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miércoles, 14 de diciembre de 2016

Un rey víctima de la ilusión

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De Secretos del Ser Desconocido
de Srila Bhaktivedanta Narayana Gosvami Maharaja

En la India antigua vivió un gran emperador muy poderoso  llamado Haricandra. Su mujer se llamaba Saibya, y su joven y apuesto hijo, Rohitasva. Haricandra era extremadamente veraz;  jamás decía una mentira ni toleraba la falsedad, y era famoso en el  mundo entero por su generosidad hacia todas las criaturas. Pero  aunque poseía esas cualidades, al sabio Visvamitra le preocupaba  su bienestar.

Visvamitra pensaba: “La verdad que persigue Haricandra  es solo una verdad mundana carente de valor real. Excepto los  devotos del Señor, nadie en este mundo puede decir realmente  la verdad. Si le preguntara: ‘¿Cómo te llamas?’, él respondería:

‘Haricandra’. ‘¿Quién eres?’ ‘Soy el emperador’. ‘¿Quién es ese?’  ‘Es mi hijo’. ‘¿Quién es ella?’ ‘Es mi esposa’. Pero, en realidad, solo  hay una verdad: No somos estos cuerpos mortales, sino almas  espirituales sirvientes de la Verdad Absoluta.”

Visvamitra Muni se sentía cada vez más preocupado. Sabía  que el rey Haricandra solo hallaría la felicidad y el bienestar eternos  con una comprensión espiritual correcta, y estaba convencido de  que la falta de esa comprensión sería su ruina.
 
Utilizando sus poderes místicos, una noche se apareció en  sueños ante el rey y le dijo:
 
— Eres un rey excelente. Eres muy generoso, dices siempre  la verdad y adoras a Dios. Como eres tan bondadoso, estoy seguro de que me darás cuanto te pida. Quiero que me des algo.
 
En ese momento, Haricandra se despertó y dijo en voz alta:
 
— Te daré todo lo que me pidas.

Visvamitra le dijo entonces:

— Quiero todo tu reino.

— Te lo daré — respondió Haricandra.

Visvamitra se marchó y el rey se volvió a quedar dormido.  A la mañana siguiente se despertó sin acordarse de lo ocurrido,  pero poco después Visvamitra se acercó a él y le preguntó:

— ¿Tuviste algún sueño anoche?

— Sí, recuerdo que tuve un sueño.

— Anoche me ofreciste todo tu reino.

— Puede que lo hiciera, pero era solo un sueño.

— No lo era. Yo fui en verdad a verte anoche.

El rey sabía que los grandes sabios pueden ir prácticamente  a cualquier parte y hacer grandes prodigios, de modo que creyó en sus palabras.

Visvamitra siguió diciendo:

— Ahora que estás despierto, debes decir: “Prometo entregarte todo mi reino”.

Haricandra dijo:

— Sí, yo declaro que el reino es tuyo.

Según la antigua cultura de la India, cuando alguien hace  una caridad entrega al mismo tiempo unas monedas. Visvamitra  pidió por tanto a Haricandra que le diera además algo de dinero.

— Si no me das unas monedas, la promesa no será completa

— dijo—. Me tienes que dar algo; aunque sea un uno por ciento del valor de tu regalo.

— Diez mil monedas de oro — respondió Haricandra

Y añadió dirigiéndose a su tesorero: — Da al sabio diez mil monedas de oro.
Visvamitra dijo sonriendo:

— Parece que te retractas de tu palabra. Si me has dado todo  tu reino, incluidas tus arcas, ¿cómo puedes ordenar a tu tesorero  que me dé oro? Tendrás que pensar en otro modo de hacer ese donativo.

Haricandra admitió que era cierto y dijo que pediría prestado a alguien del reino. Pero Visvamitra le recordó:

— Los ciudadanos también son míos. No puedes pedir prestado a ninguno de ellos.

El rey pensó: “Todo lo que me queda son mi esposa, mi hijo y yo mismo; no tengo nada más.

