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miércoles, 31 de octubre de 2012

Las palabras de los loros


De Cuentos folklóricos Tailandeses, adaptado por Amy Friedman
Ilustración de Jillian Gilliand

Hace mucho tiempo, el pájaro conocido como Barbudo (Capitonidae), un ave muy colorida, vivía en los hogares de la gente. Los Barbuddos eran tan inteligentes que aprendían fácilmente a hablar como la gente con la que vivían.
También eran reflexivos, y así los humanos y los pájaros conversaban mutuamente.

¡Oh, destino! Un día, un joven campesino llamado Sunan se encontraba hambriento y espió a un búfalo que deambulaba por los campos cercanos a su casa. Tenía tanta hambre que lo mató, lo cortó en pedazos y se lo llevó a su casa, en donde cocinó algo de la carne y escondió el resto en su arrocera.

Pero verán, Sunan sabía que éste búfalo pertenecía a su vecino.

- Esposa, niños - llamó Sunan a su familia - ya no pasaremos más hambre - y entonces les contó lo sucedido con el búfalo del vecino.

Aldía siguiente, el vecino de Sunan, Klahan, tocó a la puerta y dijo:

- Estoy buscando a mi búfalo, Sunan. Me preguntaba si lo habías visto.

Sunan apartó la mirada y dijo "No" friamente "No he visto a tu búfalo"

Pero justo entonces, el barbudo habló:

- Sunan comió búfalo anoche y escondió el resto en la arrocera

Ambos hombres miraron alarmados al pájaro, pero antes de que Sunan pudiera decir algo, Klahan corrió hacia la arrocera. Sunan corrió trás él, y el pájaro voló trás ellos.

Cuando Klahan vio la carne, estaba incrédulo

- ¿Qué es esto? - le preguntó a Sunan.

- ¡Oh! - dijo Sunan -, aquí mantego la carne de búfalo, pero éste no es tu animal. Ésta es la carne de una criatura que maté hace mucho tiempo.

El pájaro barbudo estaba asombrado.

- No - dijo el pájaro - éste es el búfalo que mataste ayer. Eso es lo que le dijiste a tu esposa anoche.

Una vez más, ambos hombres miraron al pájaro. Sunan estaba furioso, y Klahan no sabía a quien creerle.

- Llevemos este caso con un juez - dijo Sunan -. Sin duda, ningún juez inteligente considerará la palabra de un tonto pájarraco por encima de la de un hombre.

- Entonces mañana - dijo Klahan - los veré a ti y a tu pájaro en la corte.

Sunan fue hacia su casa, preocupado y furioso, cuando de repente tuvo una idea. Agarró al barbudo y lo colocó en una vasija, y sobre esta vasija le colocó un trozo de tela negra.

Esa noche el cielo estaba resplandeciente de estrellas y de la luz de la luna llena, pero dentro de la vasija sólo había oscuridad. Y entonces Sunan comenzó a golpear la vasija. Primeo quedamente, pero luego con más y más intensidad.

Dentro de la vasija, el barbudo temblaba de miedo.

- ¡Oh, los truenos son tan fuertes! - murmuró acobardado, porque no le gustaban las tormentas.

Entonces Sunan comenzó a verter agua sobre la tela para que se sintiera como lluvia que caía sobre la colorida espalda del pobre barbudo.

- ¡Oh! Pero que noche tan oscura y tormentosa - dijo temblando el barbudo, esperando ansiosamente que llegara el amanecer.

Y así, al amanecer Sunan sacó al barbudo fuera de la vasija y lo colocó en su jaula.

- Ahora iremos a la corte - le dijo al pájaro.

En la corte, el juez escuchó atentamente el testimonio de Klahan, y entonces mandó llamar al barbudo para que hablara.

El pájaro se irguió e hizo uso de la palabra:

- Mi amo mató al búfalo del vecino y escondió lo que no se comió en la arrocera. Eso fue lo que le dijo a su esposa.

Sunan comenzó a reír suavemente.

- ¿De qué se está riendo? - reclamó el juez.

- Lo siento - dijo Sunan -, es sólo que no puedo imaginar el porque Usted tendría que escuchar lo que tuviera que decir un tonto pájaro.

El juez dijo enojado:

- Todos saben que el barbudo es una criatura altamente inteligente.

Sunan rió disimuladamente.

- Bueno, éste barbudo dice tonterías y sin sentidos muy a menudo, a veces se me olvida. Adelante, pregúntele lo que sea. Pregúntele como fue la noche anterior.

Y así lo hizo el juez. El barbudo nuevamente se irguió y dijo:

- Anoche estubo oscuro y tormentoso. Los truenos nunca pararon durante toda la noche.

Todos en la corte miraron al pájaro con descrédito, puesto que todos recordaban que la noche anterior había sido clara y hermosa.

- Señor Juez - dijo Sunan -, seguramente Usted no me condenará por un crimen basado en las palabras de semejante criatura.

El juez cabeceó.

- No. Veo que Usted es inocente. Y debido a que las palabras de esta criatura lo pusieron en peligro, ordenaré que nadie tenga y cuide a estos pájaros en sus casas nunca más. Enviáremos a todos los barbudos a vivir a los bosques.

Y así sucedió.

Unos meses después, el barbudo de Sunan estaba en el bosque cuando divisó un pájaro mucho más grande y brillante que él.

- ¿Quién eres tú? - preguntó el barbudo.

- Soy un loro - dijo el extraño, he venido aquí desde el sur con mi parvada. Hablamos el lenguaje de los humanos.

