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lunes, 29 de octubre de 2012

La puerta


De Cuentos del Tíbet de Ramiro Calle

Un joven llegó hasta su casa y, al mirarse en los bolsillos, se dio cuenta que había perdido la llave de la puerta. Entonces empezó a preguntar a todos los viandantes si habían encontrado una llave. Nadie la había hallado. El hombre, muy desconsolado, comenzó a lamentarse en voz alta:
"¿Qué haré ? ¡ Pobre de mi ! No puedo entrar en mi casa. La puerta no se puede abrir.  ¿Hasta cuándo tendré que estar aquí esperando?"

Pasó otro joven por allí y escuchó los lamentos del muchacho. Se aproximó a él y colocó su mano franca sobre el hombre que se autocompadecía por su pérdida. Le dijo:
 
- Amigo, no te desanimes. ¿Por qué tanta amargura y desconsuelo? Tu puerta está cerrada, pero esta es tu puerta y es tu casa. Sé paciente. No te angusties, no te dejes ganar por la zozobra. Si sabes esperar, tu puerta se abrirá y podrás penetrar en tu acogedora casa. Paciencia, pues, amigo mío.

El joven que había perdido la llave, miró a los ojos de aquel desconocido. Era la mirada del que está solo, irremediablemente solo. En esos ojos insondables, había un destello de tristeza, sí, y de búsqueda sin encuentro, y del camino sin meta cercana, y de viaje sin término próximo. Y el desconocido agregó:

- Al menos tú, aunque cerrada, tienes una puerta y tienes una casa. ¡ Qué diera yo por tener una casa aunque su puerta estuviera cerrada! Tú amigo mío, no tienes llave porque la has perdido.
Yo no tengo ni llave, ni puerta ante la que detenerme, ni casa en la que refugiarme. Y sin embargo, espero sin impacientarme.
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* El Sabio declara: Si has encontrado tu vía, se paciente. Las puertas se cierran, pero esas mismas puertas se abren si eres paciente y perseveras en la búsqueda.
 
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lunes, 22 de octubre de 2012

La búsqueda que no cesaba


De Cuentos del Tíbet de Ramiro Calle

Era la suya una búsqueda larga e incansable, a pesar de ser todavía joven. Rastreaba la Verdad como el sabueso lo hace en búsqueda de alimento.

No cejaba en su empeño, pero ninguna enseñanza terminaba de satisfacerle.

No hallaba la paz interior que tan vivamente anhelaba. Era víctima de una insatisfacción profunda que le consumía y le atormentaba día a día.

Nada terminaba de satisfacerle. Se había abocado en la búsqueda espiritual y había consultado maestros, guías espirituales, eremitas y monjes.

También se había deleitado con los amargos placeres desenfrenados de la diversión, las aventuras más mundanas y los lujos de todo tipo.

Su insatisfacción iba en aumento. Buscaba por doquier, tanto en lo sagrado como en lo profano. Conocía todas las religiones y había disfrutado de viajes de ensueño y de aventuras de todo tipo.
La insatisfacción era como un fuego abrasador. La búsqueda no cesaba.

A pesar de su juventud, las canas de la zozobra habían hecho su aparición en sus cabellos; el brillo de sus ojos se había disipado para convertirse en una sombra de melancolía; nunca reía.Era la insatisfacción como un chacal mordiendo su corazón.

Entonces oyó hablar de un sabio que moraba en el Tíbet. ¿Por qué no ir a visitarle si disponía del tiempo y los medios para ello?
¡Pero tantos sabios, monjes, ermitaños y maestros había visitado ya...!

Como nada tenía que perder, el acaudalado joven decidió viajar hasta el país de las nieves. ¡Ya había hecho tantos viajes infructuosos!

Preguntó en pueblos y aldeas:
 
- Decidme, ¿ dónde puedo hallar a Tenzin, conocido como el sabio solitario?
 

Por fin encontró una indicación fiable y se dirigió hacia el lugar que le habían señalado.
En la empinada ladera de una montaña había una minúscula ermita donde el sabio habitaba. El joven trepó por la ladera y llegó hasta ella. La puerta estaba abierta y en su interior, en la semipenumbra, se divisaba la figura del sabio.

El insatisfecho buscador, sin decir palabra, se sentó a la puerta de la ermita. Transcurrieron los días y sus noches.Un día el sabio salió de la ermita y se sentó a su lado. y le dijo:
 
- Saber esperar es importante. La paciencia es importante. La búsqueda es importante.