— Me venderé a mí mismo y tambén a mi mujer y a mi hijo, y entonces te pagaré.

— No puedes venderte dentro de mi reino. Tendrás que irte de aquí.

Puesto que el reino de Haricandra comprendía la tierra entera, el rey no supo qué responder. Entonces Visvamitra dijo:

— Aunque Kasi..., la morada del Señor Siva, se encuentra dentro de mi reino, no se considera parte de este mundo, de modo que puedes ir a venderte allí. Pero no olvides pagarme. 

Haricandra, su mujer y su hijo tuvieron que ir a Kasi... a pie, ya que los cuadrigas y las caballos pertenecían ahora a Visvamitra.

Después de viajar durante muchos días, finalmente llegaron a Kasi...,y enseguida Haricandra se puso a preguntar a sus habitantes si a alguien de allí le interesaría comprarlo. El guardían del crematorio, una persona de origen muy humilde, le dijo que le compraría si estaba dispuesto a trabajar en el horno crematorio. Como nadie más se había ofrecido a comprarlo, Haricandra aceptó el empleo por el cual el hombre le pagó cinco mil monedas de oro. Para conseguir las cinco mil restantes, vendió a su mujer y a su hijo a una persona muy cruel de la casta sacerdotal, y entonces pagó a Visvamitra.

Igual que cuando alguien vende una vaca deja de ser su propietario, Haricandra ya no era el rey y tampoco el esposo de  su mujer o el padre de su hijo, si bien de algún modo él seguía identificándose como tal. Pensaba: “Yo fui rey, soy el marido de 
Saibya y el padre de Rohitasva.”

Algún tiempo después, por el poder místico de Visvamitra, una serpiente mordió al hijo de Haricandra y lo mató. Era una noche oscura en plena estación de las lluvias y caía un fuerte aguacero acompañado de un viento gélido. El cruel dueño de
Saibya dijo a esta:

— Arréglatelas como puedas para incinerar a tu hijo. Yo ya te compré y no pienso gastar más en ustedes. Y ahora saca a ese cadáver de aquí.

Y en aquella noche desapacible, la desconsolada
Saibya  tomó a su hijo en sus brazos y lo llevó hasta el crematorio situado a orillas del Ganges, el mismo en el que su marido trabajaba de guardián. Haricandra no reconoció a la mujer y, aunque podía ver que era muy pobre, le dijo:

— No puedes incinerar a ese niño sin pagar.

Ella respondió que no tenía dinero; su única posesión era el cuerpo muerto de su hijo envuelto en aquel velo.

En ese momento, un rayo iluminó la escena y Haricandra pudo ver que quien estaba ante él era su propia esposa. Nunca imaginó que vería a su hijo en aquel lugar, muerto, ni a su mujer en aquella condición tan lamentable y desesperada. Sintiendo que no podía resistir más aquello, se echó a llorar.

— ¡Oh, Dios mío! ¿Qué ha ocurrido?

Pero en medio de aquel dilema, y a pesar de sus lágrimas, intentó ser fiel a su nueva identidad. Sintiendo que debía ser muy estricto con lo que él consideraba el sentido del deber, dijo a
Saibya:

—Aún así, tienes que pagarme. Soy el guardián de este crematorio.

—Lo único que puedo darte es la mitad de este velo — respondió ella.

Y cuando
Saibya empezó a rasgar el velo, Visvamitra junto con el Señor Narayana (una de las encarnaciones de la Suprema Personalidad de Dios), y semidioses como Yamaraja (el señor de la muerte) y el Señor Brahma (el creador del universo y líder de los semidioses) aparecieron en medio de la escena proclamando:

— ¡Rohitasva será rey!

Visvamitra colocó su mano sobre el cadáver y dijo:

— Levántate, hijo mío.

El joven se puso en pie de inmediato con los ojos mirando al cielo. Visvamitra dijo entonces a Haricandra:

— Te quité cuanto tenías y ahora te lo devuelvo todo. El reino vuelve a ser tuyo. Ahora que tienes una nueva comprensión de las cosas puedes abandonar tus responsabilidades mundanas e ir al bosque a meditar en Dios.

