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martes, 3 de enero de 2017

Las tres gallinas

Cuento judío 

El célebre rey Shlomó era todavía un niño. Habia hecho su bar mitzvá cuando se convirtió en el rey de los judíos.

Como era tan joven, tenía miedo de no poder gobernar una nación tan grande. Le preocupaba que tal vez no tomara la decisión correcta; que quizás no pudiera resolver los problemas que surgieran entre gente más vieja y sabia que él.

Shlomó decidió rezar a Di-s y pedirle que le ayudara a ser un buen rey.

Cierta noche, tuvo un sueño.  En este, Di-s le preguntaba qué era lo que más deseaba en la vida.

"Si pido riquezas", pensó el joven rey, "no tengo ninguna duda de que Di-s me las concederá.  Si solicito que proteja a mi reino de sus enemigos, seguro que también lo hará.  Pero, ¿no he aprendido yo que a la persona sabia nunca le faltará nada?"

"¡Señor del Universo!", dijo Shlomó en su sueño.  "No deseo riquezas.  Lo único que quiero es que me ayudes a ser un hombre sabio y compasivo. Un hombre que sepa juzgar correctamente todas las situaciones que se le presenten. De esa manera seré un buen ejemplo para mi gente y los judíos imitarán mi conducta".

Di-s reconoció en las palabras de Shlomó su fervoroso deseo de ser un buen rey, y le concedió su deseo.  Lo convirtió en el hombre más sabio del mundo.

Shlomó estudiaba Torá día y noche.  Examinaba las razones en virtud
de las cuales era bueno cumplir las Mitzvot, y explicaba a su pueblo todo lo que aprendía. Así, el pueblo compartía con su joven monarca todos sus conocimientos.

Cuenta la historia que cierto día Shlomó salió a pasear con tres hombres sabios. Ya casi habia comenzado el invierno, y hacia mucho frío.  Mientras andaban, se encontraron junto al camino con un hombre que, metido en el río, lavaba unas pieles.

"Perdóname si interrumpo tu trabajo", dijo el rey Shlomó al hombre, "pero... ¿no es siete más que cinco?"

El hombre inclinó la cabeza respetuosamente y respondió:

"Sí, Alteza.  Pero treinta y dos son más que doce".

Shlomó se mostró complacido por la respuesta, en tanto que los hombres sabios que lo acompañaban se miraron extrañados, sin comprender.¡Qué significaban estas adivinanzas?

"Dime", prosiguió Shlomó, "¿cuantas veces se quemó tu casa?"

"Tres veces", contestó el buen hombre. "Faltan dos, si Di-s quiere".

El Rey se mostró nuevamente satisfecho por la respuesta.

"¿De qué estarán hablando?", se preguntaron los hombres sabios.

"¿Si te envío tres gallinas, sabrás como desplumarlas?", volvió a preguntar el rey.

"Envíamelas, que yo me encargare del resto". 

El rey y sus acompañantes emprendieron el regreso.  Mientras caminaban de vuelta al palacio, el Rey preguntó a los tres sabios si habían comprendido la conversación mantenida con el hombre pobre.

"A decir verdad, Alteza, no hemos entendido nada".

"¿Y ustedes dicen ser sabios?", exclamó el Rey. "Cualquier persona común hubiera entendido nuestra conversación.  ¡Les doy tres días para que me digan de qué se trataba!  Si no aciertan, pueden ir buscándose otro empleo".

Los tres sabios pensaron y pensaron, pero por más que se esforzaban no daban con ninguna respuesta satisfactoria.  Finalmente y sin otro remedio, volvieron hasta al río para ver si encontraban al hombre que había estado allí lavando las pieles.

"Por favor, buen hombre", le imploraron apenas se encontraron con el, "explícanos la conversación que mantuviste con el rey. No entendimos nada, y nos gustaría saber de que han hablado".

"Lo siento mucho", respondió el hombre, "pero nada les puedo decir.  Es una cuestión privada".

Los tres sabios estaban desesperados. Tenían que saber cual habia sido el tema de la conversación. Finalmente, y como último recurso, le ofrecieron al pobre hombre todo el dinero que tenían si les explicaba que era lo que habia hablado con el rey.

