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viernes, 3 de octubre de 2014

Los efectos psíquicos del LSD

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De La Historia del LSD. Balance Crítico de sus aplicaciones
 y efectos realizado por su descubridor
de 
Albert Hofmann


Los efectos psíquicos del LSD, generados por cantidades tan ínfimas de sustancia, son demasiado significativos y multiformes para que puedan explicarse a través de cambios tóxicos de las funciones cerebrales. Si sólo se tratara de un efecto tóxico en el cerebro, las experiencias con LSD no tendrían una importancia psicológica y psiquiátrica, sino sólo psicopatológica. Más bien deben de cumplir un papel las modificaciones en la conductibilidad de los nervios y la influencia en la actividad de las sinapsis, que han sido demostradas experimentalmente. De este modo podría lograrse también una influencia sobre el sistema su mamente complejo de conexiones transversales y sinapsis entre los miles de millones de células cerebrales en el que se fundan las actividades psíquicas y espirituales superiores. Habrá que investigar en esta dirección para explicar el profundo efecto del LSD.
 

De las cualidades de acción del LSD resultaban numerosas posibilidades de aplicación médico-psiquiátrica, ya señaladas por W. A. Stoll en su citado estudio fundamental. Por eso, Sandoz puso la nueva sustancia activa a disposición de los institutos de investigación y del cuerpo médico, en forma de preparado experimental con el nombre de marca de «Delysid» (del alemán, D-Lysergsäürediathylamid) que yo había propuesto. El prospecto adjunto describía esas posibilidades de aplicación y daba las medidas de precaución correspondientes.
 

La aplicación del LSD para el relajamiento anímico en la psicoterapia analítica se basa sobre todo en los efectos consignados a continuación.
 

En la embriaguez lisérgica la imagen cotidiana del mundo experimenta una profunda transformación y sacudida. Con esto se puede conectar una relajación o incluso supresión de la barrera yo/tú. Ambas sirven para que los pacientes que estén empantanados en una problemática egocéntrica puedan desprenderse de su fijación y su aislamiento, establecer así un mejor contacto con el médico y ser más abiertos a la influencia psicoterapéutica. En el mismo sentido se traduce una mayor influenciabilidad bajo los efectos del LSD.
 

Otra característica importante, psicoterapéuticamente valiosa de la embriaguez del LSD, consiste en que los contenidos de experiencias olvidadas o reprimidas a menudo vuelven a la conciencia. Si se trata de los acontecimientos traumáticos buscados en el psicoanálisis bajo la influencia del LSD, se revivieron recuerdos incluso de la primera infancia. No se trata aquí de un recordar común, sino de un verdadero revivir, no de réminiscence, sino de réviviscence, como lo ha formulado el psiquiatra francés Jean Delay.
 

El LSD no actúa como un verdadero medicamento, sino que cumple el papel de un recurso medicamentoso en el marco de un tratamiento psicoanalítico y psicoterapéutico, capaz de dar una mayor eficacia y una menor duración a dicho tratamiento. Con esta función se lo aplica de dos formas distintas.
 

Uno de los procedimientos, desarrollado en clínicas europeas y conocido como terapia psicolítica, se caracteriza por la administración de dosis medias de LSD durante varios días de tratamiento separados por intervalos. Las experiencias de LSD se elaboran en la posterior conversación de grupo y en una terapia de de expresión a través del dibujo y la pintura. El término «terapia psicolítica» (psycholytic therapy) fue acuñado por Ronald A. Sandison, terapeuta inglés de la corriente de Jung y pionero de la investigación clínica del LSD. La raíz lysis indica la disolución de tensiones o conflictos en la psique humana.
 

En el segundo procedimiento, la terapia preferida en los EE. UU., después de la correspondiente preparación espiritual intensa del paciente se le administra una dosis única, muy fuerte (0,3-0,6 miligramos) de LSD. En este método, designado «terapia psicodélica»(psychedelic therapy), se trata de desencadenar mediante una reacción de shock de LSD una experiencia místico-religiosa. Ésta ha de servir en el tratamiento psicoterapéutico subsiguiente como punto de partida para una reestructuración y cura de la personalidad del paciente. La denominación de psychedelic, que puede traducirse como «descubridor o revelador del alma», fue introducida por Humphry Osmond, un pionero de la investigación del LSD en los Estados Unidos.
 

