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miércoles, 25 de marzo de 2015

El néctar de los inmortales

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De Cuentos de los sabios taoístas
de Pascal Fauliot

Wang, que en chino significa "rey", era el nombre que llevaba de manera bastante irónica un humilde campesino que sólo reinaba sobre su miserable choza y su pedazo de tierra, en el valle del río Wei. Por más que se deslomaba en sus parcelas pedregosas, que se escalonaban sobre la ladera de una colina, el sudor no podía volver fértil una tierra ingrata. No todos los días saciaba su hambre y en ocasiones le  reprochaba al dios del Destino el haberle olvidado. Pero su corazón no estaba tan seco como su tierra y en más de una ocasión compartió su escasa comida con un vagabundo o con sus vecinos los gorriones.

Una noche en la que se había quedado dormido, exhausto, sobre su jergón, vio en sueños a uno de esos gorriones a los que a menudo obsequiaba algunas semillas. El pájaro le decía que saliera al exterior para probar suerte, ya que los Ocho Inmortales estaban atravesando el pueblo. Wang se despertó y sintió que un gorrión le estaba picoteando la cabeza. Se levantó, corrió hacia la puerta y, en medio de la bruma difusa que iluminaba un halo de luna, vio unas siluetas en la callejuela. Eran ocho.

Wang se puso su tunica, cogió su bastón, su bolsa, y se deslizó en medio de la noche, sin hacer ruido, para cerciorarse de si el pájaro estaba en lo cierto o si se trataba más bien de un grupo de bandidos, como le susurraba su instinto de campesino. Alcanzó a los viajeros y los observó manteniéndose a una istancia razonable. A través de la niebla creyó distinguir claramente a dos de los famosos inmortales fácilmente reconocibles: Zhang Guo Lao, que abría la marcha montando en su mula blanca, y Li Tieguai, que iba cojeando detrás de los demás con su muleta de hierro. Wang decidió seguirles discretamente con la esperanza de le condujeran al Reino de los Inmortales, donde los festines divinos se suceden en la despreocupación de la eterna juventud.

Al llegar ante el río Wei, el viejo que marchaba en cabeza dijo a su mula:

- Venga, despacio, bonita, procura caminar ligera para no salpicar a nuestros compañeros.

Y entonces Wang vio a la blanca montura cruzar el impetuoso curso de agua rozando apenas con sus pezuñas la superficie de las ondas. Tras ella, otros Inmortales caminaron a su vez sobre el río. Pero Li Tieguai, el mendigo cojo, llamó a sus compañeros y, sin girarse, les dijo a gritos:

- ¿Qué vamos a hacer con ese mortal que nos sigue? He Xiangu, la patrona de las magas, le contestó:

- ¡Si está preparado, pasará a la otra orilla; si no, se quedará en ésta! Hazle pasar la prueba.

Li Tieguai hizo señas a Wang para que se acercara y le dijo:

- Para cruzar el río sin ahogarte, debes cumplir tres condiciones. La primera, caminar sobre el agua mirando recto hacia adelante y sin pensamientos impuros. ¿Te sientes capaz de hacerlo?

Wang asintió con la cabeza. La perspectiva de entrar en el Reino de los Inmortales le daba alas.

- La segunda condición: debes abandonar todo lo que posees, sin tristeza.

- Eso tampoco es difícil, sobre todo para mí, que no tengo gran cosa!

Y Wang arrojó al río su bolsa y su bastón.

El mendigo deforme abrió su cantimplora, rió sarcásticamente y dijo:

- La tercera condición es harina de otro costal. Debes beber un trago de este remedio, que purificará tu cuerpo y lo hará tan ligero como una hoja. Tiéndeme el hueco de tus manos.

Li el cojo vertió en las palmas del pobre campesino un líquido verdoso, viscoso y nauseabuno. Wang quedó aún más  sorprendido por cuanto esperaba beber uno e esos legendarios licores divinos. Cuando acercó las manos a los labios, se le  encogió el estómago, y con una mueca de repugnancia dejó que la infame mixtura corriera entre sus dedos y se limpió las manos en el río.

- Miserable - refunfuñó el sabio inválido -, has desperdiciado el preciado Néctar de la Inmortalidad que con tanto esmero y paciencia prepara la Reina Madre de Occidente. ¡Que sacrilegio! Te has quedado en las apariencias. No eres digno de seguirnos.

- ¡Te lo ruego! - suplicó Wang -, dame otra oportunidad!

- Tu otra oportunidad - rió sarcásticamente Li el cojo - está en el hueco de tus manos. ¡Haz buen uso de ella!

Y mientras el inmortal desaparecía en la bruma, dando saltitos sobre la cresta de las olas con su muleta de hierro, Wang se miró la palma de las manos. Brillaba en la noche con un extraño resplandor, como dos lámparas de jade.