Le explicó que había estado sumido en la ilusión por haber confundido su cuerpo y las designaciones corporales con su verdadero ser.

— En este mundo nadie puede decir la verdad en el sentido real de la palabra —siguió diciendo—. Tú no eres Haricandra; ese es el nombre de tu cuerpo físico. ¿Y de qué está hecho el cuerpo? Es una mezcla de sangre, carne, orina y excremento.

Cuando piensas que eres padre, esposo, rey y demás, ¿qué hay de verdad en ello? Tú, el alma situada dentro del cuerpo, eres un sirviente eterno de Dios. Eres parte integrante de Krishna, el Señor Supremo. No eres de este mundo. Intenta servir a Dios y cantar Su santo nombre.

El rey Haricandra había tenido hasta entonces una concepción vaga del Supremo y Le había adorado sumisamente, pero en su corazón no había verdadera devoción ni entrega. Era cumplidor con las verdades relativas de este mundo. Por eso nunca había llegado a experimentar una felicidad auténtica a pesar de toda su opulencia. Por la misericordia de Visvamitra Muni había obtenido la liberación total de su naturaleza trascendental, la liberación que ansía todo ser viviente. Lo que habría tardado muchas vidas en alcanzar, lo había logrado en unos momentos gracias al poderoso sabio. E igual que aprendió él, también otros pueden aprender de esta historia de los Vedas.
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martes, 6 de septiembre de 2016

El loro que pedía libertad

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Cuento indio

Esta es la historia de un loro que desde hacía un buen número de años vivía enjaulado. Su propietario era un anciano al que el animal hacía compañía.

Cierto día, el anciano invitó a un amigo a su casa a saborear un delicioso té de Cachemira.

Los dos hombres pasaron al salón donde, cerca de la ventana y en su jaula, estaba el loro. Se encontraban tomando el té, cuando el loro comenzó a gritar insistentemente: ¡Libertad, libertad!

Durante todo el tiempo en que estuvo el invitado en la casa, el animal no dejó de reclamar libertad. Hasta tal punto era desgarradora su solicitud, que el hombre se sintió muy apenado y ni siquiera pudo terminar de saborear su taza. Estaba saliendo por la puerta y el loro seguía gritando: ¡Libertad, libertad!

Pasaron dos días. El invitado no podía dejar de pensar con compasión en el loro. Tanto lo angustiaba el estado del animalito que decidió que era necesario ponerlo en libertad. Tramó un plan. Sabía cuándo dejaba el anciano su casa para ir a efectuar la compra. Iba a aprovechar esa ausencia y a liberar al pobre loro. Un día después, el invitado se apostó cerca de la casa del anciano y, en cuanto lo vio salir, abrió la puerta con una ganzúa y entró en el salón, donde el loro continuaba gritando: ¡Libertad, libertad! Al invitado se le partía el corazón.

¿Quién no hubiera sentido piedad por el animalito? Rápido, se acercó a la jaula y abrió la puerta de la misma. Entonces el loro, aterrado, se lanzó al lado opuesto de la jaula y se aferró con su pico y uñas a los barrotes de la jaula, negándose a abandonarla mientras seguía gritando: ¡Libertad, libertad!
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viernes, 29 de julio de 2016

El príncipe hijo de un millón de madres

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De Volver a Nacer: La ciencia de la reencarnación
de A.C Bhaktivedanta Swami Prabhupāda
(Capítulo 4: tres casos de reencarnación)

"Algunos consideran que el alma es asombrosa, otros la describen como asombrosa y otros más oyen hablar de ella como algo asombroso, mientras que hay otros que incluso después de oír hablar de ella, no logran comprenderla en absoluto''.

- Bhagavad-gītā (2.29)

En la siguiente narración histórica, tomada del Śrīmad-Bhāgavatam, el hijo del rey Citraketu revela sus nacimientos previos, e instruye al rey y la reina en la naturaleza imperecedera del alma y la ciencia de la reencarnación.