El aprovechamiento del LSD como recurso medicamentoso en psicoanálisis y psicoterapia se basa en efectos opuestos a los que provocan los psicofármacos del tipo de los tranquilizantes. Mientras que éstos más bien tapan los problemas y conflictos del paciente, de modo que parezcan menos graves e importantes, el LSD, por el contrario, los pone al descubierto; el paciente los vive con mayor intensidad, con lo cual los conoce con mayor nitidez y se tornan más accesibles al tratamiento psicoterapéutico.
 

La utilidad práctica y el éxito del apoyo medicamentoso del psicoanálisis y la psicoterapia mediante el LSD aún son materia de discusión entre los círculos profesionales. Pero lo mismo vale para otros procedimientos empleados en psiquiatría, como el electroshock, la insulinoterapia o la psicoquirurgia, cuya aplicación encierra, además, un riesgo mucho mayor que la de LSD. El empleo de LSD en condiciones apropiadas puede considerarse prácticamente inocuo.
 

Numerosos psiquiatras piensan que la rápida vuelta a la conciencia de experiencias olvidadas o reprimidas, que ha podido observarse a menudo como resultado de la acción del LSD, no es una ventaja sino una desventaja. Opinan que no alcanza el tiempo necesario para la elaboración psicoterapéutica, y que en consecuencia el efecto curativo es menos duradero que con una lenta concienciación de las vivencias traumáticas y su tratamiento escalonado.
 

Tanto la terapia psicolítica cuanto, y especialmente, la psicodélica, exigen una preparación a fondo del paciente para la experiencia de LSD; no debe atemorizarse con lo desacostumbrado, extraño. También es importante la selección de los pacientes, puesto que no todas las clases de perturbaciones psíquicas responden igual de bien a estos tratamientos. Por lo tanto, una aplicación exitosa del psicoanálisis y la psicoterapia apoyados por el LSD presupone unos conocimientos y unas experiencias especiales.
 

Estas incluyen también autoensayos del psiquiatra, cuya utilidad había señalado ya w. A. Stoll. La experiencia personal le permite al médico formarse una idea inmediata de los extraños mundos de la embriaguez del LSD, y tan sólo eso le posibilita comprender verdaderamente estos fenómenos en sus pacientes, interpretarlos con un análisis correcto y aprovecharlos plenamente.
 

Los pioneros en el empleo de LSD como auxiliar medicamentoso en psicoanálisis y psicoterapia que merecen citarse en primer lugar son A. K. Busch y w. C. Johnson, S. Cohen y B. Eisner, H. A. Abramson, H. Osmond, A. Hoffer, en los Estados Unidos; R. A. Sandison, en Inglaterra; W. Frederking, H. Leuner, en Alemania; G. Roubicek y St. Grof en checoslovaquia.
 

La segunda indicación del prospecto de Sandoz sobre Delysid para el LSD se refiere a su aplicación en exámenes experimentales sobre la naturaleza de la psicosis. Se basa en el hecho de que los estados psíquicos excepcionales creados experimentalmente con LSD en personas sanas se parecen a algunas manifestaciones en ciertas enfermedades mentales. Sin embargo, la opinión sustentada en algunas partes al comienzo de la investigación del LSD, de que en la embriaguez de LSD se estaba en presencia de una suerte de «psicosis modelo», se fue dejando de lado, porque unas amplias investigaciones comparativas dieron como resultado que existen diferencias sustanciales entre las formas en que se manifiestan las psicosis y la experiencia de LSD. Con todo, el modelo de LSD permite estudiar desviaciones del estado psíquico y mental normal y las modificaciones bioquímicas y electrofisiológicas que suponen. Posiblemente así podamos formarnos una idea más acabada de la naturaleza de las psicosis. Según algunas teorías, determinadas enfermedades mentales podrían estar provocadas por productos psicotóxicos finales del metabolismo, que ya en cantidades mínimas pueden modificar la función de las células del cerebro. En el LSD se ha encontrado una sustancia que no aparece en el organismo humano, pero cuya existencia y acción muestran que podría haber productos finales anormales del metabolismo que provoquen perturbaciones mentales aunque no haya más que trazas de estos productos. Con ello, la concepción de la génesis bioquímica de determinadas enfermedades mentales ha encontrado un nuevo apoyo, y se ha visto estimulada la investigación en este sentido.
 