- Bienvendio - dijo el barbudo -, pero déjame advertirte. Cuando los humanos descubran que puedes hablar en su idioma, te capturarán y te llevarán a sus casas.

- Estará bien - dijo el loro.

- Pero ten cuidado - dijo el barbudo -. Debes tener cuidado de lo que dices. Los humanos no siempre son confíables y sólo quieren escuchar sus propios pensamientos. No están interesados en nuestra sabiduría. Si se las ofreces, podrías ser castigado.

- El loro le agradeció al barbudo, y no mucho después sus predicciones se volvieron realidad. Los humanos se enteraron de que los loros hablaban y los capturaron y se los llevaron a sus casas. Ahí ellos se encargaban de cuidarlos y alimentarlos, pero al igual que alguna vez lo hicieron con los barbudos, les enseñaron a sus loros palabras que ellos esperaban que dijeran.

Pero el loro le transmitió la sabiduría del barbudo a sus compañeros, y es por eso que los loros nunca dicen lo que piensan; sólo hacen eco de lo que los humanos les dicen. 
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lunes, 29 de octubre de 2012

La pequeña Luciérnaga


De Cuentos folklóricos Tailandeses

Había una vez una comunidad de luciérnagas que vivía en el interior del tronco de un altísimo lampati, uno de los árboles más majestuosos y viejos de Tailandia. Cada anochecer, cuando todo se quedaba a oscuras y en silencio y sólo se oía el murmullo del cercano río, todas las luciérnagas abandonaban el árbol para llenar el cielo de destellos. Jugaban a hacer figuras con sus luces bailando en el aire para crear un sinfín de centelleos luminosos más brillantes y espectaculares que los de un castillo de fuegos artificiales.
Pero entre todas las luciérnagas que habitaban en el lampati, había una muy pequeñita a la que no le gustaba salir a volar.

- No, no, hoy tampoco quiero salir a volar - decía todos los días la pequeña luciérnaga-. Id vosotros que yo estoy muy bien en casita.

Tanto sus abuelos, como sus padres, hermanos y amigos, esperaban con ansiedad a que llegara la noche para salir de casa y brillar en la oscuridad. Se lo pasaban tan bien que no comprendían cómo la pequeña luciérnaga no les acompañaba nunca. Le insistían una y otra vez para que fuera con ellas a volar, pero no había manera de convencerla. La pequeña luciérnaga siempre se negaba.

- ¡Qué no quiero salir a volar! - Repetía la pequeña luciérnaga -. ¡Mira que sois pesados!

Toda la comunidad de luciérnagas estaba muy preocupada por la actitud de la pequeña.

- Hemos de hacer algo con esta hija - decía su madre angustiada-. No puede ser que la pequeña no quiera salir nunca de casa.

- No te preocupes, mujer - añadía su padre intentando calmarla -. Ya verás como todo se arregla y cualquier día de éstos sale a volar con nosotros.

Pero pasaban los días y la pequeña luciérnaga seguía encerrada sin salir de casa.
Un anochecer, cuando todas las luciérnagas habían salido a volar, la abuela luciérnaga se acercó a la pequeña y le preguntó con toda la delicadeza del mundo:

- ¿Qué te sucede, mi pequeña niña? ¿Por qué nunca quieres salir de casa? ¿Cuál es la razón por la que nunca quieres venir a volar e iluminar la noche con nosotros?

- No me gusta volar - respondió la pequeña luciérnaga.

- Pero ¿por qué no te gusta volar ni mostrar tu luz? - insistió la abuela.

- Pues - Explicó por fin la pequeña luciérnaga -, para qué he de salir si con la luz que tengo nunca podré brillar como la luna. La luna es grande y brillante y yo a su lado no soy nada. Soy tan pequeñita que a su lado no soy más que una ridícula chispita. Por eso nunca quiero salir de casa y volar, porque nunca brillaré como la luna.

La abuela escuchó con atención las razones que le dio la pequeña luciérnaga

- ¡Ay, mi niña! - Dijo con una sonrisa - Hay una cosa de la luna que has de saber y que, por lo visto, desconoces. Y lo sabrías si al menos salieras de casa de vez en cuando. Pero como no es así, pues, claro, no lo sabes.

- ¿Qué es lo que debo saber de la luna y que no sé? - preguntó la pequeña luciérnaga presa de la curiosidad.

- Has de saber que la luna no tiene la misma luz todas las noches - respondió la abuela -. La luna es tan variable que cambia todos los días. Hay noches en que está radiante, redonda como una pelota brillando desde lo más alto del cielo. Pero, en cambio, hay otros días en que se esconde, su brillo desaparece y deja al mundo sumido en la más profunda oscuridad.

- ¿De veras que hay noches en que se esconde la luna? - se sorprendió la pequeña.

- ¡Que sí, mi niña! - continuó explicando la abuela-. La luna cambia constantemente. Hay veces que crece y otras que se hace pequeña. Hay noches en que es enorme, de un color rojo, y otros días en que se hace invisible y desaparece entre las sombras o detrás de las nubes. La luna cambia constantemente y no siempre brilla con la misma intensidad. En cambio tú, pequeña luciérnaga, siempre brillarás con la misma fuerza y siempre lo harás con tu propia luz.

La pequeña luciérnaga se quedó asombrada ante las explicaciones de la abuela. Nunca se habría podido imaginar que la luna fuera tan variable que brillaba o que se apagaba según los días. Y a partir de entonces, la pequeña luciérnaga salió cada noche del interior del gran lampati para salir a volar con su familia y sus amigos. Y así fue cómo la pequeña luciérnaga aprendió que cada uno ha de brillar con su propia luz.
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