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viernes, 12 de agosto de 2016

La felicidad en el amor

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De Los Brujos hablan de John Baines
(Capítulo:La conquista de la felicidad)
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La felicidad en el amor es tal vez la más difícil de conseguir, ya que es imposible que nazca un verdadero amor y que este verdadero amor sea correspondido equivalentemente. Generalmente el verdadero amor es unilateral, ya que no es correspondido en igual medida.

Quienes desean encontrar la felicidad en el amor deben atenerse a los siguientes consejos para conseguir que sus naturalezas armonicen en forma completa: tanto el hombre como la mujer no son ciento por ciento de un solo sexo, pues llevan un porcentaje variable de energía del sexo opuesto.

Un hombre, por ejemplo, puede ser 80% hombre y 20% mujer.
 
Esta parte del sexo opuesto que lleva adentro es la que provoca todas las desarmonías en los matrimonios y que al producirse el afloramiento de esta parte sobreviene inmediatamente un choque de vibraciones que tienen la misma polaridad, y la repulsión es inevitable, ya que es sabido que polos iguales se repelen y contrarios se atraen.
 
La mujer debe analizarse fríamente para descubrir cuáles actitudes suyas son femeninas y cuáles son masculinas. Jamás debe tratar de dominar al hombre, de ser posesiva, ya que con esta actitud le cierra automáticamente las puertas del éxito.
 
Debe cuidar su palabra para no herir la psiquis de su compañero con sugestiones negativas que destruyen. Es muy común oír a una mujer enojada decirle al marido: “eres un inútil, no sirves para nada”. Si supieran el enorme daño que le hacen al castigarlo con palabras duras, las evitarían cuidadosamente. Junto con crear en él en forma lenta pero segura aquello que afirman por la palabra van haciendo nacer un fuerte resentimiento en contra de ella al sentirse el hombre menoscabado en su dignidad y orgullo masculino y viril, por ser tratado como un colegial travieso.
 
Éste es el camino más seguro que tiene una mujer para perder al hombre. Nunca debe ella tratar de imponer su voluntad en forma dura e imperiosa. Si quiere conseguir algo, debe ser a través de la dulzura, el cariño, y sutiles insinuaciones, para hacerlo sentir que está concediendo y no que está siendo obligado. La mujer que sepa reinar en el corazón de un hombre lo conseguirá todo de él sin necesidad de pedírselo. El hombre necesita a su lado a una mujer que le dé alas a su virilidad y hombría, y no que se la anule. Feliz el que es amado, respetado y obedecido por su mujer.
 
¿Acaso no vale más para una mujer conseguir todo de su hombre respetándolo y obedeciéndolo que haciéndole la vida difícil a fin de que ceda para vivir en paz?

Aseguro a toda mujer dominante que su marido no la ama realmente; está con ella solamente por hábito y temor.

Una mujer dominante no podrá jamás retener a su compañero porque al ser ella de vibración positiva o masculina no logrará satisfacerlo sexualmente.

Cuando la mujer es profundamente femenina y se entrega de alma y espíritu a su hombre será siempre la única, y no habrá mujer en el mundo por bella que sea capaz de apartarlo de su lado.

Profundizaremos un poco la psicología de la mujer dominante por la importancia que este punto reviste, tanto para el hombre como para la mujer, ya que la mujer dominante o Diana sólo podrá ser feliz con un hombre que tenga el complejo de Edipo y que le agrade íntimamente tener una madre que lo domine y mande.

Contrariamente a lo que se supone, el complejo de Edipo y el complejo de Electra son mucho más comunes de lo que se cree. Pasan sí, inadvertidos, porque generalmente se originar a muy temprana edad, y se incrustan profundamente en el subconsciente provocando en el afectado ciertas reacciones que rara vez se atribuyen a este complejo.

La mujer que contrae el complejo de Electra no podrá normalizarse nunca sexual y efectivamente si no destierra esta obsesión de su mente. Siente un odio instintivo hacia los hombres por creerse engañada, despreciada y herida por su progenitor al no cumplirse su deseo de unirse a él.

Muchas veces se convierte en una “devoradora de hombres” que anhela destruirlos como medio de destruir la imagen odiada y querida al mismo tiempo de su padre, que tiene grabada en el subconsciente.

En cada hombre al cual se une, se manifiesta en ella esta terrible dualidad que puede llevarla fácilmente a la esquizofrenia. Por un lado lo ama, pero apenas aflora la imagen del padre odia al hombre al cual se ha unido porque lo identifica con su progenitor y se siente por lo tanto humillada y despreciada, tal como se sintió en su niñez engañada y depreciada por su padre al verlo unido a otra mujer.

