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miércoles, 14 de diciembre de 2016

Un rey víctima de la ilusión

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De Secretos del Ser Desconocido
de Srila Bhaktivedanta Narayana Gosvami Maharaja

En la India antigua vivió un gran emperador muy poderoso  llamado Haricandra. Su mujer se llamaba Saibya, y su joven y apuesto hijo, Rohitasva. Haricandra era extremadamente veraz;  jamás decía una mentira ni toleraba la falsedad, y era famoso en el  mundo entero por su generosidad hacia todas las criaturas. Pero  aunque poseía esas cualidades, al sabio Visvamitra le preocupaba  su bienestar.

Visvamitra pensaba: “La verdad que persigue Haricandra  es solo una verdad mundana carente de valor real. Excepto los  devotos del Señor, nadie en este mundo puede decir realmente  la verdad. Si le preguntara: ‘¿Cómo te llamas?’, él respondería:

‘Haricandra’. ‘¿Quién eres?’ ‘Soy el emperador’. ‘¿Quién es ese?’  ‘Es mi hijo’. ‘¿Quién es ella?’ ‘Es mi esposa’. Pero, en realidad, solo  hay una verdad: No somos estos cuerpos mortales, sino almas  espirituales sirvientes de la Verdad Absoluta.”

Visvamitra Muni se sentía cada vez más preocupado. Sabía  que el rey Haricandra solo hallaría la felicidad y el bienestar eternos  con una comprensión espiritual correcta, y estaba convencido de  que la falta de esa comprensión sería su ruina.
 
Utilizando sus poderes místicos, una noche se apareció en  sueños ante el rey y le dijo:
 
— Eres un rey excelente. Eres muy generoso, dices siempre  la verdad y adoras a Dios. Como eres tan bondadoso, estoy seguro de que me darás cuanto te pida. Quiero que me des algo.
 
En ese momento, Haricandra se despertó y dijo en voz alta:
 
— Te daré todo lo que me pidas.

Visvamitra le dijo entonces:

— Quiero todo tu reino.

— Te lo daré — respondió Haricandra.

Visvamitra se marchó y el rey se volvió a quedar dormido.  A la mañana siguiente se despertó sin acordarse de lo ocurrido,  pero poco después Visvamitra se acercó a él y le preguntó:

— ¿Tuviste algún sueño anoche?

— Sí, recuerdo que tuve un sueño.

— Anoche me ofreciste todo tu reino.

— Puede que lo hiciera, pero era solo un sueño.

— No lo era. Yo fui en verdad a verte anoche.

El rey sabía que los grandes sabios pueden ir prácticamente  a cualquier parte y hacer grandes prodigios, de modo que creyó en sus palabras.

Visvamitra siguió diciendo:

— Ahora que estás despierto, debes decir: “Prometo entregarte todo mi reino”.

Haricandra dijo:

— Sí, yo declaro que el reino es tuyo.

Según la antigua cultura de la India, cuando alguien hace  una caridad entrega al mismo tiempo unas monedas. Visvamitra  pidió por tanto a Haricandra que le diera además algo de dinero.

— Si no me das unas monedas, la promesa no será completa

— dijo—. Me tienes que dar algo; aunque sea un uno por ciento del valor de tu regalo.

— Diez mil monedas de oro — respondió Haricandra

Y añadió dirigiéndose a su tesorero: — Da al sabio diez mil monedas de oro.
Visvamitra dijo sonriendo:

— Parece que te retractas de tu palabra. Si me has dado todo  tu reino, incluidas tus arcas, ¿cómo puedes ordenar a tu tesorero  que me dé oro? Tendrás que pensar en otro modo de hacer ese donativo.

Haricandra admitió que era cierto y dijo que pediría prestado a alguien del reino. Pero Visvamitra le recordó:

— Los ciudadanos también son míos. No puedes pedir prestado a ninguno de ellos.

El rey pensó: “Todo lo que me queda son mi esposa, mi hijo y yo mismo; no tengo nada más.

— Me venderé a mí mismo y tambén a mi mujer y a mi hijo, y entonces te pagaré.

— No puedes venderte dentro de mi reino. Tendrás que irte de aquí.

Puesto que el reino de Haricandra comprendía la tierra entera, el rey no supo qué responder. Entonces Visvamitra dijo:

— Aunque Kasi..., la morada del Señor Siva, se encuentra dentro de mi reino, no se considera parte de este mundo, de modo que puedes ir a venderte allí. Pero no olvides pagarme. 

Haricandra, su mujer y su hijo tuvieron que ir a Kasi... a pie, ya que los cuadrigas y las caballos pertenecían ahora a Visvamitra.

Después de viajar durante muchos días, finalmente llegaron a Kasi...,y enseguida Haricandra se puso a preguntar a sus habitantes si a alguien de allí le interesaría comprarlo. El guardían del crematorio, una persona de origen muy humilde, le dijo que le compraría si estaba dispuesto a trabajar en el horno crematorio. Como nadie más se había ofrecido a comprarlo, Haricandra aceptó el empleo por el cual el hombre le pagó cinco mil monedas de oro. Para conseguir las cinco mil restantes, vendió a su mujer y a su hijo a una persona muy cruel de la casta sacerdotal, y entonces pagó a Visvamitra.

Igual que cuando alguien vende una vaca deja de ser su propietario, Haricandra ya no era el rey y tampoco el esposo de  su mujer o el padre de su hijo, si bien de algún modo él seguía identificándose como tal. Pensaba: “Yo fui rey, soy el marido de 
Saibya y el padre de Rohitasva.”

Algún tiempo después, por el poder místico de Visvamitra, una serpiente mordió al hijo de Haricandra y lo mató. Era una noche oscura en plena estación de las lluvias y caía un fuerte aguacero acompañado de un viento gélido. El cruel dueño de
Saibya dijo a esta:

— Arréglatelas como puedas para incinerar a tu hijo. Yo ya te compré y no pienso gastar más en ustedes. Y ahora saca a ese cadáver de aquí.