Una aplicación medicinal de LSD, que toca los fundamentos de la ética médica, es su administración a moribundos. Se basa en observaciones realizadas en clínicas americanas: muestran que los dolores muy fuertes de enfermos de cáncer que ya no respondían a los analgésicos convencionales, eran atenuados o eliminados totalmente por el LSD. Es posible que no se trate aquí de una acción analgésica en el verdadero sentiIdo. La desaparición del dolor debe producirse más bien porque el paciente sometido a la influencia del LSD se separa psíquicamente de su cuerpo hasta tal punto que el dolor físico ya no penetra en su conciencia. También en esta aplicación del LSD son decisivos para el éxito del tratamiento la preparación y el esclarecimiento del paciente respecto del tipo de experiencias y de transformaciones que le aguardan. En muchos casos fue también benéfica la conducción de los pensamientos hacia cuestiones religiosas, realizada por un sacerdote o por un psicoterapeuta. Hay numerosos informes sobre pacientes quienes liberados del dolor en su lecho de muerte, fueron partícipes de una comprensión profunda de la vida y de la muerte, en el éxtasis provocado por el LSD. Luego, reconciliados con su destino, aguardaron su última hora terrenal sin temor y en paz.
 

Las experiencias habidas hasta ahora en el terreno de la administración de LSD a enfermos de muerte se recopilaron en el libro The Human encounter with Death, de St. Grof y J. Halifax (E. P. Dutton, Nueva York, 1977).* Junto a E. Kart, S. Cohen y w. A. Pahnke, estos autores son algunos de los pioneros de esta aplicación del LSD.
 

La última publicación detallada acerca del empleo del LSD en psiquiatría, en la que se procede a una interpretación crítica de la experiencia del LSD a la luz de las concepciones de Freud y Jung, así como los del análisis del «Dasein» (existencia), pertenece también al psiquiatra checo St. Grof, emigrado a los EE.UU: Realms of the Human Unconscious. Observations from LSD Research (El inconsciente humano. Observaciones sobre los estudios con LSD) (The Viking Press, Nueva York, 1975).
 

* El encuentro del hombre en la muerte.
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domingo, 15 de diciembre de 2013

La música y la felicidad

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Extracto de El viaje a la felicidad de Eduardo Punset
 (Del capítulo 7: La felicidad programada: 

la comida, el sexo, el alcohol, la música y el arte
[Las artes plásticas y la música])

Todos los humanos compartimos -y los esquizofrénicos y los deprimidos bipolares en mayor grado- un rasgo biológico cognitivo de nuestra personalidad que es la desinhibición. A mayor desinhibición, mayor creatividad y, por lo tanto, más expedito queda el camino para la creatividad artística y musical. Las artes plásticas y la música generan, como la buena comida, el sexo y las drogas, un sentimiento de bienestar. Escuchar buena música y componerla forma parte, igualmente, del sistema motivacional y de recompensa que garantiza la supervivencia mediante la búsqueda del bienestar. Quizás componer música resulte más misterioso para la gran mayoría que preparar una receta exquisita, pero no es una razón suficiente para intentar separarla, alegando una supuesta espiritualidad de la música, del entramado de circuitos neuronales.

Las investigaciones mas recientes han revelado que la música, al actuar sobre el sistema nervioso central, aumenta los niveles de endorfinas, los opiáceos propios del cerebro, así como los de otros neurotransmisores, como la dopamina, la acetilcolina y la oxitocina. De las endorfinas se ha descubierto que dan motivación y energía ante la vida, que producen alegría y optimismo, que disminuyen el dolor que contribuyen a la sensación de bienestar y que estimulan los sentimientos de gratitud y satisfacción existencial.