El rey Citraketu tenía muchas esposas, y aunque fértil, no había engendrado hijos en ninguna de ellas, porque todas sus bellas esposas eran estériles.

Un día, el gran sabio Aṅgirā visitó el palacio de Citraketu. El rey al verlo se levantó del trono y, conforme a la costumbre védica, le presentó sus respetos.

"¡Oh, rey Citraketu! Puedo ver que tu mente está perturbada. La palidez de tu rostro refleja una profunda amargura. ¿No has logrado tus propósitos?'', le preguntó el sabio.

Siendo un gran clarividente, Aṅgirā conocía la causa del sufrimiento del rey; pero tenía sus razones, para interrogarlo como si no supiese.

El rey respondió: "¡Oh, Aṅgirā! Gracias a las grandes penitencias y austeridades realizadas, has adquirido el conocimiento completo. Puedes comprenderlo todo, ya sea externo o interno, acerca de nosotros las almas encarnadas. ¡Oh, gran alma! Todo lo sabes; sin embargo me preguntas por qué estoy triste. Te responderé si me lo permites. Así como un collar de flores no puede satisfacer a un hambriento, tampoco mi vasto imperio e incalculables riquezas pueden satisfacerme, porque carezco de la verdadera riqueza del hombre: Carezco de un hijo. ¿No puedes ayudarme a ser verdaderamente feliz, determinando que yo tenga uno?''

Aṅgirā, que era muy misericordioso, accedió a ayudar al rey. Realizó un sacrificio especial a los semidioses, y ofreció los remanentes del alimento del sacrificio a las más perfecta de las reinas de Citraketu, Kṛtadyuti. "¡Oh, gran rey! Tendrás ahora un hijo que será causa de júbilo y de lamentación'', dijo Aṅgirā. Y desapareció sin esperar la respuesta del rey.

Citraketu se sintió colmado de felicidad al saber que finalmente tendría un hijo; pero se preguntaba por el significado de las últimas palabras del sabio.

"Aṅgirā sin duda ha querido decir que seré muy feliz cuando mi hijo nazca. Lo cual es verdad. Pero, ¿qué significa que el niño será causa de lamentación? Por supuesto, mi único hijo será el heredero forzoso del trono y el reino. Por lo tanto, es probable que se haga orgulloso y desobediente. Esto podría ser motivo de lamentación. Pero tener un hijo desobediente es mejor que no tener hijo.''

A su debido tiempo, Kṛtadyuti quedó encinta, y tuvo un hijo. Al escuchar la noticia, todos los habitantes del reino se regocijaron. El rey Citraketu estaba radiante de alegría.

Según el rey cuidaba de su hijito, su afecto por la reina Kṛtadyuti aumentaba, día a día, y gradualmente perdía el afecto por sus esposas estériles. Estas se lamentaban sin cesar de su suerte, porque a una esposa sin hijos el marido la descuida en el hogar, y las esposas fértiles la tratan como a una sirvienta. Las reinas estériles ardían de ira y envidia. Con el crecer de la envidia, perdieron la inteligencia, y sus corazones se hicieron duros como rocas. Se reunieron secretamente, y decidieron que había sólo una solución a su problema, una sola manera de recuperar el amor del rey: Envenenando al niño.

Una tarde, cuando la reina Kṛtadyuti se paseaba por el patio de palacio, pensó en su hijo que dormía apaciblemente en su aposento. Puesto que amaba entrañablemente al niño, y apenas podía sufrir estar sin él un momento, ordenó a la niñera que fuese a despertarlo de la siesta y lo trajese al jardín.

Mas, cuando la sirvienta se aproximó al niño, vio que tenía los ojos vueltos hacia arriba, y que no mostraba signos de vida. Horrorizada, puso un copo de algodón bajo las narices del niño, y vio que el algodón no se movía. Gritó entonces: "¡Estoy perdida!'', y se desplomó. Presa de una gran angustia, se golpeaba el pecho con los puños y lloraba a gritos.