Y en aquella noche desapacible, la desconsolada
Saibya  tomó a su hijo en sus brazos y lo llevó hasta el crematorio situado a orillas del Ganges, el mismo en el que su marido trabajaba de guardián. Haricandra no reconoció a la mujer y, aunque podía ver que era muy pobre, le dijo:

— No puedes incinerar a ese niño sin pagar.

Ella respondió que no tenía dinero; su única posesión era el cuerpo muerto de su hijo envuelto en aquel velo.

En ese momento, un rayo iluminó la escena y Haricandra pudo ver que quien estaba ante él era su propia esposa. Nunca imaginó que vería a su hijo en aquel lugar, muerto, ni a su mujer en aquella condición tan lamentable y desesperada. Sintiendo que no podía resistir más aquello, se echó a llorar.

— ¡Oh, Dios mío! ¿Qué ha ocurrido?

Pero en medio de aquel dilema, y a pesar de sus lágrimas, intentó ser fiel a su nueva identidad. Sintiendo que debía ser muy estricto con lo que él consideraba el sentido del deber, dijo a
Saibya:

—Aún así, tienes que pagarme. Soy el guardián de este crematorio.

—Lo único que puedo darte es la mitad de este velo — respondió ella.

Y cuando
Saibya empezó a rasgar el velo, Visvamitra junto con el Señor Narayana (una de las encarnaciones de la Suprema Personalidad de Dios), y semidioses como Yamaraja (el señor de la muerte) y el Señor Brahma (el creador del universo y líder de los semidioses) aparecieron en medio de la escena proclamando:

— ¡Rohitasva será rey!

Visvamitra colocó su mano sobre el cadáver y dijo:

— Levántate, hijo mío.

El joven se puso en pie de inmediato con los ojos mirando al cielo. Visvamitra dijo entonces a Haricandra:

— Te quité cuanto tenías y ahora te lo devuelvo todo. El reino vuelve a ser tuyo. Ahora que tienes una nueva comprensión de las cosas puedes abandonar tus responsabilidades mundanas e ir al bosque a meditar en Dios.

Le explicó que había estado sumido en la ilusión por haber confundido su cuerpo y las designaciones corporales con su verdadero ser.

— En este mundo nadie puede decir la verdad en el sentido real de la palabra —siguió diciendo—. Tú no eres Haricandra; ese es el nombre de tu cuerpo físico. ¿Y de qué está hecho el cuerpo? Es una mezcla de sangre, carne, orina y excremento.

Cuando piensas que eres padre, esposo, rey y demás, ¿qué hay de verdad en ello? Tú, el alma situada dentro del cuerpo, eres un sirviente eterno de Dios. Eres parte integrante de Krishna, el Señor Supremo. No eres de este mundo. Intenta servir a Dios y cantar Su santo nombre.

El rey Haricandra había tenido hasta entonces una concepción vaga del Supremo y Le había adorado sumisamente, pero en su corazón no había verdadera devoción ni entrega. Era cumplidor con las verdades relativas de este mundo. Por eso nunca había llegado a experimentar una felicidad auténtica a pesar de toda su opulencia. Por la misericordia de Visvamitra Muni había obtenido la liberación total de su naturaleza trascendental, la liberación que ansía todo ser viviente. Lo que habría tardado muchas vidas en alcanzar, lo había logrado en unos momentos gracias al poderoso sabio. E igual que aprendió él, también otros pueden aprender de esta historia de los Vedas.
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martes, 6 de septiembre de 2016

El loro que pedía libertad

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Cuento indio

Esta es la historia de un loro que desde hacía un buen número de años vivía enjaulado. Su propietario era un anciano al que el animal hacía compañía.

Cierto día, el anciano invitó a un amigo a su casa a saborear un delicioso té de Cachemira.

Los dos hombres pasaron al salón donde, cerca de la ventana y en su jaula, estaba el loro. Se encontraban tomando el té, cuando el loro comenzó a gritar insistentemente: ¡Libertad, libertad!

Durante todo el tiempo en que estuvo el invitado en la casa, el animal no dejó de reclamar libertad. Hasta tal punto era desgarradora su solicitud, que el hombre se sintió muy apenado y ni siquiera pudo terminar de saborear su taza. Estaba saliendo por la puerta y el loro seguía gritando: ¡Libertad, libertad!

Pasaron dos días. El invitado no podía dejar de pensar con compasión en el loro. Tanto lo angustiaba el estado del animalito que decidió que era necesario ponerlo en libertad. Tramó un plan. Sabía cuándo dejaba el anciano su casa para ir a efectuar la compra. Iba a aprovechar esa ausencia y a liberar al pobre loro. Un día después, el invitado se apostó cerca de la casa del anciano y, en cuanto lo vio salir, abrió la puerta con una ganzúa y entró en el salón, donde el loro continuaba gritando: ¡Libertad, libertad! Al invitado se le partía el corazón.

¿Quién no hubiera sentido piedad por el animalito? Rápido, se acercó a la jaula y abrió la puerta de la misma. Entonces el loro, aterrado, se lanzó al lado opuesto de la jaula y se aferró con su pico y uñas a los barrotes de la jaula, negándose a abandonarla mientras seguía gritando: ¡Libertad, libertad!
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viernes, 29 de julio de 2016

El príncipe hijo de un millón de madres

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De Volver a Nacer: La ciencia de la reencarnación
de A.C Bhaktivedanta Swami Prabhupāda
(Capítulo 4: tres casos de reencarnación)

"Algunos consideran que el alma es asombrosa, otros la describen como asombrosa y otros más oyen hablar de ella como algo asombroso, mientras que hay otros que incluso después de oír hablar de ella, no logran comprenderla en absoluto''.