En el Centro de Investigación de la Adicción de Stanford (California), el científico Avram Goldstein comprobó que la mitad de las personas estudiadas experimentaba euforia mientras escuchaba música. Las sustancias químicas sanadoras generadas por la alegría y riqueza emocional de los sonidos capacitan al cuerpo para producir sus propios anestésicos y mejorar la actividad inmunitaria. Goldstein formuló la teoría de que las « emociones musicales », es decir, la euforia que produce escuchar cierta música, eran consecuencia de la  liberación de endorfinas por la glándula pituitaria, es decir, fruto de la actividad eléctrica que se propaga en una región del cerebro conectada con los centros de control de los sistemas límbico y autónomo.
Más recientemente, el Joumal of che American Medical Association publicó los resultados de un estudio de terapia musical realizado en Austin en 1996. La estimulación de la música aumenta la liberación de endorfinas y disminuye la necesidad de medicamentos. « También es un medio para distraerse del dolor y aliviar la ansiedad », explicó uno de los ínvestigadores. En un estudio publicado el año 2001 porAnneJ. Blood, de la Uni-versidad MacGiil de Montreal, y Robert J. Zatorre, de la Universidad Washington de San Luis, Missouri, se demuestra, mediante tomografía por emisión de positrones (PET), que las respuestas placenteras a la música están correlacionada, con la actividad de las regiones del cerebro implicadas en los mecanismos de recompensa y emoción. Entre .éstas se encuentran la amígdala, el córtex prefrontal, el córtex orbitofrontal y otras estructuras que también se activan en respuesta a otros estímulos inductores de euforia como la comida, el sexo o las drogas.
Este estudio sugiere que la música recluta sistemas neuronales similares a los que responden específicamente a los estímulos biológicamente importantes, relacionados con la supervivencia - como el sexo y la comida, y también a otros que se activan artificialmente mediante las drogas, la activación de estos sistemas cerebrales por parte de la música podría represen-tar - de acuerdo con estos investigadores -, una propiedad emergente de la complejidad de la cognición humana.
La capacidad de la música de inducir un intenso placer, y la estimulación del sistemas de recompensa endógeno. sugieren que, aunque la música no es estrictamente necesaria para la supervivencia de la especie humana, constituye un beneficio significativo para nuestro bienestar físico y mental.

Sin embargo, a lo largo de los siglos, se ha, imbuido al arte una dimensión especial, espiriual y cultural que lo distinguiría, de alguna manera, de los atajos más prosaicos hacia la felicidad, relacionados principalmente con el sistema serotonil. Las « bellas artes » despertarían reacciones afectivas positivas, por describir de alguna manera las sensaciones placenteras o incluso euforizantes que puede causar el arte frente a respuestas meramente sensoriales.
Hasta hace pocos años, las preguntas en torno a la filosofía del arte no pretendían hallar respuestas científicas, en parte porque no existían los medios  para comprobar las reacciones cerebrales ante los estímulos artísticos. Tampoco parecían interesar excesivamente las posibles respuestas de la ciencia frente a un mundo artístico que parecía mágico, casi religioso. El arte conmovía las mentes, agitaba el espíritu, alegraba los ánimos decaídos.
El arte « funcionaba », y eso bastaba. Actualmente se están desarrollando importantes investigaciones sobre el efecto del arte en el cerebro, como las mencionadas en los párrafos anteriores, y se dispone ya de datos científicos que pueden contraponerse a las teorías clásicas del arte barajadas hasta ahora.
Aquí sugerimos que el arte y la música formaban parte de la « búsqueda de amparo » del hombre primitivo, que anonadado por la angustia del miedo, buscaba respuestas en la religión, el arte y la organización política. Se trata de una búsqueda mediatizada por el sistema límbico para paliar las dificultades de la supervivencia.
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lunes, 1 de julio de 2013

Sobre el lóbulo frontal...

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 De Tu Cerebro Inmortal: El arte de la observación
del Dr. Joe Dispenza

Una publicación de noviembre de 2004, se anunció que un grupo de científicos de la Universidad de Wisconsin decidió ver si la observación o prestar atención, era una habilidad como cualquier otra cosa. Diseñaron un experimento en el que reunieron a un grupo de monjes budistas. Monjes que habían estando meditando y concentrándose en conceptos como la compasión, el amor y la divinidad.