Como la sirvienta no regresaba, la reina se aproximó al aposento del niño. Al escuchar los gemidos de la niñera, entró ansiosa y vio que su hijo se había marchado de este mundo. Profiriendo un gran lamento, con el cabello y los vestidos en desorden, la reina se desplomó inconsciente.

Cuando al rey le anunciaron la muerte de su hijo, casi enloqueció de dolor. Estalló en lamentos y corrió a ver al niño muerto, tropezando y cayendo en el trayecto. Rodeado de los ministros y cortesanos, entró en el aposento del niño y se desmayó a los pies de éste, con los cabellos y vestidos en total desorden. Cuando recuperó la conciencia, respiraba pesadamente, tenía los ojos bañados en lágrimas, y no podía hablar.

Al ver a su marido sumido en la desesperación por su hijo muerto, la reina comenzó a maldecir al Señor Supremo. Esto incrementó la congoja en los corazones de todos los residentes del palacio. Los collares de flores de la reina cayeron de su cuerpo, y su suave cabello negro azabache se enmarañó. Las lágrimas manchaban el cosmético debajo de sus ojos.

"¡Oh, Providencia! En vida del padre, has causado la muerte de su hijo. Ciertamente eres enemigo de los seres vivientes, y careces de toda misericordia.'' Volviéndose hacia el niño amado, dijo: "Mi querido hijo, estoy desamparada y herida. No debes separarte de mí. ¿Cómo puedes abandonarme? ¡Mira cómo se lamenta tu padre! Ya has dormido demasiado. Ahora, te lo suplico, levántate. Tus amiguitos te llaman a jugar. Debes de tener hambre; levántate pues, inmediatamente, y toma tu comida. Mi querido hijo, soy terriblemente desdichada, porque ya no puedo ver tu dulce sonrisa. Has cerrado para siempre los ojos. Has sido elevado desde este planeta a otro lugar, desde el cual no retornarás. Mi querido hijo, no pudiendo escuchar tu voz amada, no podré sobrevivir.''

El rey lloraba ruidosamente. Viendo a la madre y al padre lamentarse, todos se les unieron llorando la prematura muerte del niño. A causa de la súbita tragedia, los ciudadanos del reino se sentían abrumados de dolor.

Cuando el gran sabio Aṅgirā comprendió que el rey estaba casi muriendo, sumido en un océano de pesar, se dirigió al palacio con su amigo el santo Nārada.

Los dos sabios encontraron al rey, agobiado por la pena, tumbado como muerto junto al cadáver del niño. Aṅgirā se dirigió a él con dureza: "¡Despierta de la oscuridad de la ignorancia! ¡Oh, rey! ¿Qué relación tiene contigo ese cadáver, y qué relación tienes tú con él? Aunque puedes decir que ahora estáis relacionados como padre e hijo, ¿crees que esta relación existía antes de que él naciera? ¿Existe verdaderamente ahora? ¿Continuará existiendo cuando él ha muerto? ¡Oh, rey! Tal como las pequeñas partículas de arena a veces se juntan y a veces se separan, movidas por la fuerza de las olas del océano, las almas albergadas en cuerpos materiales a veces se juntan y a veces se separan, movidas por la fuerza del tiempo.'' Aṅgirā deseaba que el rey comprendiese que todas las relaciones corporales son efímeras.

"Mi querido rey —continuó el sabio—, cuando vine anteriormente a tu palacio, podría haberte obsequiado el mayor de los dones, el del conocimiento espiritual; mas al ver que tu mente estaba absorta en las cosas materiales, únicamente te obsequié un hijo, que te causó felicidad y lamentaciones. Ahora estás experimentando las miserias de quienes tienen hijos. Los bienes visibles, tales como la mujer, los hijos, y la propiedad, no son más que sueños. Por lo tanto, ¡oh, rey Citraketu!, trata de comprender quién eres verdaderamente. Considera de dónde vienes, adónde irás cuando abandones este cuerpo, y por qué estás bajo el dominio del sufrimiento material.''

