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miércoles, 15 de mayo de 2013

Kali decapitada

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De Cuentos Orientales de Marguerite Yourcenar


Kali, la terrible diosa, merodea por las llanuras de la India. Puede vérsela simultáneamente en el Norte y en el Sur, y al mismo tiempo en los lugares santos y en los mercados. Las mujeres se estremecen al verla pasar, los hombres jóvenes, dilatando las ventanas de la nariz, salen a la puerta para verla, y los niños recién nacidos ya saben su nombre. Kali, la negra, es horrible y bella. Tan delgada es su cintura que los poetas que la cantan la comparan con la palmera. Tiene los hombros redondos como el salir de la luna de otoño; unos senos turgentes como capullos a punto de abrirse; sus muslos ondean como la trompa del elefante recién nacido, y sus pies danzarines son como tiernos brotes. Su boca es cálida, como la vida; sus ojos profundos, como la muerte. Tan pronto se mira en el bronce de la noche como en la plata de la aurora o en el cobre del crepúsculo, y se contempla en el oro del mediodía. Pero sus labios no han sonreído jamás; un collar de huesecillos rodea su alto cuello y en su rostro, más claro que el resto del cuerpo, sus grandes ojos son puros y tristes. El rostro de Kali, eternamente mojado por las lágrimas, está pálido y cubierto de rocío como la faz inquieta de la mañana.
 
Kali es abyecta. Ha perdido su casta divina a fuerza de entregarse a los parias y a los condenados, y su rostro, al que besan los leprosos, se halla cubierto de una costra de astros. Se aprieta contra el pecho sarnoso de los camelleros procedentes del Norte, que nunca se lavan a causa de los grandes fríos; se acuesta en los lechos infectados de piojos con los mendigos ciegos; pasa de los brazos de los Brahmanes al abrazo de los miserables -raza fétida, deshonra de la luzencargados de bañar los cadáveres; y Kali, tendida en la sombra piramidal de las hogueras, se abandona sobre las tibias cenizas. Ama asimismo a los barqueros, que son fuertes y ásperos; acepta hasta a los negros que sirven en los bazares, a quienes se azota más que a las bestias de carga; frota su cabeza contra sus hombros, cuajados de rozaduras por el ir y venir de los fardos.
Triste como una enferma con fiebre que no consiguiera encontrar agua fresca, va de pueblo en pueblo, de encrucijada en encrucijada, a la búsqueda de los mismos monótonos deleites. Sus piececitos bailan frenéticamente, moviendo las ajorcas, que tintinean, pero sus ojos no cesan de llorar, su boca amarga nunca besa, sus pestañas no acarician las mejillas de los que la abrazan, y su rostro permanece eternamente pálido como una luna inmaculada. Hace mucho tiempo, Kali, nenúfar de la perfección, se sentaba en el trono del cielo de Indra como en el interior de un zafiro; los diamantes de la mañana brillaban en su mirada y el universo se contraía o se dilataba según los latidos de su corazón

Pero Kali, perfecta como una flor, ignoraba su perfección y, pura como el día, no conocía su pureza. Los dioses celosos acecharon a Kali una noche de eclipse, en un cono de sombra, en el rincón de un planeta cómplice. Fue decapitada por el rayo. En vez de sangre, brotó un chorro de luz de su nuca cortada. Su cadáver, dividido en dos trozos y arrojado al Abismo por los Genios, rodó hasta llegar al fondo de los Infiernos, por donde se arrastran y sollozan aquellos que no han visto o han rechazado la luz divina. Sopló un viento frío condensó la claridad que se puso a caer del cielo; una capa blanca se acumuló en la cumbre de las montañas, bajo unos espacios estrellados donde empezaba a hacerse de noche. Los dioses-monstruos, el dios-ganado, los dioses de múltiples brazos y múltiples piernas, semejantes a unas ruedas que dan vueltas, huían a través de las tinieblas, cegados por sus aureolas, y los Inmortales, despavoridos, se arrepintieron de su crimen.