Llega el momento en que esta mujer dice: “el amor no existe para mí” y positivamente no existirá, porque ella busca sin saberlo al padre en otros hombres y cuando lo encuentra vuelve a producirse en ella la terrible lucha entre amor y odio, atracción y repulsión.

Lo mejor que puede sucederle es que se enamore profundamente de un hombre de elevadas cualidades morales y espirituales y se entregue a él en forma total y completa. Si esto ocurre es muy posible que la imagen de este hombre destierre a la del padre y ella alcance la esperada felicidad.

Insensiblemente la mujer dominante conduce al hombre a lo que podemos llamar la simulación amorosa, o sea, que lo obliga a asumir una falsa personalidad enteramente de acuerdo a lo que ella desea, reprimiendo al mismo tiempo todas aquellas manifestaciones que a ella le desagradan. Todo esto lo hace a fin de darle gusto, de verla feliz y evitarle desagrados, ya que teme sus desbordes de mal humor.

Esto confirma su condición masculina, porque ha poseído al hombre al encuadrarlo dentro de su personalidad. ¿Se puede decir que ella lo ame? Desde luego que no, pues se ha limitado a fabricarse un muñeco que le da placer porque actúa exactamente como ella quiere. Esto es antinatural y artificial y no debemos olvidar que todo lo antinatural recibe su castigo por ir en contra de la Naturaleza. El castigo que recibirá el hombre que cae en esta comedia es la falta del poder dador de la Naturaleza. Luchará infructuosamente y no podrá surgir económicamente a menos que se una a otra mujer más femenina, ya que mientras más femenina es una mujer dispone de más poder dador porque encarna en ella todos los atributos de la madre naturaleza.

No quisiera que se interpretara todo esto en el sentido de que la mujer debe ser una esclava del hombre. Se trata solamente de que sepa en todo momento mantener su rol de mujer.

La mujer representa para el hombre la manifestación terrenal de la parte femenina de Dios. Simboliza para él la pureza, el amor, la dulzura y la inspiración. Como íntimamente representa un ideal, sufre un tremendo impacto psicológico cuando la ve adoptar actitudes vulgares o brutales más propias de un varón. Este impacto puede bastar para matar todo su amor.

La mujer debe ser siempre dulce, suave, delicada espiritualmente, cariñosa, atenta y comprensiva, darse por entero a su hombre sin reservas de ninguna clase, respetarlo y obedecerlo. Su amor hacia él debe ser el bálsamo que disipe las amarguras de la vida transformándolas en felicidad.

Es ella un hada con una varita mágica que tiene el poder de sumir al hombre en la desesperación o de darle la felicidad, una felicidad total y completa. Con su varita mágica apartará todo lo malo que venga, dejando pasar solamente lo bueno.

Para desgracia de la Humanidad hay algunas mujeres que no solamente no emplean este poder para proteger al hombre, sino para descargar todo lo malo sobre él y finalmente destruirlo.

El hombre por su parte tiene que fortalecer todas sus cualidades masculinas y viriles para poder llevar a su compañera firmemente del brazo por el camino de la vida.

Subconscientemente la mujer espera que su compañero la posea en todo el sentido de la palabra y que no se limite sólo a la posesión sexual. Debe poseer su personalidad, su alma, su corazón y su espíritu.

Por un lado debe ser todo amor para ella y, por otro, ser firme y severo para no despojarse de su condición masculina. Su fuerza debe ser la que guíe a la belleza de ella.

Ella debe sentir plenamente su fuerza de hombre masculino y viril.

En el amor como en todo, se cumple inexorablemente la ley de acción y reacción, y se recibirá aquello mismo que se irradia sobre la pareja. Si una mujer por lo tanto está continuamente regañando y tratando a su compañero de mal modo, él será empujado por esta misma fuerza negativa a cometer algún acto que la hará sufrir.

Todas las mujeres que deseen retener a su compañero deben recordar que: las cadenas de flores son más fuertes que las de hierro.

El hombre por su lado debe recordar siempre que la mujer es por naturaleza mucho más sensible, delicada y anímica que el hombre, y que por lo tanto debe en todo momento tratarla con una firme dulzura y con una severa suavidad. En todo momento debe estar presto a brindarle su completo apoyo tanto en lo material como en lo espiritual. Si hay algo que desilusiona a una mujer es que su compañero pierda la delicadeza y el romanticismo en sus relaciones amorosas. Necesita que él le declare su amor a menudo y que no se limite a unirse sexualmente sólo para satisfacer sus instintos.