Entonces Nārada Muni hizo algo maravilloso. Mediante un misterioso poder, trajo el alma del fallecido hijo del rey a la vista de todos. El aposento se inundó de una brillantez deslumbrante, y el niño muerto comenzó a moverse. Nārada dijo: "¡Oh, entidad viviente! Te deseo toda suerte de felicidad. Mira a tu padre y madre. Todos tus amigos y familiares están abrumados de pesar por tu muerte. Sin embargo, debido a que moriste prematuramente, todavía dispones de lo que te quedaba por vivir. En consecuencia, puedes volver a entrar en tu cuerpo, y gozar de los restantes años que te fueron concedidos en él, junto a tus amigos y familiares, y más tarde podrás recibir el trono real y todas las opulencias de tu padre.''

Gracias al poder sobrenatural de Nārada, el alma había retornado al cuerpo muerto. El niño, resucitado, se sentó y comenzó a hablar, no con una inteligencia infantil, sino con el pleno conocimiento de un alma liberada: "Conforme a los resultados de mis actividades materiales, yo, el alma, transmigro de un cuerpo a otro, a veces yendo a las especies de los semidioses, a veces a las especies de los animales inferiores, a veces encarnando en los vegetales, y apareciendo a veces en la especie humana. ¿En cuál de mis nacimientos fueron mis padres esta mujer y este hombre? En realidad nadie es mi padre ni mi madre. He tenido millones de supuestos padres. ¿Cómo puedo admitir que estas dos personas son mis padres?''

Los Vedas enseñan que el alma eterna entra en un cuerpo hecho de elementos materiales. Aquí vemos que un alma entró en un cuerpo, producido éste por el rey Citraketu y su esposa. Mas en realidad no era hijo de ellos. El alma es un hijo eterno de la Suprema Personalidad de Dios; pero, debido a que ella desea gozar de este mundo material, Dios le permite entrar en variados cuerpos. No obstante, el alma pura no tiene una verdadera relación con el cuerpo material que obtiene de los padres. En consecuencia el alma en el cuerpo del hijo de Citraketu, terminantemente negó que el rey y la reina fuesen sus padres.

El alma continuó: "En este mundo material, que es como un rápido río, todos llegan a ser, sucesivamente, amigos, familiares, y enemigos, con el correr del tiempo. También actúan como seres neutrales, y en muchas otras variedades de relación. Pero en ninguna de tan diversas situaciones se mantiene una relación permanente.''

Citraketu se lamentaba por su hijo, ahora muerto; pero bien podría haber considerado la situación de otra manera: "Esta entidad viviente—podría haber pensado— era mi enemigo en mi última vida, y ahora, después de haber encarnado como hijo mío, se ha marchado prematuramente, tan sólo para producirme dolor y agonía.'' ¿Por qué no habría el rey de considerar que su hijo muerto era quizás un antiguo enemigo y, en vez de lamentarlo, mostrarse aliviado por su muerte?

El alma en el cuerpo del niño dijo: "Tal como el oro y otros bienes están continuamente transfiriéndose de un lugar a otro, a consecuencia de la compraventa, también el alma, a consecuencia del karma vaga por el universo, siendo inyectada sucesivamente en la matriz de diferentes especies de vida, por el semen de un nuevo padre cada vez.''

Según lo explica el Bhagavad-gītā, no es la actuación de los padres la que determina que nazca el ser viviente. La verdadera identidad de éste es por completo independiente de aquellos que se consideran su padre y su madre. La ley de la naturaleza fuerza al alma a entrar en el semen del padre y ser inyectada en la matriz de la madre. El alma no puede determinar directamente la clase de padres que tendrá; eso depende por entero de sus actividades en las vidas previas. Las leyes del karma le obligan a ir a diferentes padres y madres, tal como si fuese un objeto de compraventa.

El alma a veces se cobija en unos padres animales, y otras en padres humanos. A veces recibe unos padres que son aves, y otras unos que son semidioses de los planetas celestiales.