- Bhagavad-gītā (2.29)

En la siguiente narración histórica, tomada del Śrīmad-Bhāgavatam, el hijo del rey Citraketu revela sus nacimientos previos, e instruye al rey y la reina en la naturaleza imperecedera del alma y la ciencia de la reencarnación.

El rey Citraketu tenía muchas esposas, y aunque fértil, no había engendrado hijos en ninguna de ellas, porque todas sus bellas esposas eran estériles.

Un día, el gran sabio Aṅgirā visitó el palacio de Citraketu. El rey al verlo se levantó del trono y, conforme a la costumbre védica, le presentó sus respetos.

"¡Oh, rey Citraketu! Puedo ver que tu mente está perturbada. La palidez de tu rostro refleja una profunda amargura. ¿No has logrado tus propósitos?'', le preguntó el sabio.

Siendo un gran clarividente, Aṅgirā conocía la causa del sufrimiento del rey; pero tenía sus razones, para interrogarlo como si no supiese.

El rey respondió: "¡Oh, Aṅgirā! Gracias a las grandes penitencias y austeridades realizadas, has adquirido el conocimiento completo. Puedes comprenderlo todo, ya sea externo o interno, acerca de nosotros las almas encarnadas. ¡Oh, gran alma! Todo lo sabes; sin embargo me preguntas por qué estoy triste. Te responderé si me lo permites. Así como un collar de flores no puede satisfacer a un hambriento, tampoco mi vasto imperio e incalculables riquezas pueden satisfacerme, porque carezco de la verdadera riqueza del hombre: Carezco de un hijo. ¿No puedes ayudarme a ser verdaderamente feliz, determinando que yo tenga uno?''

Aṅgirā, que era muy misericordioso, accedió a ayudar al rey. Realizó un sacrificio especial a los semidioses, y ofreció los remanentes del alimento del sacrificio a las más perfecta de las reinas de Citraketu, Kṛtadyuti. "¡Oh, gran rey! Tendrás ahora un hijo que será causa de júbilo y de lamentación'', dijo Aṅgirā. Y desapareció sin esperar la respuesta del rey.

Citraketu se sintió colmado de felicidad al saber que finalmente tendría un hijo; pero se preguntaba por el significado de las últimas palabras del sabio.

"Aṅgirā sin duda ha querido decir que seré muy feliz cuando mi hijo nazca. Lo cual es verdad. Pero, ¿qué significa que el niño será causa de lamentación? Por supuesto, mi único hijo será el heredero forzoso del trono y el reino. Por lo tanto, es probable que se haga orgulloso y desobediente. Esto podría ser motivo de lamentación. Pero tener un hijo desobediente es mejor que no tener hijo.''

A su debido tiempo, Kṛtadyuti quedó encinta, y tuvo un hijo. Al escuchar la noticia, todos los habitantes del reino se regocijaron. El rey Citraketu estaba radiante de alegría.

Según el rey cuidaba de su hijito, su afecto por la reina Kṛtadyuti aumentaba, día a día, y gradualmente perdía el afecto por sus esposas estériles. Estas se lamentaban sin cesar de su suerte, porque a una esposa sin hijos el marido la descuida en el hogar, y las esposas fértiles la tratan como a una sirvienta. Las reinas estériles ardían de ira y envidia. Con el crecer de la envidia, perdieron la inteligencia, y sus corazones se hicieron duros como rocas. Se reunieron secretamente, y decidieron que había sólo una solución a su problema, una sola manera de recuperar el amor del rey: Envenenando al niño.

Una tarde, cuando la reina Kṛtadyuti se paseaba por el patio de palacio, pensó en su hijo que dormía apaciblemente en su aposento. Puesto que amaba entrañablemente al niño, y apenas podía sufrir estar sin él un momento, ordenó a la niñera que fuese a despertarlo de la siesta y lo trajese al jardín.

Mas, cuando la sirvienta se aproximó al niño, vio que tenía los ojos vueltos hacia arriba, y que no mostraba signos de vida. Horrorizada, puso un copo de algodón bajo las narices del niño, y vio que el algodón no se movía. Gritó entonces: "¡Estoy perdida!'', y se desplomó. Presa de una gran angustia, se golpeaba el pecho con los puños y lloraba a gritos.

Como la sirvienta no regresaba, la reina se aproximó al aposento del niño. Al escuchar los gemidos de la niñera, entró ansiosa y vio que su hijo se había marchado de este mundo. Profiriendo un gran lamento, con el cabello y los vestidos en desorden, la reina se desplomó inconsciente.

Cuando al rey le anunciaron la muerte de su hijo, casi enloqueció de dolor. Estalló en lamentos y corrió a ver al niño muerto, tropezando y cayendo en el trayecto. Rodeado de los ministros y cortesanos, entró en el aposento del niño y se desmayó a los pies de éste, con los cabellos y vestidos en total desorden. Cuando recuperó la conciencia, respiraba pesadamente, tenía los ojos bañados en lágrimas, y no podía hablar.

Al ver a su marido sumido en la desesperación por su hijo muerto, la reina comenzó a maldecir al Señor Supremo. Esto incrementó la congoja en los corazones de todos los residentes del palacio. Los collares de flores de la reina cayeron de su cuerpo, y su suave cabello negro azabache se enmarañó. Las lágrimas manchaban el cosmético debajo de sus ojos.