La ley de oro para que el hombre tenga siempre el cariño de su mujer es la siguiente: trata siempre a tu mujer como si fuera tu novia, como si recién la conocieras y le declararas tu amor. Mírala siempre como si fuera la primera vez, aquella vez en que te enamoraste de ella.

Quien sepa aplicar estos principios sabiamente, convertirá su vida matrimonial en una eterna luna de miel. Lo más triste en una pareja es cuando se habitúan el uno al otro, cuando están juntos por hábito solamente y no porque sientan amor.

En la generalidad de los matrimonios sucede algo muy curioso: el primer tiempo se aman desesperadamente y paulatinamente su amor va desapareciendo y apagándose, y cuando no terminan en separación caen en la vida-común habitual.
El amor que debería hacerse más fuerte con los años termina por desaparecer. Esto nos lleva a una triste e inevitable conclusión: el amor que va desapareciendo con el tiempo hasta degenerar en hábito no es tal amor. Esta unión fue producida únicamente por una pasión. Una vez satisfecha la pasión todo termina y queda el vacío. Ambos se recriminan mutuamente y no reparan en la realidad; no puede desaparecer un amor que nunca ha existido.

La unión pasional se caracteriza por repetidas uniones y desuniones a través de su vida común. Tras un período de amor viene una súbita riña y después una etapa de algo muy parecido al odio. Después vuelve nuevamente el amor y este ciclo se repite indefinidamente.

El verdadero amor se caracteriza en primer lugar porque aumenta con el tiempo en vez de disminuir. Si bien existen choques entre ambos no llegan en ningún momento a producir una separación psicológica, no llegan a crear una barrera, por el contrario, su unión aumenta.

Cada uno mira por la felicidad del otro antes que por la propia. Es increíble lo que influyen los pequeños detalles en la vida hogareña. La mujer, por ejemplo, no debe llegar jamás a perder su pudor ni a presentarse delante de su marido desgreñada y sin arreglo. El principio hermético como es arriba es abajo y como es abajo es arriba actúa con toda su fuerza en este caso. Si ambos se sientan a comer un día cualquiera y por el hecho de estar en casa están desarreglados y descuidados, el hombre sin afeitarse y ella sin sus adornos femeninos esto se reflejará también en su mutua relación, que será de una baja vibración espiritual.
Un matrimonio inmensamente feliz sería aquél en que cada uno de ellos viviera imaginando cómo hacerle la vida más grata al otro, cómo darle pequeñas sorpresas agradables y cómo hacerle pequeñas atenciones.

El marido, por ejemplo, debería ser algo romántico, traer flores a su mujer, preocuparse de sus pequeños problemas, y estar presto a demostrarle su amor. Debe asumir el papel de marido, amante, amigo, padre y hermano. Si falta en algunos de estos deberes no hará plenamente feliz a la mujer. Ella también debe hacerle pequeñas atenciones destinadas a hacerle la vida grata en el hogar. Con un poco de inteligencia femenina sabrá convertir el hogar en un verdadero paraíso.

Si ella logra convertir su hogar en un oasis de calma, tranquilidad y felicidad, él ansiará el momento de llegar al hogar y tener a su mujer al lado.

Debe ella asumir también el papel de esposa, amante, madre, amiga y hermana.

Es posible que para aquél que no está suficientemente maduro, para el pasional, el egoísta, el fanático y el obtuso, y para todo el que no ha llegado a percibir un destello de la verdad, todo lo que se dice en este texto no serán más que palabras y palabras. Pero el que sabe lo que es humanidad, el que sabe lo que es amor, el que ha percibido la existencia de un ser supremo, verá la luz. No todos son capaces de ver la luz. ¿Se puede explicar a un ciego de nacimiento lo que es la luz? ¿Al sordo, lo que es la música?
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miércoles, 18 de mayo de 2016

El Yo y los yoes, el Ser Consciente y el Ocultismo

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De Los Brujos hablan de John Baines
Parte Primera. El hombre

El yo, que debería ser el amo, se ve desplazado por diferentes deseos, estados anímicos e instintivos que se apoderan de la dirección de esta compleja maquinaria que es el cuerpo, vehículo del espíritu. El hombre no tiene un yo único, tiene miles de diferentes yoes que se van sucediendo dentro de él como en un caleidoscopio que cambia constantemente su diseño. Cada uno de estos yoes usurpa el trono o cetro que le corresponde al legítimo y verdadero yo. Este yo divino es cual rey constantemente destronado y prisionero de sus súbditos.