El campesino no tardó en descubrir el poder de sus manos. Aliviaba los dolores, curaba las enfermedades. Eran manos de curandero. Hizo buen uso de ellas, se convirtió en médico famoso. Se enriqueció porque sabía hacer que los poderosos le pagaran, pero hacía que los pobres se beneficiaran de ello. Se abstuvo de todo pensamiento egoísta y practicó sin descanso la compasión, condiciones principales para llegar a la otra orilla, la de los Inmortales. Afortunadamente, para él y para sus pacientes, ya que Li el cojo acudió en varias ocasiones, bajo la apariencia del más lamentable de los mendigos, para probar el corazón de nuestro curandero haciendo que le aliviara gratuitamente de sus dolencias. Y si Wang lo hubiese echado, habría perdido de inmediato su poder.

Los méritos de Wang quizá le permitieran más tarde encontrar el camino de la eterna juventud... En todo caso, quedó inmortalizado en la memoria de los chinos con el nombre de Rey de los dedos de Oro, y hay quienes le atribuyen la paternidad de la acupuntura digital, más conocida con su nombre japonés, shiatsu. ¡Una manera muy útil de hacerse inmortal!
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domingo, 18 de enero de 2015

La liberación del espíritu

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De Cuentos de los sabios taoístas
de Pascal Fauliot

Cuenta la leyenda que Li fue, hace mucho tiempo, uno de los discípulos de Lao Tse en persona, el patriarca de los taoístas. Li era un letrado de gran belleza, sumamente elegante. Estaba bastante orgulloso de su persona, sobre todo de su cuerpo, cuya eterna juventud conservaba con la gimnasia taoísta. Tenía al parecer, mucho éxito con las damas... sus poderes eran grandes. Médico, herbolario y taumaturgo, sabía preparar el elixir de los cinco elementos, remedio supremo, que siempre tenía a mano en su cantimplora. El arte del viaje astral tampoco tenía secretos para él. Pero no había alcanzado el grado más alto de realización espiritual, entorpecido sin duda por cierto narcisismo, y por tanto aún no se había forjado un cuerpo inmortal.

En su ermita, el bello Li tenía un discípulo a quien solía confiar la tarea de velar por su cuerpo cuando realizaba viajes astrales. Una tarde se acostó y le dijo a su aprendiz:

- Mi espíritu va a levantar el vuelo hacia el monte Hua, donde va a tener lugar un conciliábulo de Inmortales. Espero encontrar allí a mi Maestro y beber una vez más el néctar de sus palabras. El viaje será largo y peligroso, pues tendré que cruzar puertos ventosos infestados de demonios. Si en seis días no he abierto los ojos, destruirás mi cuerpo. Ya no tendré entonces ninguna posibilidad de regresar a él y no quisiera que un espíritu maligno lo poseyera. Pero debes esperar hasta que los primeros rayos del sol apunten en el horizonte, en la mañana del séptimo día, para encender la pira funeraria. 

Durante la sexta noche, el hermano del discípulo vino a avisarlo de que su madre estaba moribunda y lo había llamado a su lado Debían apresurarse; sin duda no pasaría de aquella noche.
 
Al joven adepto le afligía la idea de llegar demasiado tarde. Pensó que el espíritu de su maestro sin duda estaba prisionero en alguna parte o se había extraviado. Pensó que ya no volvería. Como el alba estaba próxima, apiló leña, depositó el cuerpo sobre la pira y le prendió fuego. Luego corrió a la cabecera de su madre.

Justo antes de que los primeros rayos del sol llegaran a lamer la cima de la montaña, el espíritu de Li sobrevoló la ermita. Cuando vio la hoguera incendiar la noche, comprendió que sus restos se estaban convirtiendo en humo. Se dijo que era una lección del destino, que de ese modo quedaba liberado de aquel cuerpo al cual había estado demasiado apegado. Pero necesitaba encontrar otro para acabar su evolución espiritual y alcanzar la inmortalidad. No quería perder los conocimientos adquiridos en esta vida y que sin duda olvidaría si se reencarnaba por las vías naturales. ¡A veces se requiere más de una vida para recordar lo que uno ya sabe! Debía encontrar un cuerpo enseguida, antes de que sus poderes psíquicos se disolvieran. Y si no lo hacía antes  del alba, su espíritu perdería la fuerza para animar un cadáver aún caliente. Le quedaba muy poco tiempo.
 
Buscó desesperadamente en los alrededores unos restos adecuados, pero no los encontraba. ¡Algunos cuerpos estaban demasiado fríos y totalmente rígidos; otros todavía no habían sido totalmente abandonaos por sus propietarios! El horizonte palidecía, al espíritu de Li le entró pánico. Finalmente percibió un alma que se escapaba de su envoltura carnal. Se precipitó en el cuerpo. ¡era el de un mendigo deforme con un rostro simiesco!
Y fue en este cuerpo poco agraciado donde el espíritu del bello Li alcanzó su objetivo. Así pues, como les gusta repetir a los sabios chinos:

¡Todos los hombres quieren verse libres
de la muerte.
Pero no saben liberarse
de su cuerpo!


Ésta es la razón por la que uno de los Ocho inmortales tiene la apariencia de un mendigo cojo y jorobado. Se le conoce popularmente con el nombre de Li TieGuai. Li el de la Muleta de hierro. Es el patrono de los pobres y de los médicos.cuento
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