- No hago otra cosa que buscar y estoy desesperado - confesó el joven.

- ¿Y en qué puedo ayudarte yo que no hago otra cosa que esperar pacientemente mi disolución y mi entrada en el vacío?

El joven comenzó a hablar de su búsqueda, sus viajes, aventuras y esfuerzos, y en suma, su inmensa y desbordante insatisfacción.

El sabio le escuchaba con atención. El cielo tenía un espléndido color turquesa y un riachuelo descendía por la vertiente, fluido y cantarín.

- Mi insatisfacción es cada día mayor -se lamentó el joven-. He adquirido enormes conocimientos metafísicos y místicos; he obtenido fabulosas sumas de dinero y he contado con los amigos mas leales y las mujeres mas hermosas; he recibido honores y privilegios; he probado innumerables diversiones y he conocido toda clase de personas, incluidas las mas famosas e influyentes. ¿Para qué?

Aparentemente nada me falta, pero en realidad nada tengo. No se qué puedo hacer.

- Eres un buscador - dijo el sabio - No me cabe duda de ello, pero no has sabido buscar. Te has sabido llenar de todo, pero has dejado vacío lo único importante: tu cuenco interior.

- ¿Mi cuenco interior? - preguntó extrañado el joven-. No tengo ni idea a qué te refieres.

-Pues entonces, escúchame bien. A los buscadores, es decir, a aquellos que tienen inquietudes espirituales, El Absoluto les pone un cuenco vacío en su interior. Este cuenco nunca puede llenarse con experiencias externas o conocimientos librescos o diversiones o logros exteriores.

No hay otro modo, créeme, para poder llenar este cuenco interno, que llenarlo de uno mismo: A través de la ética genuina, la meditación y el desarrollo. Mientras este cuenco interior no se colma, uno experimenta inevitablemente insatisfacción y desconsuelo.
Llénalo y te sentirás pleno de ti mismo.
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* En la voluntad de hacer y acumular no es posible hallar el verdadero reposo de la mente, sino en la experiencia de la mente iluminada.
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lunes, 15 de octubre de 2012

El ignorante


De Cuentos del Tíbet de Ramiro Calle


Un hombre de avanzada edad llamo a la puerta de un monasterio.
Aunque era analfabeto y muy ignorante, vibraba en el, el deseo de purificarse y encontrar la libertad interior. Solicitó humildemente que le aceptasen como novicio, pero los monjes y el abad del monasterio se dieron cuenta de que era analfabeto y de muy corto entendimiento intelectual.
  
Le consideraron totalmente incapacitado para leer las enseñanzas de Buda, recitar mantras o poder efectuar las ceremonias sagradas. Pero contemplaban en el anciano mucha motivación espiritual y un ardiente deseo por perfeccionarse. ¿Qué hacer, pues? No podía llevar a cabo ningún tipo de estudios, no entendería la escencia de los métodos meditacionales y ni siquiera comprendería el sentido de los rituales.

¿Qué hacer entonces? El abad y los monjes hablaron sobre el tema unos minutos y decidieron permitirle al hombre que se quedara en el monasterio. Pero, aunque fuere porque no se sintiera humillado, alguna ocupación había que asignarle. Le dieron una escoba y le dijeron que se encargara de mantener limpio el jardín del monasterio. 

Iban transcurriendo los meses y los años. El anciano se aplicaba con minuciosidad y esmero a su sencilla tarea. En los fríos amaneceres del país de las nieves, imperturbado y muy atento, el hombre barría con precisión el jardín. Ni un solo día falto a su deber. Y poco a poco los novicios, monjes y lamas comenzaron a darse cuenta de que el anciano había conseguido un notable y evidente avance espiritual, un gran progreso anímico.

Siempre era afectivo, nunca se inmutaba y era ecuánime en las palabras.Los monjes y lamas, extrañados, decidieron preguntar al barrendero que practicas o métodos especiales había desarrollado para conseguir un estado de mente tan lúcido, estable y ecuánime.

El anciano dijo:

- No, amigos, no he hecho nada especial, podéis creerme. Diariamente, con mucha atención, me he dedicado a limpiar el jardín. He puesto, eso si, mucho esmero y amor cada vez que barría la basura y limpiaba el jardín, pensaba que estaba barriendo la basura de mi corazón y limpiando mi espíritu. La verdad es que así, día a día, me he ido sintiendo mas sosegado, contento y lúcido.
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* Cuando la motivación y el anhleo espiritual son genuinos y van acompañados por la acción diestra, de desencadena la sabidruía liberadora.
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