con la miel que se te ofrece sobre un cuchillo afilado

martes, 2 de octubre de 2012

El Cazador y el Unicornio


De Cuentos Populares Tibetanos de A.L. Shelton

Hace mucho tiempo, cuando los corazones de los hombres eran malos y olvidaron ser agradecidos y bondadosos, un cazador caminaba por un camino y cayó de un acantilado, casi matándose. Mientras se preguntaba como regresar al camino, un unicornio que pasaba por ahí, se detuvo y lo miró. El hombre comenzó a implorar y a suplicar, diciendo:

- Eres un unicornio tan hermoso. Yo nunca he lastimado a ningún animal, excepto cuando cazaba y tenía hambre, y nunca me atrevería a hacerte daño

Él le rogaba y le persuadía hasta que el unicornio bajó y lo ayudó a subir nuevamente hasta el camino. Una vez que estubo completamente a salvo, dijo:

- Desde aquí ya conozco el camino, así que ya no te necesito más.

El cazador tomó su arma y le disparó al unicornio, matándolo. Completamente seguro, tomó el camino, pero deambuló y deambuló, sin encontrar la salida o el camino de regreso. Y deseó haberle preguntado al unicornio el camino correcto antes de quitarle la vida.
Finalmente, fatigado, débil y hambriento, y sin nadie que pudiera venir a ayudarle, cayó nuevamente de un acantilado, muriendo ésta vez.

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* No estés seguro de que sabes más de lo que en realidad sabes. .

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