Durante largos períodos de tiempo, la mayoría de estos monjes había pasado entre diez mil y cincuenta mil horas de meditación. Así que esta gente sabía prestar atención; formaron otro grupo de control con personas que nunca se habían centrado en algo con su mente desde su interior.

Les dijeron a los monjes: - ¿Entrenarían a esta gente durante una semana, para ver si aprenden a desarrollar el arte de la meditación? -. Entonces conectaron unos doscientos cincuenta y seis electrodos en todo el cerebro de los monjes, para medir que tipo de actividad se registraba cuando estos monjes prestaban atención; luego harían lo mismo con el grupo de control.

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Cuando estos ocho monjes se conectaron a este escáner, cuando se concentraron en un concepto como la compasión, cuando se concentraron en una idea dentro de sí mismos; su lóbulo frontal se encendió, como nada que hubiesen visto los científicos anteriormente.
La actividad del lóbulo frontal era enorme, al compararlo con el grupo de control, la gente que recién aprendía a concentrar su mente y a prestar atención. Su capacidad de mantener fijo ese pensamiento había tenido muy poco efecto en el lóbulo frontal.

Los científicos sabían que un área específica en el lado izquierdo del lóbulo frontal, es donde experimentamos alegría y felicidad. En un monje en particular, el escáner mostraba que la actividad cerebral del lóbulo frontal era tan grande, que los científicos dijeron: -Debe ser el hombre más feliz del planeta-, debido a esa gran actividad. Cuando los científicos empezaron a especular y a ver los efectos de ese experimento, se dieron cuenta de que a lo mejor la observación y la tensión es una habilidad.

Tal vez, al igual que el tenis o el golf, podemos desarrollar la habilidad de prestar atención. Y si desarrollamos esta habilidad tendríamos cada vez más capacidad y como efecto y resultado nuestro cerebro realmente cambiaría.
De modo que la observación es una habilidad como cualquier otra, si podemos desarrollarla, quizás no solo las pequeñas partículas subatómicas respondan a nuestro mundo; sino incluso las partículas subatómicas más grandes o los objetos más grandes, tal vez respondan de acuerdo a nuestra capacidad de observar.

En los años treinta en los Estados Unidos, se realizó un experimento con un grupo de chimpancés agresivos, que presentaban rasgos personales antisociales. Los científicos dijeron: - Bueno veamos si al hacer un experimento, una operación en el lóbulo frontal, cambia el comportamiento de estos chimpancés-. Tomaron un instrumento parecido a un pico para el hielo, lo insertaron en el lóbulo frontal de los chimpancés y empezaron a revolver. Lo llamaron el experimento “picahielo”. Después del experimento, los monos de
volvieron muy dóciles, muy controlables y dejaron de ser agresivos hacia los demás chimpancés.
 
Durante esta época en los Estados Unidos, a finales de los treinta, las instituciones psiquiátricas estaban atestadas de gente con la misma enfermedad. Trastornos de personalidad antisocial y rasgos agresivos, debido a la depresión de los años treinta; era muy costoso administrar medicina a esta gente a fin de mantenerlos bajo control.
De modo que los científicos de cierta universidad dijeron: - ¿Por qué no probamos este experimento en algunos pacientes de estas instituciones?, ahorraríamos mucho dinero en medicinas -. Entonces escogieron algunos pacientes, los llevaron al quirófano mientras dormían y los anestesiaron con pentatol. Una vez anestesiados insertaron un bisturí por debajo del párpado y perforaron la parte más blanda del cráneo, detrás del globo ocular. Cuando perforaron el cráneo en esa área con un bisturí, la rasparon de lado a lado, se llamó el experimento “limpiaparabrisas”.