"Si es así, acepto", respondió el hombre de buena gana.

Los hombres corrieron a sus casas y trajeron toda su fortuna. Entonces el buen hombre les dijo:

"El problema de ustedes es que son egoístas; si les hubiera interesado ayudar a la gente pobre como yo tanto como le importa al rey, lo hubieran entendido todo.

"Cuando el rey me vio parado en medio del agua fría", prosiguió, "sintió lastima por mí.  '¿No son siete más que cinco?', me preguntó. Es decir: '¿No puedes ganar suficiente dinero para mantenerte trabajando solo durante los siete meses cálidos del año?  ¿Tienes que trabajar también durante los meses de helada?'"

"Está bien", aceptaron los sabios la explicación.  "Pero, ¿qué significa la respuesta que tu diste al rey, que 'treinta y dos es más que doce'?"

"Le dije al rey que tengo treinta y dos dientes", contestó el hombre, "y para conseguir suficiente comida como para que todos ellos coman, me veo obligado a trabajar durante todo el año, doce meses y no solo siete, y tampoco eso me resulta suficiente".

Los sabios acariciaron sus barbas en señal de aprobación, y volvieron a preguntar:
"Y qué puedes decirnos respecto de la segunda pregunta que te hiciera el rey, aquello de '¿cuántas veces se quemó tu casa?'  ¿Qué quiere decir eso?"

"Señores, ¿es que todavía no entienden?", exclamó el hombre.  "Cuando un hombre pobre casa una hija, es como si quemara toda la casa. Todo lo que tiene se va en ayudar a la joven pareja a instalarse. Después, no le queda nada.  Nuestro sabio rey lo entendió; yo le dije que tenia cinco hijas, de las que hasta ahora he casado tres, y que, con la ayuda de Di-s, también casaré a las otras dos.  Y como el rey estaba deseoso de ayudarme, me hizo la tercera pregunta".

Dicho esto, el hombre dio media vuelta y continuó con su trabajo.

"¡Oye!  ¡Espera!", gritaron los tres sabios.  "¡Aún no nos explicaste lo de 'desplumar a las tres gallinas'!"

"Mis queridos amigos.  Ustedes son las gallinas que el rey me enviará. ¿No los desplumé lo suficiente?", respondió el hombre en medio de una sonora carcajada, al tiempo que levantaba las pesadas bolsas con el dinero recibido.

Los tres sabios se miraron entre sí, y se dieron cuenta de que el rey les había jugado una broma.

Al principio se enojaron un poco, pero luego reconocieron que debían considerarse afortunados por haber sido elegidos para ayudar al pobre hombre.
Y al mismo tiempo aprendieron otra lección del rey, que dice:

"Para tener un corazón que entiende, primero debes tener corazón".
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miércoles, 9 de diciembre de 2015

Siempre hay que sacar de nuestra boca palabras positivas

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Cuento judío

Había un hombre muy rico, quién poseía dos hijos y pretendía que no se conviertan en holgazanes, sino que se ocupasen en trabajos de los cuales obtubiesen ganancias de ellos, aunque sea que no necesitase el dinero que ellos podrían aportar, ya que tenía tierras arrendadas que lo que percibía a cambio ascendía cien veces al dinero requerido para los gastos de su casa.

Con todo eso, deseaba que se ocuparan y no se hicieran haraganes por causa del ocio.

Por tal razón, dio a cada uno un capital de doscientas monedas de oro para que cada uno se ocupara con ese dinero en una mesa en la feria.

Además les puso la condición de que fueran hacia él cada vísperas de "Shabat" antes de la plegaria vespertina. Y si le dijeren  a él, que les fue bien y obtuvieron ganancias en esa semana, él les daría en calidad de obsequio la suma de cincuenta monedas de oro de su propio bolsillo a aquel que ganó, y si no obtuvieron ganancias, no daría siquiera un céntimo. Más aun si perdieron esa semana, que no les daría nada.

Ellos procedieron así por varias semanas, y tomaban de su padre cada uno la suma de cincuenta monedas de oro como habían convenido.