Los dioses contritos bajaron del Techo del Mundo hasta el abismo lleno de humo por donde se arrastran los que existieron. Franquearon los nueve purgatorios; pasaron por delante de los calabozos de barro y de hielo en donde los fantasmas, roídos por el remordimiento, se arrepienten de las faltas que cometieron, y por delante de las prisiones en llamas donde otros muertos, atormentados por una codicia vana, lloran las faltas que no cometieron. Los dioses se sorprendían al hallar en los hombres aquella imaginación infinita del Mal, aquellos recursos y aquellas innumerables angustias del placer y del pecado. Al fondo del osario, en un pantano, la cabeza de Kali sobrenadaba como un loto, y sus largos y negros cabellos se extendían a su alrededor como raíces flotantes. 
Recogieron piadosamente aquella hermosa cabeza exangüe y se pusieron a buscar el cuerpo que la había llevado. Un cadáver decapitado yacía en la orilla. Lo cogieron, colocaron la cabeza de Kali encima de aquellos hombros y reanimaron a la diosa.
Aquel cuerpo pertenecía a una prostituta, ajusticiada por haber tratado de entorpecer las meditaciones de un Brahman. Sin sangre, aquel cadáver parecía puro. La diosa y la cortesana tenían ambas, en el muslo izquierdo, el mismo lunar.
Kali no volvió, nenúfar de perfección, a sentarse en el trono del cielo de Indra. El cuerpo, al que habían unido la cabeza divina, sentía nostalgia de los barrios de mala fama, de las caricias prohibidas, de los cuartos en donde las prostitutas meditan secretas orgías, acechan la llegada de los clientes a través de las persianas verdes. Se convirtió en seductora de niños, incitadora de ancianos, amante despótica de jóvenes, y las mujeres de la ciudad, abandonadas por sus esposos y considerándose ya viudas, comparaban el cuerpo de Kali con las llamas de la hoguera. Fue inmunda como una rata de alcantarillas y odiada como la comadreja de los campos. Robó los corazones como si fueran un pedazo de entraña expuesto en los escaparates de los casqueros. Las fortunas licuadas se pegaban a sus manos como panales de miel. Sin descanso, de Benarés a Kapilavistu, de Bangalor a Srinagar, el cuerpo de Kali arrastraba consigo la cabeza deshonrada de la diosa, y sus ojos límpidos continuaban llorando.

Una mañana, en Benarés, Kali, borracha, haciendo muecas de cansancio, salió de la calle de las cortesanas. En el campo, un idiota que babeaba tranquilamente sentado en un montón de estiércol se levantó al verla pasar y se echó a correr tras ella. Ya sólo le separaba de la diosa la longitud de su sombra. Kali aminoró el paso y dejó que el hombre se acercara.
Cuando él la dejó, emprendió de nuevo el camino hacia una ciudad desconocida. Un niño le pidió limosna; ella no le avisó de que una serpiente dispuesta a morder se erguía entre dos piedras. Sentía un gran furor contra todo ser viviente y al mismo tiempo un deseo atroz de aumentar con ello su sustancia, de aniquilar a las criaturas saciándose con ellas. Se la pudo ver en cuclillas junto a los cementerios; su boca masticaba los huesos como los dientes de las leonas. Mató como el insecto hembra que devora a sus machos; aplastó a los hijos que paría como una cerda que se revuelve contra su camada. Y a los que exterminaba, los remataba después bailando encima de ellos. Sus labios, maculados de sangre, exhalaban el mismo olor insípido de las carnicerías, pero sus abrazos consolaban a sus víctimas y el calor de su pecho hacía olvidar todos los males.

En la linde de un bosque, Kali tropezó con el Sabio.

Se hallaba sentado, con las piernas cruzadas, con las palmas unidas, y su cuerpo descarnado estaba tan seco como la leña preparada para encender la hoguera. Nadie hubiera podido adivinar si era muy joven o muy viejo; sus ojos, que todo lo percibían, apenas eran visibles por debajo de sus párpados medio cerrados. La luz se disponía en torno a él en forma de aureola, y Kali sintió subir de las profundidades de sí misma el presentimiento del gran descanso definitivo, parada áe los mundos, liberación de los seres, día de bienaventuranza en que la vida y la muerte serían igualmente inútiles, edad en que Todo se resorbe en Nada, como si esa pura nada que acababa de concebir se estremeciera en ella a la manera de un futuro hijo.
 
El Maestro de la gran compasión levantó la mano para bendecir a la que pasaba.

- Mi cabeza muy pura fue soldada a la infamia -dijo ella-. Quiero y no quiero; sufro y, no obstante, gozo; me da horror vivir y miedo morir.