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Por supuesto como ya sabemos eso es una lobotomía. Cuando retiraron el bisturí, suturaron las incisiones y los llevaron a sus habitaciones; estos sujetos de pronto comenzaron a comportarse de otro modo, notaron cosas muy interesantes en estas personas, que era el efecto de la lobotomía. Lo primero fue que todas ellas se volvieron perezosas y letárgicas, lo siguiente fue que carecían de inspiración, perdieron la iniciativa de hacer cosas. También notaron que tenían un enorme deseo de hacer lo mismo de siempre. En otras palabras, les gustaba escuchar la misma estación de radio, comer la misma comida, usar la misma ropa y si les alteraban la rutina de alguna manera, se desmoronaban emocionalmente.
Así que tenían un deseo tremendo de hacer siempre lo mismo. También se dieron cuenta de que no se podían concentrar en una tarea única. En otras palabras, empezaban algo y se distraían, empezaban otra cosa y se distraían, y empezaban otra cosa. Nunca terminaban un ciclo de acción.
También se dieron cuenta de que no podían entender el significado de la situación, no podían aprender nada nuevo, no podían modificar su conducta. Así que se atascaban a la rutina de hacer algo una y otra vez insistentemente, que nunca modificaban su conducta en ninguna circunstancia. Y lo último que percibieron es que no podían proyectarse al futuro, no podían hacer planes para el futuro, no podían proyectar ideas al futuro. Por ejemplo: si se ataban el cordón de los zapatos y el cordón se rompía, en vez de buscar uno nuevo seguían tratando de atar el mismo cordón, aunque estuviese roto.
 
Entonces si consideramos esto, un daño en el lóbulo frontal produce ciertos efectos en la gente. La gente se vuelve perezosa, letárgica y sin inspiración. Pierde la iniciativa, tiene un deseo de hacer siempre lo mismo, no hace nada nuevo. No puede proyectarse al futuro, no aprende nada nuevo y se distrae fácilmente.

Bueno, esto empieza a parecerse a la mayoría de la gente de nuestra cultura, y la razón esque no hemos dominado la capacidad de usar el lóbulo frontal apropiadamente.

Quizás no hemos dominado el arte de la observación, quizás la observación es un arte en sí mismo. Que la mayoría de las personas se distrae tanto con su mundo externo, que no usa el lóbulo frontal debidamente. Si lo pensamos, todo lo que nos rodea le envía constantemente información al cerebro. Nuestros sentidos nos permiten interpretar la realidad, nuestros sentidos nos permiten responder a la información del mundo exterior.
 
Mientras creamos que el mundo exterior es más real que el mundo interior, siempre usaremos los mismos circuitos del cerebro para procesar esa información.
Cuando aceptamos que el mundo interior afecta al mundo exterior, tenemos que empezar a usar el lóbulo frontal. Científicamente sabemos que es cierto, indudablemente cierto, que el cerebro está influenciado y moldeado por el entorno, eso lo sabemos específicamente.

Sin embargo la ciencia también está empezando a descubrir que nuestro cerebro está influenciado y moldeado por nuestra capacidad de prestar atención. Y que cuando podemos prestar atención y tenemos la capacidad de adquirir conocimiento y fijar ese conocimiento en nuestro cerebro, empezamos a crear nuevos circuitos.

Cuando somos capaces de hacer nuevos circuitos, empezamos a percibir la realidad de otra manera, según las conexiones establecidas en nuestro cerebro. Veamos un ejemplo: supongamos que yo tomara un cuadro de Monet, por ejemplo, y lo pusiera sobre una pantalla aquí arriba y dijera: - échale un vistazo a este cuadro de Monet y sólo disfruta del cuadro -. La mayoría de la gente miraría el cuadro unos minutos, reconocería ciertos objetos en el cuadro y diera por terminado el asunto.


Ahora bien, si quitase el cuadro y te dijera: - quiero contarte algo acerca de Monet, ¿Sabías que pasó cuarenta y cuatro años de su vida tratando de entender como se unificaba todo el mundo? Le interesaba especialmente el estudio de la luz, le encantaba la luz de primera hora de la mañana, y la luz del atardecer y del anochecer. Él pensaba que la mayor parte de la gente nunca se detenía a prestar atención al efecto que tiene la luz en las flores, en los colores y el entorno. Y se desvivía por pintar con pasteles y colores, iluminar las cosas según la luz de esa hora del día en particular. Y decía cosas como: " el puente y la piscina no están separados en realidad, son la misma cosa y sólo puedo pintarlos de ese modo". Y al envejecer contrajo cataratas, y sus cataratas eran muy gruesas, así que cuando percibía la luz, esa luz que él percibía, se difuminaba en sus ojos, y él efectivamente empezó a pintar lo que veía -.