Quien haya sentido una especie de dolor interno de estar vivo, ha captado en ese momento el sufrimiento del yo al verse continuamente desplazado de su condición de rector de este microcosmo. Podemos comparar al hombre con una mansión llena de sirvientes que esperan infructuosamente a un amo que nunca llega. Cada uno de estos sirvientes pretende usurparlo hasta que a su vez es desplazado por otro más fuerte que él, que a su debido tiempo será también expulsado.

Éste es el terrible vacío o hastío de la vida que es tan común en nuestro tiempo. Es el yo que sufre intensamente y no desea continuar viviendo en tan adversas condiciones. Si esta situación se prolonga por demasiado tiempo el yo o espíritu puede llegar a abandonar el cuerpo transformándose este individuo en un muerto vivo, ya que solamente quedan los principios animales o instintivos manteniendo la vida en el cuerpo. El hombre, contrariamente a lo que se cree, no tiene ninguno de aquellos atributos que llamamos conciencia, personalidad, libertad, libre albedrío y voluntad, ya que todas sus decisiones son producto de automatismos o de influencias externas. La vida transcurre para él en un estado crepuscular de sopor causado por su continuo cambio de yoes. Conocemos ampliamente el hipnotismo, pero jamás hemos pensado que éste pudiera ser practicado en forma colectiva y simultánea sobre la humanidad por fuerzas planetarias que buscan su propio beneficio a expensas de la autodeterminación humana. Estas fuerzas planetarias tratan de mantener a la humanidad dormida para que no vea nunca la verdad y la realidad. Desde su nacimiento hasta su muerte el individuo vive en el más profundo de los sueños, y todo lo que le sucede “lo sueña”. Cree estar despierto; está solamente soñando. Cree ser libre; está soñando con su libertad. Cree tener voluntad propia y solamente sueña.

La conciencia no existe para el hombre vulgar, ya que es una máquina perfecta, total y completa. Solamente al darse cuenta de su estado maquinal se abre para él la posibilidad de llegar a obtener libertad, voluntad y conciencia. El hombre nada hace por propia iniciativa, todo “le sucede” simplemente, tal como llueve, sale el sol y sopla el viento o hay calma. Reacciona ante cualquier situación exactamente como una máquina que al recibir un estímulo inicial realiza un trabajo conocido y delineado de antemano.

Lo que dicta en todo momento las reacciones del sujeto es la grabación de impresiones, experiencias y conocimientos que lleva en sus células cerebrales, y que constituye una especie de cinta magnetofónica que gobernara su conducta. Esta grabación ha sido realizada por influencias externas al individuo, de manera que su personalidad que es el conjunto de grabaciones celulares viene a constituir algo así como una proyección de los valores de la sociedad.

Cada individuo es un verdadero androide construido por sus padres, las circunstancias, el medio ambiente, la educación y la influencia de otras mentes. Este androide, como buen robot, sólo podrá actuar combinando aquellos datos o circuitos que le han sido implantados por estas influencias externas. Su yo queda totalmente obliterado e impedido de actuar en medio de esta maraña de circuitos. Sus reacciones serán por lo tanto dictadas por otras mentes y por fuerzas extrañas a él mismo. ¿Puede entonces considerarse libre y con voluntad propia? Podríamos decir que el niño es como un disco o cinta magnética en blanco que va grabando o recogiendo todas las impresiones, conocimientos, emociones y deseos que experimenta. La calidad de esta grabación marca su futuro destino, ya que podrá utilizar solamente aquello que lleva grabado en su mente. Todo lo analizará de acuerdo con esta escala de valores y por ello estará imposibilitado de conocer la verdad. Todas las desgracias y problemas humanos provienen de una desafortunada grabación mental.

El ocultismo enseña a cambiar esto, comenzando por borrar gradualmente todo lo negativo de esta cinta para reemplazarlo después por una grabación positiva. El psiquiatra no logra penetrar a suficiente profundidad en la psiquis del individuo, porque desconoce los arcanos de la mente. Solamente operando en los estratos más profundos del subconsciente se logra sacar a luz con toda claridad experiencias de la primera infancia y aun impresiones recibidas en el vientre materno. El ocultismo conoce los meDios para lograr una completa penetración psíquica y cambiar totalmente el destino y la vida de un individuo produciendo una verdadera “mutación”. Desde luego que en un libro de pública difusión no puede revelarse este método, ya que en malas manos sería un arma temible. Solamente puede decirse que mediante el adecuado manejo de ciertas fuerzas es posible provocar una completa apertura del subconsciente, tal como si alguien abriera una naranja para observar lo que hay en su interior.
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