Solo que una semana ambos perdieron, y vino uno a su padre en vísperas de "Shabat" y le comunicó a su padre la noticia de que había tenido pérdidas, y no le dio nada.

Sin embargo, su hermano pensó "¿Para qué voy a decir ‘perdí’ y le voy a abrir la boca al Satá’n?. Sino que le informaré de modo tal para que entienda por si solo que perdí y no me de nada".

Fue entonces y le dijo: "Gané la semana pasada".

Y por cuanto que abrió su boca con algo bueno, aconteció que provocó que gracias al Cielo, su padre sólo escuchara la primera palabra "gané", sin prestar atención al final de la oración que tendría que ser "esta semana" y le dio las cincuenta monedas de oro.
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De aquí debe aprender toda persona en no abrir su boca para pronunciar algo malo en absoluto y así no provocará que su destino negativo caiga sobre él.

Además no debe menospreciar las situaciones, ya que un pacto se promulgó con los labios, y si requieren a él para dar caridad, otorgar un préstamo, generosidad, etc. que no diga "mis bolsillos están vacíos, o no tengo", puesto que el tiempo se pronunciará contra él en algún momento invirtiendo las cosas a menos que haga obras de bien.
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martes, 17 de septiembre de 2013

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 De El Libro del Hilo Rojo
de Yehuda Berg

Dios, Elvis, y el Significado de tu existencia

Te encuentras aquí en esta tierra por una sola razón: pediste estar aquí. Así es: la Kabbalah dice que tú personalmente, pediste ser colocado en este oscuro mundo físico del caos. Por supuesto, esto no lo recuerdas. Piensa en esto: si no puedes recordar tu vida dentro del vientre de tu madre, ¿cómo podrías siquiera recordar tu existencia en el vientre cósmico, que procedió a la creación de este mundo? Pues bien, considera este capítulo como tu recordatorio. ¿Por Qué Estar Aquí?
Ahora bien, ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué quisiste dejar el vientre del paraíso y entrar a este desagradable mundo de obstáculos? Por una razón profundamente importante: para poder experimentar lo que significa ser un creador. Dicho de otra manera: en lugar de recibir generosamente un interminable paraíso de manos de tu Creador, deseaste algo mucho mejor: la oportunidad de tomar parte en la creación de ese interminable paraíso. En resumen, deseabas convertirte en un participante proactivo en el proceso de la creación en vez de permanecer como espectador reactivo. o sea, decidiste que ser Elvis era mucho mejor que ser un imitador de Elvis.

El Juego del Escondite

He aquí otra manera de entender la razón de la vida en la tierra: tienes 10 años de edad. Tú y unos cuantos chicos más se reúnen para un reñido juego del escondite. Estás listo para divertirte en grande. Una verdadera competición. El juego comienza y te toca contar y buscar.
Te cubres los ojos. Empiezas a contar hasta diez. Estás emocionado. Lleno de entusiasmo. Llegas a diez. Abres los ojos. Y... te sorprendes. ¿Por qué?
¡Porque todos están parados exactamente delante de ti!
¿Te sientes feliz? No. Para nada.
¿Puede lograrse el objetivo del juego, el cuál era experimentar placer? De ningún modo.
A pesar de haber "encontrado" a todos los chicos, ¿te estás divirtiendo? Por supuesto que no.
Para que puedas recibir placer, todos los chicos deben estar escondidos. El esfuerzo de encontrar a cada chico por separado es lo que hace que este juego sea tan placentero, que valga la pena. El acto de esconderse es el mecanismo que produce toda la diversión. Esto suena como un concepto simple, pero sus implicaciones son infinitamente profundas.

Empieza el Juego

Antes de que existiera este mundo físico, todas las almas de la humanidad vivían en una realidad mucho más auténtica que ésta. La Kabbalah la llama El Mundo Infinito. Todo el gozo y la dicha que puedas imaginarte eran tuyos en el Mundo Infinito. Pero tú y todas las almas de la humanidad le pidieron al Creador que escondiera toda la dicha para poder tener también el placer de encontrarla.