Según el alma transmigra a diferentes cuerpos, cada uno de éstos, cualquiera que sea la forma de vida — humana, vegetal, o de semidiós—, tiene un padre y una madre. Estos no son muy difíciles de obtener. Lo verdaderamente difícil de obtener es un padre espiritual, es decir, un maestro espiritual fidedigno. En consecuencia, el deber del ser humano es buscar tal maestro espiritual; porque, bajo su guía, uno puede liberarse del ciclo de la reencarnación, y retornar a su hogar de origen en el mundo espiritual.

"El alma es eterna —continuó el niño—, y no tiene una relación permanente con sus supuestos padres. Erróneamente admite que es el hijo de ellos, y los ama en consecuencia. Con la muerte, sin embargo, la relación se termina. Siendo así, es inadecuado lamentarse o regocijarse. El alma es eterna, imperecedera; no ha tenido principio ni tendrá fin; no ha nacido ni morirá. El alma es igual, en calidad, al Señor Supremo. Ambos son personalidades espirituales. Pero, debido a su pequeñez, el alma es propensa a sentirse fascinada por la energía material, y a crearse cuerpos apropiados a sus diferentes deseos y actividades.''

Los Vedas nos enseñan que el alma es la responsable de sus vidas en el mundo material, donde queda atrapada en el ciclo de la reencarnación recibiendo un cuerpo material tras otro. Si así lo quisiere, podrá permanecer sufriendo en la prisión de la existencia física, o retornar a su hogar originario en el mundo espiritual. Aunque Dios, mediante la energía material, les da los cuerpos que desean, en verdad el Señor quiere que las almas materialmente condicionadas salgan del remolino punitivo que es la existencia física, y retornen al hogar, a Él.

Repentinamente, el niño quedó en silencio; el alma pura se marchó, y el cuerpo se desplomó sin vida. Citraketu y todos estaban atónitos. Rotos los grilletes del afecto, cesaron de lamentarse. Luego realizaron las ceremonias funerarias, e incineraron el cadáver. Las otras esposas del rey, que habían envenenado al niño, estaban muy avergonzadas. Lamentándose y recordando las instrucciones de Aṅgirā, deseo de tener hijos. Obedeciendo las instrucciones de los sacerdotes brāhmaṇas, acudían diariamente a las orillas del río Yamunā, a bañarse y orar para expiar así sus pecados.

Habiéndose hecho plenamente conscientes del conocimiento espiritual, que incluye la ciencia de la reencarnación, el rey Citraketu y su esposa, la reina Kṛtadyuti, fácilmente se liberaron del afecto, que es causa de dolor, temor, angustia e ilusión. Aunque el apego por el cuerpo es muy difícil de aniquilar, pudieron vencerlo muy fácilmente, cercenándolo con la espada del conocimiento espiritual.
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jueves, 9 de junio de 2016

¿Por qué grita la gente?

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De Cuentos orientales

Un día Meher Baba preguntó a sus discípulos la siguiente interrogante:

- ¿Por qué la gente se grita cuando están enojados?

Los hombres pensaron unos momentos:

Porque perdemos la calma - dijo uno - por eso gritamos. 

Pero ¿por qué gritar cuando la otra persona está a tu lado? - preguntó Baba

¿No es posible hablarle en voz baja? ¿Por qué gritas a una persona cuando estás enojado? - preguntó Baba

Los hombres dieron algunas otras respuestas pero ninguna de ellas satisfacía a Baba. Finalmente, él mismo les explicó:

- Cuando dos personas están enojadas, sus corazones se alejan mucho. Para cubrir esa distancia deben gritar, para poder escucharse.  Mientras más enojados estén, más fuerte tendrán que gritar para escucharse uno a otro a través de esa gran distancia.

Luego Baba preguntó:

- ¿Qué sucede cuando dos personas se enamoran?