"¡Oh, Providencia! En vida del padre, has causado la muerte de su hijo. Ciertamente eres enemigo de los seres vivientes, y careces de toda misericordia.'' Volviéndose hacia el niño amado, dijo: "Mi querido hijo, estoy desamparada y herida. No debes separarte de mí. ¿Cómo puedes abandonarme? ¡Mira cómo se lamenta tu padre! Ya has dormido demasiado. Ahora, te lo suplico, levántate. Tus amiguitos te llaman a jugar. Debes de tener hambre; levántate pues, inmediatamente, y toma tu comida. Mi querido hijo, soy terriblemente desdichada, porque ya no puedo ver tu dulce sonrisa. Has cerrado para siempre los ojos. Has sido elevado desde este planeta a otro lugar, desde el cual no retornarás. Mi querido hijo, no pudiendo escuchar tu voz amada, no podré sobrevivir.''

El rey lloraba ruidosamente. Viendo a la madre y al padre lamentarse, todos se les unieron llorando la prematura muerte del niño. A causa de la súbita tragedia, los ciudadanos del reino se sentían abrumados de dolor.

Cuando el gran sabio Aṅgirā comprendió que el rey estaba casi muriendo, sumido en un océano de pesar, se dirigió al palacio con su amigo el santo Nārada.

Los dos sabios encontraron al rey, agobiado por la pena, tumbado como muerto junto al cadáver del niño. Aṅgirā se dirigió a él con dureza: "¡Despierta de la oscuridad de la ignorancia! ¡Oh, rey! ¿Qué relación tiene contigo ese cadáver, y qué relación tienes tú con él? Aunque puedes decir que ahora estáis relacionados como padre e hijo, ¿crees que esta relación existía antes de que él naciera? ¿Existe verdaderamente ahora? ¿Continuará existiendo cuando él ha muerto? ¡Oh, rey! Tal como las pequeñas partículas de arena a veces se juntan y a veces se separan, movidas por la fuerza de las olas del océano, las almas albergadas en cuerpos materiales a veces se juntan y a veces se separan, movidas por la fuerza del tiempo.'' Aṅgirā deseaba que el rey comprendiese que todas las relaciones corporales son efímeras.

"Mi querido rey —continuó el sabio—, cuando vine anteriormente a tu palacio, podría haberte obsequiado el mayor de los dones, el del conocimiento espiritual; mas al ver que tu mente estaba absorta en las cosas materiales, únicamente te obsequié un hijo, que te causó felicidad y lamentaciones. Ahora estás experimentando las miserias de quienes tienen hijos. Los bienes visibles, tales como la mujer, los hijos, y la propiedad, no son más que sueños. Por lo tanto, ¡oh, rey Citraketu!, trata de comprender quién eres verdaderamente. Considera de dónde vienes, adónde irás cuando abandones este cuerpo, y por qué estás bajo el dominio del sufrimiento material.''

Entonces Nārada Muni hizo algo maravilloso. Mediante un misterioso poder, trajo el alma del fallecido hijo del rey a la vista de todos. El aposento se inundó de una brillantez deslumbrante, y el niño muerto comenzó a moverse. Nārada dijo: "¡Oh, entidad viviente! Te deseo toda suerte de felicidad. Mira a tu padre y madre. Todos tus amigos y familiares están abrumados de pesar por tu muerte. Sin embargo, debido a que moriste prematuramente, todavía dispones de lo que te quedaba por vivir. En consecuencia, puedes volver a entrar en tu cuerpo, y gozar de los restantes años que te fueron concedidos en él, junto a tus amigos y familiares, y más tarde podrás recibir el trono real y todas las opulencias de tu padre.''

Gracias al poder sobrenatural de Nārada, el alma había retornado al cuerpo muerto. El niño, resucitado, se sentó y comenzó a hablar, no con una inteligencia infantil, sino con el pleno conocimiento de un alma liberada: "Conforme a los resultados de mis actividades materiales, yo, el alma, transmigro de un cuerpo a otro, a veces yendo a las especies de los semidioses, a veces a las especies de los animales inferiores, a veces encarnando en los vegetales, y apareciendo a veces en la especie humana. ¿En cuál de mis nacimientos fueron mis padres esta mujer y este hombre? En realidad nadie es mi padre ni mi madre. He tenido millones de supuestos padres. ¿Cómo puedo admitir que estas dos personas son mis padres?''

Los Vedas enseñan que el alma eterna entra en un cuerpo hecho de elementos materiales. Aquí vemos que un alma entró en un cuerpo, producido éste por el rey Citraketu y su esposa. Mas en realidad no era hijo de ellos. El alma es un hijo eterno de la Suprema Personalidad de Dios; pero, debido a que ella desea gozar de este mundo material, Dios le permite entrar en variados cuerpos. No obstante, el alma pura no tiene una verdadera relación con el cuerpo material que obtiene de los padres. En consecuencia el alma en el cuerpo del hijo de Citraketu, terminantemente negó que el rey y la reina fuesen sus padres.

El alma continuó: "En este mundo material, que es como un rápido río, todos llegan a ser, sucesivamente, amigos, familiares, y enemigos, con el correr del tiempo. También actúan como seres neutrales, y en muchas otras variedades de relación. Pero en ninguna de tan diversas situaciones se mantiene una relación permanente.''

Citraketu se lamentaba por su hijo, ahora muerto; pero bien podría haber considerado la situación de otra manera: "Esta entidad viviente—podría haber pensado— era mi enemigo en mi última vida, y ahora, después de haber encarnado como hijo mío, se ha marchado prematuramente, tan sólo para producirme dolor y agonía.'' ¿Por qué no habría el rey de considerar que su hijo muerto era quizás un antiguo enemigo y, en vez de lamentarlo, mostrarse aliviado por su muerte?

El alma en el cuerpo del niño dijo: "Tal como el oro y otros bienes están continuamente transfiriéndose de un lugar a otro, a consecuencia de la compraventa, también el alma, a consecuencia del karma vaga por el universo, siendo inyectada sucesivamente en la matriz de diferentes especies de vida, por el semen de un nuevo padre cada vez.''

