domingo, 4 de noviembre de 2012

El hombre que no vio a nadie


De Fábulas antiguas de China
Fábula de Lie Zi


Había una vez un hombre en el Reino de Chi que tenía sed de oro. Una mañana se vistió elegantemente y se fue a la plaza. Apenas llegó al puesto del comerciante en oro, se apoderó de una pieza y se escabulló.
 

El oficial que lo llevó preso le preguntó:

- ¿Por qué robó el oro de tanta gente?

- Cuando tomé el oro – contestó
, no vi a nadie. No vi más que el oro.
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El valor de las cosas

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De Cuentos y fábulas de Buda de Sri Deva Fénix (Prof. Félix E. Díaz)

 
- Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

El maestro, sin mirarlo, le dijo:

- Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después…-y haciendo una pausa agregó: Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.

- E…encantado, maestro - titubeó el joven pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.

- Bien - asintió el maestro.

Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo al muchacho, agregó-toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete ya y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
 

El joven tomó el anillo y partió.

Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo.
Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo.

En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, y rechazó la oferta. Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado - más de cien personas - y abatido por su fracaso, monto su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.
 

Entró en la habitación.

- Maestro - dijo -, lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.

- Qué importante lo que dijiste, joven amigo - contestó sonriente el maestro -. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él, para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuanto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca, no se lo vendas.
Vuelve aquí con mi anillo.

El joven volvió a cabalgar.

El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:

- Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.

- ¡¿58 monedas?! - exclamó el joven.

- Sí - replicó el joyero -, Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé… si la venta es urgente…

El Joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.

- Siéntate - dijo el maestro después de escucharlo -. Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda
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sábado, 3 de noviembre de 2012

Maeng Nguan, El grillo cantarín

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De Cuentos Folklóricos de Laos 
de la cuentacuentos Maha Bunyok Saen Sunthon


Una noche, Indra escuchó el hermoso sonido de una música que decía “yong, yong, yong”, y se sintió tan complacido que tuvo enormes deseos de recompensar al cantante. Así que le dijo a sus cortesanos:

- Deben traerme al que cantó esa hermosa canción anoche. Quisiera escuchar más de ella.

Así que los cortesanos salieron de palacio proclamando:

- Que dé un paso al frente el que haya cantado esa hermosa canción anoche. El Gran Indra quiere escuchar más de tu canción.

El geco dio un paso adelante y dijo:

- Yo canté esa canción tan hermosa anoche

- Entonces dime qué necesito preparar para tu función de esta noche ante el Gran Indra - preguntó uno de los cortesanos.

- Tienes que preparar una pipa de bambú de buen tamaño y colgarla de un pilar en la galería del Gran Indra - contestó el geco.

Todo fue preparado antes del anochecer. Al caer la noche, el geco se arrastró al interior de la pipa de bambú y comenzó a cantar su canción: "tod, tod, tod, tappo, tappo, tappo”

Entonces, el Gran Indra dijo: “Oh, cantaste de forma hermosa. Te recompensaré con una chaqueta muy colorida para que uses”.

A la noche siguiente, el Gran Indra nuevamente escuchó: “yong, yong, yong”, la misma canción tan hermosa. “La canción que se cantó anoche fue hermosa, pero no es la misma”. Así que les dijo a sus cortesanos:

- Aún puedo oír esa hermosa canción. La misma que escuché antes de que viniese el geco a cantar la suya. Por favor, encuentren al que canta esta canción

Así que los cortesanos volvieron a salir con la misma proclama:

- Que dé un paso al frente quienquiera que haya cantado esa hermosa canción anoche. El Gran Indra quiere escuchar más de tu canción.

La rana toro dio un paso adelante y dijo:

- Yo canté esa hermosa canción anoche

- Entonces dinos qué debemos preparar esta noche para tu función ante el Gran Indra - preguntaron los cortesanos.

- Deben tener listo un cuenco de buen tamaño lleno de agua y colocarlo al pie de las escaleras en la galería del Gran Indra - dijo la rana toro.

Todo fue preparado antes del anochecer. Al caer la noche, la rana toro saltó dentro del cuenco y comenzó a cantar su canción: “Hueng aang, hueng aang, hueng aang”.

El Gran Indra dijo entonces:

- Oh, cantaste un hermosa canción; y tú también mereces vestir una hermosa chaqueta

A la noche siguiente, el Gran Indra nuevamente escuchó: “yong, yong, yong”, la misma hermosa canción. “La canción que cantó la rana toro anoche fue hermosa, pero no es la misma”. Así que les dijo a sus cortesanos:

- ¿Saben que todavía puedo oír esa hermosa canción? La misma que escuché antes de que vinieran el geco y la rana toro a cantar. Por favor vayan a buscarme a ese cantante.

Esta vez los cortesanos se cruzaron con Maeng Nguan, el grillo cantarín. Así que le preguntaron:

- ¿Tú cantaste esa canción tan hermosa anoche?

- Sí, fui yo. ¿Por que preguntan? - quiso saber Maeng Nguan, el grillo cantarín.

- Al Gran Indra le gustaría escucharte cantar nuevamente esta noche. ¿Quisieras venir?

- Claro que iré -, dijo Maeng Nguan, el grillo cantarín.