Ellos no se gritan sino que se hablan suavemente, ¿por qué? Sus corazones están muy cerca. La distancia entre ellos es muy pequeña. Baba continuó - Cuando se enamoran más aún, ¿qué sucede? No hablan, sólo susurran y se vuelven aun más cerca en su amor. Finalmente no necesitan siquiera susurrar, sólo se miran y eso es todo. Así es cuan cerca están dos personas cuando se aman.

Luego Baba agregó:

- Cuando discutan no dejen que sus corazones se alejen, no digan palabras que los distancien más, llegará un día en que la distancia sea tanta que no encontrarán más el camino de regreso.
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viernes, 14 de agosto de 2015

El árbol atormentado

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Cuento indio de
Swami Jyotirmayananda

Había una vez en un bosque un árbol gigantesco. Tenía varias ramas con muchas hojas hermosas, era el más sano y majestuoso árbol en todo el bosque.Todos los demás árboles lo adoraban y él se volvió orgulloso. Cuando movía sus ramas decía "Yo soy el árbol más poderoso del mundo; hasta el dios del viento me teme".

Pronto todos los demás árboles comenzaron a murmurar acerca de estas palabras orgullosas y finalmente estos murmullos llegaron a los oídos del dios del viento.

Cuando el dios del viento supo que un árbol había desarrollado un gran orgullo y comenzado a alardear de que era más poderoso que él mismo, dijo "Debo cuidarme de ese árbol arrogante. Iré contra él con todas mis fuerzas mañana temprano,  justo cuando los primeros rayos de sol lo toquen".

Los murmullos de los árboles llevaron rápidamente el mensaje al árbol gigante. Una vez que el árbol supo que el dios del viento lo  atacaría a la mañana siguiente, entro en razón y se asustó terriblemente; se paso toda la noche toda la noche temblando de miedo, de manera que todas sus hojas se le cayeron, muchas de sus ramas se quebraron y por la mañana el árbol era la viva imágen de la miseria.

Cuando el dios del viento llegó soplando entre el bosque y vio al árbol, quedó sorprendido y le dijo: "¡Oh, árbol!, yo nunca intenté ponerte en ese estado, yo sólo habría llegado y sacudido algunas de tus ramas, ¿por qué hiciste eso? No había razón de que te pusieras en ésta trágica situación".
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El mensaje de la parábola es que la mente humana es hábil para dramatizar la miseria que aún no ha llegado. Cuando uno dramatiza el dolor y la tristeza, los hace cien veces peores. La miseria real será mucho menor.

Lo que realmente sucede en el mundo nunca es tan terrible como la mente se lo imagina. Cuando piensan en los sucesos de la vida, ¿cuántas veces se han permitido agitarse cuando las cosas no eran tan malas? Las cosas nunca son tan malas como nuestra imaginación dice que va a ser. Una imaginación como ésa debilita a la mente no una, sino mil veces y la mantiene atrapada.

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miércoles, 9 de octubre de 2013

Conocimiento y prosperidad

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Cuento indio
Citado por Deepak Chopra en "Camino de la abundancia"

 
Una vez, en tierras lejanas, un joven fue al bosque y le dijo a su guía espiritual:

- Quisiera tener riqueza sin límites, y con esa riqueza sin límites quiero ayudar y sanar al mundo.  Por favor, ¿me darías el secreto para crear esa abundancia? 

Y el maestro respondió:

- Hay dos diosas que habitan en el corazón de cada ser humano, y todos amamos profundamente a esos seres supremos. Pero existe un secreto que tienes que saber, y yo te lo diré. Aunque amas a ambas diosas, debes prestar más atención a una de ellas. Es la diosa del conocimiento y se llama Sarasvati. Persíguela, ámala, y préstale atención.
La otra, Lakshmi, es la diosa de la Prosperidad. Al ver que le prestas más atención a Sarasvati, Lakshmi se pondrá muy celosa y se fijará más en ti. Cuanto más persigas a la diosa del Conocimiento, la de la Prosperidad te perseguirá más a ti.
Te seguirá donde quiera que vayas, y nunca te abandonará. Y tendrás para siempre esa abundancia que deseas.
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