Si después de darte está información, volviera a colocar el cuadro y miraras de nuevo a este Monet, seguramente lo percibirías de manera diferente, según tu capacidad de prestar atención a los detalles.
 
En realidad lo que sucedió en un primer momento fue que te dimos conocimiento e información que tu cerebro descartó, y tú mirabas el cuadro basándote en las conexiones que se forman en tu cerebro a partir de lo que sabias.

En cuanto le damos al cerebro información nueva, y el cerebro puede prestar atención a esa información por medio del lóbulo frontal, empezamos a ver cosas que ya existían, pero que las hemos dejado fuera de la ecuación.
 
Otro ejemplo: un conocedor de vinos, si un conocedor de vinos agita y saborea el vino, él o ella tiene los circuitos en su cerebro que le permiten apreciar las sutilezas. Reconoce el sabor de los taninos y de los ácidos, puede oler el bouque y los aromas. Eso puede integrarse en datos más específicos acerca de robles, y diferentes clases de uvas. Puesto que su cerebro ha sido educado, y él ha establecido circuitos, y por que ha puesto atención en percibir las diferencias en la realidad llamada “catar el vino”, es capaz de percibirlas sutilezas.
Ahora bien, para las personas que no tienen instalados los circuitos de esas experiencias en particular y que no tiene las conexiones en su cerebro, que le permitan saber que buscar, ese vino sabrá como cualquier otro vino, y así es como funciona la realidad. 

Percibimos la realidad según la estructura de las conexiones del cerebro. Los científicos han hecho ciertos experimentos para comprobar si esto es realmente cierto, y llegaron a la conclusión de que sí lo es.

Convocaron a un grupo de personas y les preguntaron si querían participar en un experimento, en el cual tendrían que usar gafas durante dos semanas. Ahora bien, estas gafas no eran comunes y corrientes, estaban divididas a la mitad y al mirar a la izquierda se veía azul, y al mirar a la derecha amarillo. Así que, las lentes estaban separadas de manera que un lado era azul y el otro amarillo. Y les dijeron: - Queremos que uséis estas gafas para todo lo que hagáis durante el día, usadlas cuando llevéis a vuestros niños a la escuela, cuando vayas a trabajar, usadlas para todas vuestras actividades habituales, y usadlas durante dos semanas.
Entonces diferentes personas usaron estas gafas cierto tiempo, y al final del experimento se los invito a regresar al laboratorio. Cuando los participantes llegaron al laboratorio se les dijo: - Lo que queremos ahora es que miréis este trozo de papel -, era una hoja de papel blanco, y les preguntaron: - ¿Qué color veis cuando miráis este papel?-. Cada una de las personas que participo en el experimento dijo: - Es una hoja de papel blanco -. Bien les dijeron: -Mirad a la izquierda, ¿Veis un trozo de papel azul allí? -. No, respondieron. - Y cuando miráis a la derecha, ¿Veis un trozo de papel amarillo? -. Dijeron no.
 
Así que los científicos tuvieron que dar marcha atrás, porque se dieron cuenta de que esas personas estaban “coloreando” la realidad, de acuerdo con su memoria. Estaban “revistiendo” la apariencia de las cosas según los circuitos que ya tenían instalados. Y cuanto más participaban en el mundo, más rápido se desvanecía el color para ellos.
Esencialmente eso es lo que hacemos en la realidad, nuestro cerebro está interconectado de una cierta manera, estamos provistos de una cierta cantidad de circuitos en nuestra vida, y luego ampliamos esos circuitos con las conexiones que establecemos a partir del conocimiento que adquirimos.
Si no adquirimos nuevos conocimientos usamos siempre los mismos circuitos, lo que hace que la realidad se presente exactamente igual. Si el conocimiento y la información que obtenemos no son convencionales, si se salen de los parámetros de lo que se acepta científica, social y políticamente e incluso de lo que se acepta religiosamente; a lo mejor empezamos a percibir la realidad de otra manera, basándonos en ese conocimiento que hemos adquirido.