- Entonces dinos qué debemos preparar para tu función esta noche ante el Gran Indra - preguntó uno de los cortesanos.

- Oh, absolutamente nada. Simplemente volaré hacia la luz del pilar en la galería del Gran Indra y cantaré - dijo Maeng Nguan, el grillo cantarín.

Así que esa noche Maeng Nguna, el grillo cantarín, voló hasta la luz del pilar en la galería del Gran Indra y empezó a cantar: “Yong, yong, yong”

El Gran Indra se encontraba tan complacido y contento con Maeng Nguan, el grillo cantarín, que le concedió comer de la comida de los dioses y también le dio ojos divinos. Por eso el grillo puede ver tanto de noche como de día y no se alimenta de comida ordinaria, sino que disfruta de las gotas de rocío del cielo.
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Más de buen Cosplay de The King of Fighters

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Buen provecho ^^
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viernes, 2 de noviembre de 2012

La bolsa con cuentos


De Cuentos folklóricos camboyanos

“Cuéntame otro cuento, por favor”, suplicó Lom. “No ya es hora de dormir”, contestó su anciano criado. Así que el pequeño se acurrucó en la cama y pensando en la historia que acaba de escuchar.

Desde que Lom era muy niño, el viejo criado le contaba cada noche historias maravillosas: cuentos sobre enormes gigantes y poderosos magos, tigres feroces y sabios elefantes, emperadores opulentos y hermosas princesas. Cada noche tocaba una historia nueva, y a Lom le encantaba escucharlas. Sabía que el criado había oído los cuentos de labios de su madre, su abuela, su bisabuela, y que eran historias muy antiguas.

Lom solía alardear delante de sus amigos de saberse muchos cuentos. “¿Por qué no nos cuenta uno?”, le pedían una y otra vez. “No –gritaba Lom-, son míos, y no se los contaré a nadie”. Todo el mundo sabe que los cuentos están para ser contados, pero como Lom no los compartía con nadie, se iban quedando aprisionados en una vieja bolsa, colgada en su habitación.

Lom siguió creciendo, acompañado por los cuentos que el viejo criado le contaba cada noche, y se convirtió en un apuesto joven. Decidió casarse con una bonita joven de un pueblo vecino. La noche antes de la boda, el viejo criado oyó unos extraños murmullos en la habitación de Lom. ¿Qué será eso?”, refunfuño, y se puso a escuchar atentamente. Los murmullos venía de la vieja bolsa. Eran los cuentos, que charlaban entre sí lamentándose: “Mañana se casa y por su culpa nos quedamos aquí apretujados”. “Debió dejarnos salir”, se quejó otro cuento. “Le haremos pagarlo caro”, gritó un tercero. “Tengo un plan”. Dijo el primer cuento. “Cuando vaya mañana al pueblo para la boda le entrará sed. Me convertiré en pozo y, cuando beba agua, le entrará un dolor de estómago terrible”.
“Por si el plan no funciona, yo me convertiré en sandía. Cuando se la coma, sufrirá un dolor de cabeza espantoso”, dijo el segundo cuento. “Yo me convertiré en serpiente y le morderé”, dijo el tercero. “Sentirá un dolor insoportable en la pierna.” Y los cuentos se rieron cruelmente tramando su venganza.
 
El viejo sirviente se quedó horrorizado. “¿Qué hago?”, se preguntó. “Tengo que evitarlo”. El criado pasó toda la noche entera pensando como salvar al joven.

Por la mañana, cuando Lom se disponía a partir en su caballo al pueblo vecino, el criado salió apresuradamente y agarró las bridas del animal. Guió al animal por las colinas hasta llegar a un pozo.
“¡Alto! – gritó Lom
, tengo sed”, pero el anciano hizo seguir al caballo sin detenerse en el pozo. Al poco llegaron a sembrado repleto de sandias. “¡Para!, gritó Lom.
“Estoy muerto de sed. Quiero una sandía”. El criado no quiso detenerse y siguieron adelante.
 
Llegaron al pueblo y durante la boda el criado se pasó todo el tiempo mirando por todas partes, pero no vio ninguna serpiente.
 
Al anochecer, los novios se dirigieron a su casa. Los vecinos habían cubierto todo elmsuelo de la casa de alfombras.
De repente, el viejo criado entró corriendo en los aposentos de los novios. “¿Cómo te atreves a entrar aquí de ese modo?”
El viejo criado levantó la alfombra y dejó al descubierto una serpiente venenosa. La cogió por la cabeza y la tiró por la ventana. “¿Cómo sabías que estaba ahí?”, preguntó Lom asustado.
El criado le habló de los cuentos apretujados en la bolsa y de sus planes de venganza por haberlos olvidado y no compartirlos con nadie.
 
Desde aquel día Lom empezó a contarle los cuentos a su mujer. Uno por uno, fueron saliendo todos los cuentos de la bolsa con gran alegría.
Año más tardes, Lom se los contó a sus hijos, y a su vez, ellos se los contaron a los
suyos.
Hoy en día se siguen contando. Lo sé muy bien, porque yo también los he escuchado y porque yo uno de esos cuentos apretujados en la bolsa.
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