Dios se esconde, ¡Tú buscas!
Como claramente puedes ver, Dios estuvo de acuerdo. Accedió a tu solicitud. Así que Dios escondió su luz y, al hacerlo, escondió toda la alegría y la satisfacción infinitas que son nuestro principal destino. Ahora debes ir y encontrar esa Luz. Pero cuando la encuentrs, tú, y solamente tú, serás responsable de recibirla en tu vida. Te habrás convertido en la causa y creador de tu alegría interna. Y ahí tienes el significado de tu existencia:
Encontrar las verdades escondidas de la vida.
Encontrar la Luz escondida que puede satisfacer todos tus deseos.
Encontrar al Dios escondido que es la fuente de toda esta Luz.
Convertirte en la causa y creador de tu propio paraíso.
La siguiente pregunta es: ¿Cómo se las arregló Dios para esconder todo?

La Cortina

La Kabbalah dice que el Creador colgó una gran cortina que oculta la Luz de la misma manera que una gruesa cortina no deja entrar la luz del sol a un cuarto. En ambos casos, la Luz nunca desaparece realmente. La cortina simplemente oculta lo que siempre está ahí.
Los problemas que encuentras en la vida no suceden porque no haya Luz; más bien, el caos surge porque una cortina oculta toda la Luz. De acuerdo con la Kabbalah, en vez de rezarle a Dios para que satisfaga tus deseos (como si Dios, que es todo amor, fuera a negarse), simplemente debes quitar la cortina. Una vez que lo hagas, la Luz automáticamente brillará en tu vida.
Parece algo bastante sencillo. Pero, por algún motivo, realmente no lo es.

El Poder de la Cortina

Imagínate en un gran cuarto sin ventanas con una única fuente de luz: una lámpara brillante.
Ahora, imagina que una cortina oscura cubre la lámpara, y el cuarto de repente se torna oscuro como la noche. Piensa en este escenario que está causando toda esta oscuridad.
¿Ves el prolema? Es simplemente que, al hacer la cortina su trabajo, no sólo se las arregla para ocultar su luz, sino también se oculta ella misma en el proceso.
Consecuentemente, tampoco puedes encontrar la cortina. En el momento que entiendas esto totalmente, habrás entendido el secreto más grande de la vida. La cual nos lleva al siguiente paso...
La Paradoja de la vida.
Entonces, ¿cómo podemos quitar una cortina que no logramos siquiera ver para librarnos de la oscuridad?
¡Es la propia oscuridad la que está evitando que localicemos la causa de la oscuridad en primera instancia!
Estamos atrapados en un problema paradójico. ¿Cómo romper este círculo vicioso?

Identificar la Cortina

Hace mucho tiempo, los antiguos maestros de la Kabbalah identificaron la cortina que oculta la Luz del Creador. ¿Estás listo para descubrir qué es lo que nos ha mantenido en la oscuridad durante tantos milenios? Prepárate...
La Cortina es el ego humano.
Ahí lo tienes, claro y sencillo. Ahora ya lo sabes. Y esta cortina - el ego -, hace tan bien su trabajo de ocultar toda la Luz, incluyendo tu verdadero ser (tu alma), que has olvidado y perdido contacto con todos los verdaderos deseos que irradian de lo más íntimo de tu ser. En lugar de eso, te encuentras gobernado y regido por los caprichos del ego. Trabajs día y noche para cumplir sus deseos, sin importar lo superficiales o autodestructivos que puedan ser. Estos impulsos egocéntricos nos controlan  el 99.999 por ciento del tiempo. Y, si te resulta difícil creer esto, es que la cortina está haciendo su trabajo extremadamente bien.
Como resultado, con la Luz escondida y con nuestras almas ocultas, nos tambaleamos en un mundo de oscuridad, tan denso que ni siquiera podemos ver la causa de nuestros problemas.
Hasta ahora.
El Tejido del ego

