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miércoles, 23 de abril de 2014

El esclavo astuto

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De Cuentos de los derviches persas de Sa'di

Un esclavo que pertenecía al Sultán Umrulais, se escapó. Rápidamente enviaron sirvientes en su búsqueda. No llegó muy lejos, lo atraparon, lo trajeron de vuelta y, lleno de cadenas, lo arrojaron a los pies del Sultán.

- Dadle un escarmiento – dijo el visir, que tenía cierta inquina al esclavo -. Ejecutadlo, mi señor, o todos vuestros esclavos tratarán de huir.

El esclavo se humilló ante Umrulais.

- ¡Oh Sultán! – dijo-. Si quieres mi cabeza, no hay nada que yo pueda hacer. A pesar de todo, no habéis sido un mal amo. Me habéis alimentado bien, y con todo, he sido feliz a vuestro servicio. Aun así, me dolería que el día del Juicio Final fueseis castigado por no haber derramado ilegalmente mi sangre. Si debéis matarme, hacedlo de conformidad con la ley.

- ¿En serio? – dijo el Sultán. ¿Te importaría decirme cómo hacer eso?

- Bien – respondió el esclavo. He aquí una forma de hacerlo. Por ejemplo, la ley establece que es completamente justo matar en desagravio por otra muerte. Y si vos me dais permiso para matar a vuestro visir aquí presente, entonces podríais ejecutarme legamente sin ningún temor.

- ¿Qué contesta a esto –preguntó el Sultán, riendo, mientras se dirigía al visir.

Este gimió y levantó los ojos hacía el cielo.

- ¡Es culpa mía! – dijo suspirando. Debería haber recordado el dicho: “Si lanzas una flecha a tu enemigo, no olvides que también eres un blanco fijo para él” Mi señor, antes de ponerme en peligro, ¡os ruego que liberéis a este bellaco!”.

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sábado, 1 de febrero de 2014

Sacar la basura

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De Cuentos de los derviches persas de Sa'di

Cuando el joven viajero saltó de la barca, todo el mundo advirtió que parecía tan sabio, devoto y humilde que solo había un sitio en el que pudiera alojarse.
Llevaron su equipaje al monasterio, donde la piadosa comunidad le dio la bienvenida.
Un día el superior de esa comunidad dijo al joven:

¿Os importaría sacar la basura de la mezquita?

Y esa fue la última vez que lo vieron. Todos estaban desconcertados, pero decidieron que el joven no tenía las aptitudes para trabajar.

Pero, al día siguiente, uno de los servidores de la comunidad lo vio por casualidad al joven y lo detuvo.

Ha sido una estupidez por tu parte irte de esa manera – le advirtió. ¿No sabes que sólo mediante el servicio podrás alcanzar la perfección?

Al oír estás palabras el joven lloró.

¡Oh amigo mío! – Exclamó ¿Qué otra cosa podría hacer? Miré por toda la mezquita y estaba impoluta. Y al final deduje que el superior se estaba refiriendo a mí. Así que me fui de allí para que siguiese pura y sin mancha alguna.
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domingo, 21 de abril de 2013

Un zumbido en el oído

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De Cuentos de los derviches persas de Sa'di

¿Sabéis que el famoso jeque árabe Hatim Tai estaba sordo? ¡Muy poca gente se lo creía!
 

Una mañana, una mosca estaba zumbando mientras trataba de escaparse de la red de una araña. Esta había estado tan quieta y callada que, quizá, la mosca pensó que era un trozo de azúcar. Pero ahora ella estaba a punto de saber que era todo lo contrario.
Hatim Tai se acercó a la esquina de la habitación donde se oía el zumbdio.

- Tu propia codicia te ha atrapado - le dijo a la mosca -. No encontrarás en las grietas o en los recovecos ni miel, ni azúcar, ni caramelos. Lo único  seguro que descubrirás en esos sitios son trapas y celadas. El zumbido se detuvo. La araña tenía a su víctima.

- ¡Pero, Hatim! - exclamó uno de sus ayudantes -. ¿Cómo has podido oír a la mosca? Yo apenas la he percibido, y todo el mundo dice que estás sordo.

- ¡Eres un hombre inteligente! - le respondió Hatim con una sonrisa -. Veo que tendré que contarte lo de mi sordera. Y esta es la historia: la mayor parte  del tiempo, y por razones de estado, estoy rodeado de aduladores. Ese tipo de gente que oculta mis defectos y llena mis oídos de lisonjas. No podía evitar  engañarme con su cháchara. El orgullo creció en mi interior y me hizo desdichado.
Así que poco a poco les dejé creer que estaba sordo, y, lógicamente, todos se pusieron a menear las cabezas con tristeza. Y entonces descubrí dos ventajas:

La primera fue que dejaron de molestarme con sus halagos. Se dieron cuenta muy pronto de que no llegaban a ningún lado con ellos, pues todos sus esfuerzos se topaban con mi rostro inexpresivo.
La segunda fue que empece a saber la verdad sobre mí mismo. Cuando pensaban que no podía oír nada, esos aduladores eran bastante sinceros acerca de mis cualidades, buenas y malas. No siempre fue agradable escuchar cómo se discutían mis pecados en público, pero de esta manera rápidamente mi orgullo desapareció, y esto me ayudo a no cometer  más inquidades.
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