Según lo explica el Bhagavad-gītā, no es la actuación de los padres la que determina que nazca el ser viviente. La verdadera identidad de éste es por completo independiente de aquellos que se consideran su padre y su madre. La ley de la naturaleza fuerza al alma a entrar en el semen del padre y ser inyectada en la matriz de la madre. El alma no puede determinar directamente la clase de padres que tendrá; eso depende por entero de sus actividades en las vidas previas. Las leyes del karma le obligan a ir a diferentes padres y madres, tal como si fuese un objeto de compraventa.

El alma a veces se cobija en unos padres animales, y otras en padres humanos. A veces recibe unos padres que son aves, y otras unos que son semidioses de los planetas celestiales.

Según el alma transmigra a diferentes cuerpos, cada uno de éstos, cualquiera que sea la forma de vida — humana, vegetal, o de semidiós—, tiene un padre y una madre. Estos no son muy difíciles de obtener. Lo verdaderamente difícil de obtener es un padre espiritual, es decir, un maestro espiritual fidedigno. En consecuencia, el deber del ser humano es buscar tal maestro espiritual; porque, bajo su guía, uno puede liberarse del ciclo de la reencarnación, y retornar a su hogar de origen en el mundo espiritual.

"El alma es eterna —continuó el niño—, y no tiene una relación permanente con sus supuestos padres. Erróneamente admite que es el hijo de ellos, y los ama en consecuencia. Con la muerte, sin embargo, la relación se termina. Siendo así, es inadecuado lamentarse o regocijarse. El alma es eterna, imperecedera; no ha tenido principio ni tendrá fin; no ha nacido ni morirá. El alma es igual, en calidad, al Señor Supremo. Ambos son personalidades espirituales. Pero, debido a su pequeñez, el alma es propensa a sentirse fascinada por la energía material, y a crearse cuerpos apropiados a sus diferentes deseos y actividades.''

Los Vedas nos enseñan que el alma es la responsable de sus vidas en el mundo material, donde queda atrapada en el ciclo de la reencarnación recibiendo un cuerpo material tras otro. Si así lo quisiere, podrá permanecer sufriendo en la prisión de la existencia física, o retornar a su hogar originario en el mundo espiritual. Aunque Dios, mediante la energía material, les da los cuerpos que desean, en verdad el Señor quiere que las almas materialmente condicionadas salgan del remolino punitivo que es la existencia física, y retornen al hogar, a Él.

Repentinamente, el niño quedó en silencio; el alma pura se marchó, y el cuerpo se desplomó sin vida. Citraketu y todos estaban atónitos. Rotos los grilletes del afecto, cesaron de lamentarse. Luego realizaron las ceremonias funerarias, e incineraron el cadáver. Las otras esposas del rey, que habían envenenado al niño, estaban muy avergonzadas. Lamentándose y recordando las instrucciones de Aṅgirā, deseo de tener hijos. Obedeciendo las instrucciones de los sacerdotes brāhmaṇas, acudían diariamente a las orillas del río Yamunā, a bañarse y orar para expiar así sus pecados.

Habiéndose hecho plenamente conscientes del conocimiento espiritual, que incluye la ciencia de la reencarnación, el rey Citraketu y su esposa, la reina Kṛtadyuti, fácilmente se liberaron del afecto, que es causa de dolor, temor, angustia e ilusión. Aunque el apego por el cuerpo es muy difícil de aniquilar, pudieron vencerlo muy fácilmente, cercenándolo con la espada del conocimiento espiritual.
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lunes, 15 de abril de 2013

La rueda del tiempo

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Cuento indio

En la India dos hombres caminaban por el campo. El más anciano dijo: Estoy cansado. Por favor, ve a buscar un poco de agua en los pozos que se ven al otro lado del arrozal. Te espero a la sombra de estos árboles.
El joven cruzó el campo y en el pozo se encontró con una muchacha que estaba sacando agua. Se sintió atraido por ella y suavemente le preguntó su nombre. Ella le contestó con una sonrisa. Algo más tarde él le propuso llevarle la varija hasta el pueblo. Ella aceptó. Ya en la aldea fue invitado a comer en casa de la joven. Conoció a otda la familia y acabó pidiendo la mano de la chica. Se la concedieron.
Tras la boda trabajó como campesino, tuvo hijos y los educó. Uno murió de enfermedad. Sus suegros también fallecieron y se convirtió en el cabeza de familia. Su hijo mayor se casó y partió. Su mujer, con el pelo ya cano, murió algo después.
El la lloró, porque la había amado mucho. Días más tarde una inundación devastó el valle. Fue arrastrado como sus vecinos por un torbellino de agua fangosa. Luchó para sujetar a su hijo menor, que se ahogaba ante sus ojos.
De repente, sin saber por qué, se acordó de su amigo, el anciano que le había pedido agua. Al instante se encontró en tierra seca, cruzando un campo, con una jarra en la mano. Regresó junto al anciano, que estaba adormecido bajo un árbol. Algo en el aire, que se había vuelto puro y ligero, parecía indicarle al joven que se hallaba en el mismísimo umbral del gran misterio de Vishnú, el dios que mantiene los mundos en su sitio.
El anciano se despertó y le dijo:

- El sol ya se está poniendo. Tardaste mucho. Estaba a punto de ir a buscarte.
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viernes, 5 de abril de 2013

La Actitud Interior

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 De 101 cuentos clásicos de la India, recopilados por Ramiro Calle

Eran dos grandes amigos. Trabajaban en un pueblo y decidieron ir a pasar unos días a la ciudad. Comenzaron a caminar y en una gran calle vieron un burdel que estaba frente a frente con un santuario. Uno de los amigos decidió pasar unas horas en el burdel, bebiendo y disfrutando de las bellas prostitutas, en tanto que el otro optó por pasar ese tiempo en el santuario, escuchando a un maestro que hablaba sobre la conquista interior.
Pasaron unos minutos, y entonces el amigo que estaba en el burdel comenzó a lamentar no estar escuchando al maestro en el santuario, en tanto que el otro amigo, por el contrario, en lugar de estar atento a las enseñanzas que estaba oyendo, estaba ensoñando con el burdel y reprochándose a sí mismo lo necio que había sido por no elegir la diversión. De este modo, el hombre que estaba en el burdel obtuvo los mismos méritos que si hubiera estado en el santuario, y el que estaba en el santuario acumuló tantos deméritos como si hubiera estado en el burdel.
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*El Maestro dice: Precediendo a los actos, está la actitud interior.
En la actitud interior comienza la cuenta de méritos y deméritos.