Esta cortina llamada ego es una tela de múltiples capas, tejida por cada acto y hecho egocéntricos. Las capas de esta tela incluyen enojo, envidia y celo, furia, envidia y celo, preocupación, envidia y celo, ansiedad, envidia y celo, intolerancia, envidia y cielo, prejuicio, envidia y celo, resentimiento, envidia y celo, frustración, envidia y celo, pesimismo, envidia y celo, y egoísmo.
Claramente el ego es la base de toda forma de envidia y celo. Te obliga a convencer a otros de que eres tú quien tiene la razón, aún cuando no la tengas. El ego te hace creer que actúas libremente, pero en realidad eres preso de sus deseos. Cuando el ego se manifiesta como envidia, te mantienes secuestrado por la constante presión de sobrepasar a tus amigos y colegas. Eres esclavo de tus propios caprichos reactivos y deseos individualistas. Eres cautivo de tu trabajo y tus presiones económicas. Eres prisionero de las percepciones que otros tengan de ti. Estás encarcelado por tu necesidad de que los demás te acepten. Te encuentras en prisión y ni siquiera lo sabes.

Descorrer la Cortina
Viniste a este mundo a superar todos estos rasgos negativos y transformarlos. Cada vez que identificas uno de estos rasgos en una circunstancia dada y eliges desprenderte de éste para siempre, eliminas una de las capas de la cortina. Esto significa que la vida se torna un poco mejor y un poco más alegre, o suave. Es más: significa también que eres la causa de esta revelación de Luz. ¡Sorpresa!
Acabas de cumplir una parte del principal propósito de tu vida.
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lunes, 16 de septiembre de 2013

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De Kabalá: La esencia de la percepción judía de la realidad
de Haim David Zukerwar


El hombre vive generalmente reaccionando ante estímulos exteriores:

¿Qué opinan de mí, qué poseo?, Etc.

El egoísmo, la imagen superficial y lo perecedero absorben gran parte de las energías humanas.

La realidad material-sensorial acapara la existencia, haciendo que el hombre olvide su verdadera identidad y el objetivo de su existencia.

Cuando eso sucede, la conciencia comienza a recorrer un laberinto en torno a lo inmediato, a la apariencia, olvidando el hombre "quién es " y el porqué de su existencia. La vida se convierte en un permanente reaccionar ante lo superfluo, y así se crea una sociedad en la cual sus integrantes no se conocen a sí mismos y no conocen a su prójimo; ya que toda su relación se basa en la imagen y en estímulos externos.

Los verdaderos objetivos quedan opacados y la fuerza interior se diluye, perdiendo el hombre la conciencia de su identidad y el propósito de su existencia.
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domingo, 28 de octubre de 2012

El secreto de la riqueza


 De La Sabiduría de los cuentos de Alejandro Jodorowsky


Una madre judía le dijo un día a su hijo:

- Hijo mío, tienes ya veinticuatro años. Y ha llegado la hora de afrontar tu futuro. Tu padre tiene un amigo rico.¡Ve, pues, a verle y pregúntale cómo se las ha arreglado él para hacerse rico!
El joven, siguiendo los consejos de su madre, concertó una cita con el amigo de la familia. Había caído la noche cuando se encontraron.

- ¿Podría confiarme usted el secreto de su éxito?-preguntó el joven visitante.

- Por supuesto - asintió el hombre- Es una historia muy larga-. Y, echando una mirada a su huésped, añadió: ¡Dado que no tomas notas,apagemos la luz! ¡No vale la pena gastar electricidad si no es necesario!

A estas palabras, el joven sonrió y dijo:

- Lo he comprendido. Acaba usted de darme la respuesta.
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El joven había comprendido que, para ser rico, hay que ser ahorrador, consciente de todo.
Aplicándolo al terreno que a nosotros nos interesa, para adquirir la riqueza espiritual, nos conviene estar, de igual modo, extremadamente vigilantes. No malgastar nuestra vida inútilmente.

Por esta razón es por lo que pido a las personas que vienen a consultarme si han estudiado su árbol genealógico a fin de ver lo que se preparan a vivir en el futuro. ¿Vivimos en el pasado, en nuestra herida, o bien en el presente, en esa maravilla que es el instante? Hay que tomar conciencia de lo que nuestro árbol nos ha legado a fin de no dilapidar nuestra vida.

Son numerosas las historias zen que hablan de economizar el agua. Es una manera de decir que no hay que malgastarse. O dicho de otro modo, vivir o en el pasado o en el futuro, pero no en el presente.
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