El lóbulo frontal, la corona de la evolución del ser humano, nos permite hacer eso, el lóbulo frontal nos da permiso para que el pensamiento sea más real que todo lo demás. El lóbulo frontal nos da permiso para aferrarnos bien a un concepto, a una idea, aferrarnos a una visión, a un sueño, independientemente de las circunstancias presentes en nuestro mundo, de las circunstancias presentes en nuestro cuerpo, y de las circunstancias relacionadas con el tiempo.
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domingo, 30 de junio de 2013

¿Cómo se potencia la creatividad?

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Del artículo ¿Cómo se potencia la creatividad?
de Eduardo Punset
(26 de Noviembre del 2006)

Estamos a punto de comprobar un hallazgo que dará respuesta a una de las preguntas que hemos formulado repetidas veces sin dar con la solución.
Aun partiendo de la premisa de que no hay un solo cerebro idéntico a otro, ¿por qué hay personas que son más creativas que otras? Está claro que hace falta un cierto nivel de inteligencia por debajo del cual es muy difícil la creatividad.
Pero está también demostrado que, siendo un factor necesario, no es suficiente. Vayamos por aproximaciones.

La primera pasa por un descubrimiento de hace algunos años del neurólogo Simon Baron Cohen, que no se relacionó entonces con el nivel de creatividad, sino con las diferencias de sexo. Los hombres eran, en promedio, más sistematizadores y las mujeres, más empatizadoras; es decir, el sexo femenino nace con una mayor facilidad para ponerse en el lugar del otro y el masculino, para lidiar con sistemas como la meteorología, la caza o las máquinas.

Recientemente se ha querido aplicar esta diferenciación a los científicos y a los artistas por separado y se ha comprobado que los científicos son más sistematizadores y los artistas, más empatizadores.
Hasta aquí todo es normal y explicable. Un artista como Picasso se relacionaba con el resto del mundo y Newton, con la Naturaleza. El primero intentaba comunicar su visiónal resto del mundo mediante su pintura y el otro, buscar la razón de los sistemas preguntando a la Naturaleza.

La novedad radica en que se está comprobando que, en contra de todas las apariencias, el porcentaje de creativos en el mundo del arte es mayor que en la comunidad científica. ¿Por qué? La respuesta tiene que ver con unos circuitos cerebrales que los neurólogos llaman ‘inhibidores latentes’. Cuando se activan esos circuitos, tendemos a filtrar y hasta eliminar toda la información o ruido ajenos a la tarea que estamos ejecutando: leer un libro en un tren de cercanías abarrotado de gente, bajar el correo electrónico, escalar una montaña o hacer el  amor. Esos inhibidores latentes han permitido focalizar nuestra atención en una tarea en detrimento de lo irrelevante, garantizando con ello la supervivencia de la especie. Son unos circuitos cerebrales fabulosos para sobrevivir, pero – y éste es el nuevo y sorprendente hallazgo – incompatibles con el pensamiento creativo. Los artistas son más creativos que los  científicos, simplemente, porque no les funcionan bien los inhibidores latentes.
En lugar de concentrarse en el objeto de su investigación, sabiendo cada vez más de menos hasta saberlo todo de nada – como decía Marx de los monetaristas –, los artistas mantienen la mente abierta al vendaval de ideas, coherentes o enloquecidas, que les llegan del mundo exterior.

Es muy fácil leer un libro en el tren cuando los inhibidores latentes funcionan bien. Todo lo que no conviene o es irrelevante no hace mella; ni el ruido ni el pensamiento de los demás. Pero con este tipo de inhibidores es sumamente complicado ser creativo. La creatividad requiere una apertura de espíritu y confianza en las ideas y opiniones de los demás que difícilmente puede darse cuando los inhibidores no tienen imperfecciones flagrantes.

Mi consejo no es tanto que nos esforcemos en ser creativos – se podrá o no incidir en nuestra estructura cerebral – como en saber distinguir entre el pensamiento creativo y el que no lo es en los demás. Desconfiemos de todos aquellos que tienen un mecanismo perfecto de inhibidores neurológicos. Y confiemos en aquellos cuyos defectos les permiten atender a los sentimientos de los otros, intereses diversos, realidades, quimeras; así como desatender – por lo menos durante un rato – lo que es fruto exclusivo de los intereses o las ideas de uno mismo.
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