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viernes, 9 de noviembre de 2012

El encantador de serpientes

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De cuentos populares de la India


Raj vivía en una casita blanca cerca del río Ganges con su esposa, Akba. Eran muy podres, pero felices. Raj se ganaba la vida de encantador de serpientes. Todas las mañanas caminaba a la plaza del pueblo con su flauta, su esterilla y la serpiente venenosa en una vasija. Al llegar, desenrollaba la esterilla, se sentaba, destapaba la vasija y empezaba a tocar la flauta.
Las gente se acercaba a mirar. La serpiente iba sacando lentamente la cabeza de la vasija, contoneándose al ritmo de la música. Como sabían que era una serpiente muy venenosa, siempre echaban monedas sin acercarse demasiado.
 
Al caer la tarde Raj dejaba de tocar. La serpiente desaparecía dentro de la vasija; Raj ponía la tapa, enrollaba la esterilla y, con la flauta bajo el brazo, regresaba a su casa.
Una noche, después de cenar, Raj le dijo a su esposa: 

- Akba, mañana voy a ir a la ciudad; allí podré tener más público y ganar más dinero
 
Raj partió al amanecer. Llegó a la ciudad, se sentó en el mercado y empezó a tocar la flauta: al punto la serpiente salió de la vasija bailando al compás y un gran gentío se congregó a su alrededor. Entre risas y aplausos, le arrojaron montones de monedas de oro. Raj nunca había visto tanto dinero en su vida.
 
Al anochecer, Raj reunió todo el oro, recogió la vasija, la esterilla y la flauta, y corrió a casa. No se dio cuenta que había tres ladrones observándole.

- Ese encantador de serpientes tiene un montón de oro. Vamos a robárselo -, masculló uno de ellos. Y siguieron a Raj hasta su casa.
 
Raj mostró a Akba el oro que le habían dado en el mercado. Se puso contentísima: 

- ¡Somos Ricos! Comeremos en abundancia y podremos comprarnos ropas nuevas - exclamó Akba abrazando a Raj. 

Después metió el oro en una gran vasija: “Mañana buscaremos un sitio seguro para esconderlo”, dijo sin darse cuenta de que los tres ladrones la espiaban desde la ventana.
Aquella noche, cuando ya se habían acostado, Akba oyó un ruido fuera de casa. 

- ¿Qué ha sido eso Raj? - preguntó alarmada

- Ha de ser un perro callejero, duérmete - contestó Raj entre bostezos.

- Estoy preocupada por el oro - dijo Akba. 

Se levantó de la cama y recogió la vasija de oro. Pero al ver la vasija de la serpiente, pensó: “Esta es igual de valiosa, gracias a la serpiente hemos ganado todo ese oro”, y subió ambas al desván, pensando que allí estarían más seguras. Luego regresó a la cama y se quedó dormida.
Fuera, los ladrones cuchicheaban entre ellos.

- Esa tonta ha puesto el oro en el desván - dijo uno de ellos

- Tendremos que subirnos unos a los hombros de los otros para llegar a la ventana - dijo otro -Yo soy el más pequeño. Me subiré encima de los otros dos, me colaré por la ventana y os pasaré la vasija.

Intentando hacer el menor ruido posible, los ladrones llevaron a cabo su plan. El ladrón más pequeño se apoderó de la vasija, y todos se apresuraron a regresar a su guarida.

- ¡Somos ricos, somos ricos! - celebraban dando brincos.

Uno de ellos levantó la tapa de la vasija para mirar el dinero, pero en lugar de oro se encontró una serpiente venenosa.

- ¡Sálvese quien pueda! - gritó.

Los tres ladrones se asustaron tanto que salieron disparados de su guarida, camino del bosque, y nunca más se los volvió a ver.

A la mañana siguiente, Raj subió las escaleras para llevar de nuevo la serpiente a la ciudad. “Aquí sólo hay una vasija”, dijo llamando a Akba. “Alguien ha debido montar la otra”. Akba levantó la tapa de la vasija y miró dentro. Estaba lleno de oro. “¡Han robado la vasija equivocada, vaya sorpresa se van a llevar!”, rió Akba.

Raj desenrolló la esterilla fuera de la casa, se sentó y empezó a tocar la flauta. Al poco rato, la serpiente se acercó zigzagueando. Raj la recogió y la metió en la vasija, todo listo para una jornada
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martes, 6 de noviembre de 2012

Los monos


 De 101 cuentos clásicos de la India, recopilados por Ramiro Calle


Era un aspirante espiritual con mucha motivación, pero tenía una mente muy dispersa. Tuvo noticias de un sobresaliente mentor y no dudó en desplazarse hasta donde vivía y decirle:

- Respetado maestro, perdona que te moleste, pero mi gratitud sería enorme si pudieras proporcionarme un tema de meditación, puesto que tengo decidido retirarme al bosque durante unas semanas para meditar sin descanso.

- Me complace tu decisión. Ve al bosque y estáte contigo mismo. Puedes meditar en todo aquello que quieras, excepto en monos. Trae lo que quieras a tu mente, pero no pienses en monos.

El discípulo se sintió muy contento, diciendo: “!Qué fácil es el tema que me ha proporcionado el maestro!; sí, realmente sencillo”. Se retiró a un frondoso bosque y dispuso una cabaña para la meditación. Transcurrieron las semanas y el aspirante puso término al retiro. Regresó junto al mentor, y éste, nada más verlo, preguntó:

- ¿Qué tal te ha ido?

Apesadumbrado, el aspirante repuso:

- Ha sido agotador. Traté incansablemente de pensar en algo que no fuesen monos, pero los monos iban y venían por mi mente sin poderlo evitar. En realidad, llegó un momento en que sólo pensaba en monos.
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*El Maestro dice: La mente es amiga y enemiga; es una mala dueña, pero una buena aliada. Por eso es necesario aprender a contener el pensamiento y poner la mente bajo el yugo de la voluntad.
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sábado, 1 de septiembre de 2012

Una partícula de Verdad

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 De 101 cuentos clásicos de la India, recopilados por Ramiro Calle

En compañía de uno de sus acólitos, el diablo vino a dar un largo paseo por el planeta Tierra. Habiendo tenido noticias de que la Tierra era terreno de odio y perversidades, corrupción y malevolencia, abandonó durante unos días su reino para disfrutar de su viaje. Maestro y discípulo iban caminando tranquilamente cuando, de súbito, este último vio una partícula de verdad. Alarmado, previno al diablo:

- Señor, allí hay una partícula de verdad, cuidado, no vaya a extenderse.

Y el diablo, sin alterarse en lo más mínimo, repuso:

- No te preocupes, ya se encargarán de institucionalizarla.

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*El Maestro dice: Nadie puede monopolizar la verdad, ni la verdad es patrimonio de nadie.
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martes, 21 de agosto de 2012

La Llave de la Felicidad

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De 101 cuentos clásicos de la India, recopilados por Ramiro Calle


El Divino se sentía solo y quería hallarse acompañado. Entonces decidió crear unos seres que pudieran hacerle compañía. Pero cierto día, estos seres encontraron la llave de la felicidad, siguieron el camino hacia el Divino y se reabsorbieron a Él.

Dios se quedó triste, nuevamente solo. Reflexionó. Pensó que había llegado el momento de crear al ser humano, pero temió que éste pudiera descubrir la llave de la felicidad, encontrar el camino hacia Él y volver a quedarse solo. Siguió reflexionando y se preguntó dónde podría ocultar la llave de la felicidad para que el hombre no diese con ella. Tenía, desde luego, que esconderla en un lugar recóndito donde el hombre no pudiese hallarla. Primero pensó en ocultarla en el fondo del mar; luego, en una caverna de los Himalayas; después, en un remotísimo confín del espacio sideral. Pero no se sintió satisfecho con estos lugares. Pasó toda la noche en vela, preguntándose cual sería el lugar seguro para ocultar la llave de la felicidad. Pensó que el hombre terminaría descendiendo a lo más abismal de los océanos y que allí la llave no estaría segura.
Tampoco lo estaría en una gruta de los Himalayas, porque antes o después hallaría esas tierras. Ni siquiera estaría bien oculta en los vastos espacios siderales, porque un día el hombre exploraría todo el universo.

"¿Dónde ocultarla?”, continuaba preguntándose al amanecer. Y cuando el sol comenzaba a disipar la brumamatutina, al Divino se le ocurrió de súbito el único lugar en el que el hombre no buscaría la llave de la felicidad: dentro del hombre mismo. Creó al ser humano y en su interior colocó la llave de la felicidad.

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*El Maestro dice: Busca dentro de ti mismo. “Desafía” a Dios y róbale la suprema felicidad.
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lunes, 11 de junio de 2012

Todo lo que existe es Dios

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De 101 cuentos clásicos de la India, recopilados por Ramiro Calle

 
El gurú y el discípulo estaban departiendo sobre cuestiones místicas.
El maestro concluyó con la entrevista diciéndole:
Todolo que existe es Dios.
El discípulo no entendió la verdadera naturaleza de las palabras de su mentor. Salió de la casa y comenzó a caminar por una callejuela. De súbito, vio frente a él un elefante que venía en dirección contraria, ocupando toda la calle. El jovencito que conducía al animal, gritó avisando:

- ¡Eh, oiga, apártese, déjenos pasar!

Pero el discípulo, inmutable, se dijo:

- “Yo soy Dios y el elefante es Dios, así que ¿cómo puede tener miedo Dios de sí mismo?

Razonando de este modo evitó apartarse. El elefante llegó hasta él, lo agarró con la trompa y lo lanzó al tejado de una casa, rompiéndole varios huesos. Semanas después, repuesto de sus heridas, el discípulo acudió al mentor y se lamentó de lo sucedido.
El gurú replicó:

De acuerdo, tú eres Dios y el elefante es Dios. Pero Dios, en la forma del muchacho que conducía el elefante, te avisó para que dejaras el paso libre. ¿Por qué no hiciste caso de la advertencia de Dios?

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*El Maestro dice: Afila el discernimiento. No tomes la soga por una serpiente, ni la serpiente por una soga.

domingo, 27 de mayo de 2012

Viaje al corazón

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De 101 cuentos clásicos de la India, recopilados por Ramiro Calle

Bastami era uno de los más grandes sufíes de la India. Se proponía efectuar una larga peregrinación a La Meca, cuando se encontró con un instructor espiritual que le preguntó:


- ¿Por qué has de ir a La Meca?

- Para ver a Dios - repuso


El instructor le ordenó:


- Dame ahora mismo todo el dinero que llevas contigo para el viaje.


Bastami le entregó el dinero, el instructor se lo guardó en el bolsillo, y dijo:


- Sé que habrías dado siete vueltas alrededor de la piedra sagrada. Pues bien, en lugar de eso, da ahora siete vueltas a mi alrededor.


Bastami obedeció y dio siete vueltas alrededor del instructor, quien declaró a continuación:


- Ahora sí has conseguido lo que te proponías. Ya puedes regresar a tu casa con el ánimo sereno y satisfecho, si bien antes quiero decirte algo más. Desde que La Meca fue construida, ni un solo minuto Dios ha morado ahí. Pero desde que el corazón del hombre fue creado, ni un solo instante Dios ha dejado de habitar en él. Ve a tu casa y medita. Viaja a tu corazón.
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El Maestro dice: Busca refugio dentro de ti. ¿Qué otro refugio puede haber? 
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sábado, 26 de mayo de 2012

Los ciegos y el elefante

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De 101 cuentos clásicos de la India, recopilados por Ramiro Calle

Se hallaba el Buda en el bosque de Jeta cuando llegaron un buen número de ascetas de diferentes escuelas metafísicas y tendencias filosóficas.
Algunos sostenían que el mundo es eterno, y otros, que no lo es; unos que el mundo es finito, y otros, infinito; unos que el cuerpo y el alma son lo mismo, y otros, que son diferentes; unos, que el Buda tiene existencia tras la muerte, y otros, que no. Y así cada uno sostenía sus puntos de vista, entregándose a prolongadas polémicas. Todo ello fue oído por un grupo de monjes del Buda, que relataron luego el incidente al maestro y le pidieron aclaración. El Buda les pidió que se sentaran tranquilamente a su lado, y habló así:

- Monjes, esos disidentes son ciegos que no ven, que desconocen tanto la verdad como la no verdad, tanto lo real como lo no real. Ignorantes, polemizan y se enzarzan como me habéis relatado. Ahora os contaré un suceso de los tiempos antiguos. Había un maharajá que mandó reunir a todos los ciegos que había en Sabathi y pidió que los pusieran ante un elefante y que contasen, al ir tocando al elefante, qué les parecía. Unos dijeron, tras tocar la cabeza: “Un elefante se parece a un cacharro”; los que tocaron la oreja, aseguraron: “Se
parece a un cesto de aventar”; los que tocaron el colmillo: “Es como una reja de arado”; los que palparon el cuerpo: “Es un granero”. Y así, cada uno convencido de lo que declaraba, comenzaron a querellarse entre ellos.

El Buda hizo una pausa y rompió el silencio para concluir:
Monjes, así son esos ascetas disidentes: ciegos, desconocedores de la verdad, que, sin embargo, sostienen sus creencias.
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*El Maestro dice: La visión parcial entraña más desconocimiento que conocimiento.
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lunes, 21 de mayo de 2012

El Rey de los Monos

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De 101 cuentos clásicos de la India, recopilados por Ramiro Calle

Cuando el rey de los monos se enteró de dónde moraba el Buda predicando la Enseñanza, corrió hacia él y le dijo:

- Señor, me extraña que siendo yo el rey de los monos no hayáis enviado a alguien a buscarme para conocerme. Soy el rey de millares de monos.
Tengo un gran poder.

El Buda guardó el noble silencio.
Sonreía. 
El rey de los monos se mostraba descaradamente arrogante y fatuo.

- No lo dudéis, señor - agregó - soy el más fuerte, el más rápido, el más resistente y el más diestro. Por eso soy el rey de los monos. Si no lo creéis, ponedme a prueba. No hay nada que no pueda hacer. Si lo deseáis, viajaré al fin del mundo para demostrároslo.

El Buda seguía en silencio, pero escuchándolo con atención. El rey de los monos añadió:

- Ahora mismo partiré hacia el fin del mundo y luego regresaré de nuevo hasta vos.
Y partió. Días y días de viaje.
Cruzó mares, desiertos, dunas, bosques, montañas, canales, estepas, lagos, llanuras, valles... Finalmente, llegó a un lugar en el que se encontró con cinco columnas y, allende las mismas, sólo un inmenso abismo. Se dijo a sí mismo: “No cabe duda, he aquí el fin del mundo”. Entonces dio comienzo al regreso y de nuevo surcó desiertos, dunas, valles... Por fin, llegó de nuevo a su lugar de partida y se encontró frente al Buda.

- Ya me tienes aquí - dijo arrogante.
Habrás comprobado, señor, que soy el más intrépido, hábil, resistente y capacitado. Por este motivo soy el rey indiscutible de los monos.

El Buda se limitó a decir:

- Mira dónde te encuentras.

El rey de los monos, estupefacto, se dio entonces plena cuenta de que estaba en medio de la palma de una de las manos del Buda y de que jamás había salido de la misma. Había llegado hasta sus dedos, que tomó como columnas, y más allá sintió el abismo, fuera de la mano del Bienaventurado, que jamás había abandonado.

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*El Maestro dice: ¿A dónde pueden conducirte tu engreimiento y fatuidad que no sea al abismo?
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jueves, 17 de mayo de 2012

Ocho elefantes blancos

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De 101 cuentos clásicos de la India, recopilados por Ramiro Calle


El discípulo quería elaborarlo todo a través del entendimiento intelectual. Sólo confiaba en la razón y estaba encerrado en la propia jaula de su lógica. Visitó al mentor espiritual y le preguntó:


- Señor, ¿quién sostiene el mundo?

El mentor repuso:

- Ocho elefantes blancos.

- ¿Y quién sostiene a los ocho elefantes blancos? preguntó intrigado el discípulo

- Otros ocho elefantes blancos.

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*El Maestro dice: El pensamiento es limitado. Una nueva energía de conocimiento aparece cuando cesa el pensamiento.
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