-Todos estamos incompletos - dijo el Sabio -. Todos nos hallamos divididos y somos fragmentos, sombras, fantasmas sin consistencia. Todos creemos llorar y gozar desde hace siglos.

- Yo fui diosa en el cielo de Indra - dijo la cortesana.

- Y tampoco estabas libre del encadenamiento de las cosas, y tu cuerpo de diamante no estaba más resguardado de la desgracia que tu cuerpo de barro y carne. Tal vez, mujer sin ventura, al errar deshonrada por los caminos te hallas más cerca de acceder a lo que no tiene forma.

- Estoy cansada -gimió la diosa.

Entonces tocando las trenzas negras y manchadas de ceniza con la punta de los dedos, dijo el Sabio:

- El deseo te enseñó la inanidad del deseo; el arrepentimiento te enseña la inutilidad de arrepentirte. Ten paciencia, ¡oh, Error!, del que todos formamos parte... ¡Oh, Imperfecta!, en quien la perfección toma conciencia de sí misma, ¡oh Furor!, que no eres necesariamente inmortal...
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martes, 7 de mayo de 2013

El dios - árbol

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De Mitos y Leyendas hindúes y budistas 
 de Sister Nivedita y Ananda K. Coomaraswamy

Tiempo atrás, cuando Brahmadatta era rey de Benarés, vino esto a su mente: «En todas
partes en la India hay reyes cuyos palacios tienen muchas columnas; ¿qué sucedería si yo construyera un palacio soportado por una sola columna? Entonces yo sería el primero y único rey entre todos los otros».
Reunió a sus artesanos y les ordenó construir un magnífico palacio soportado por un solo pilar. «Será hecho», dijeron, y se marcharon al bosque. 
Allí encontraron un árbol alto y recto, apropiado para ser el único pilar de tal palacio. Pero el camino era demasiado difícil y las distancias demasiado grandes para que ellos trajeran el tronco a la ciudad; entonces volvieron al rey y le preguntaron qué hacer. «De una forma u otra», les dijo, «traedlo, y Fsin demora.» Pero ellos contestaron que nadie ni de ninguna forma podía hacerlo. «Entonces», dijo el rey, «debéis elegir un árbol de mi propio parque».

Allí ellos encontraron un señorial árbol sal, recto y hermoso, adorado igualmente por la ciudad y el pueblo y la familia real. Se lo dijeron al rey, y él les dijo: «Bien, derribad el árbol inmediatamente». Pero ellos no podían hacerlo sin hacer al dios-árbol que allí vivía las ofrendas de costumbre, y pidiéndole a él mismo que muriera. Entonces hicieron ofrendas de flores y ramas y lámparas encendidas, y dijeron al árbol: «Oh el séptimo día a partir de éste derribaremos el árbol, por orden del rey. ¡Permite que cualquier deva que pueda estar habitando en el árbol parta a cualquier sitio, y que la culpa no caiga sobre nosotros!» El dios que habitaba en el árbol oyó lo que decían, y pensó esto: «Estos artesanos están de acuerdo en derribar mi árbol. Yo mismo moriré cuando mi árbol sea destruido. Y los jóvenes árboles sal junto a mí en los que viven muchos devas de mis parientes y amigos también serán destruidos. Mi propia muerte no me afecta tanto como la destrucción de mis hijos, por ello, dejadme, si es posible, por lo menos salvar sus vidas.» Así a media noche el dios árbol, divinamente radiante, entró en la cámara resplandeciente del rey, iluminando con su gloria toda la habitación. El rey se sobre-saltó y tartamudeó: «i,Qué haces tú, tan divino y tan lleno de pena?» El príncipe deva respondió: «Me llaman en tu reino, oh rey, el árbol de la suerte; durante sesenta mil años todos los hombres me han amado y adorado. En muchas casas y en muchos pueblos y muchos palacios, también, ellos nunca me hicieron mal.


¡Honradme vos como ellos lo hicieron, oh rey!» Pero el rey respondió que un árbol así era
justamente el que necesitaban para su palacio, un tronco tan fino y alto y recto; y en ese palacio, dijo, «tú durarás mucho tiempo, admirado por todos los que te miren». El dios árbol contestó: «Si debe ser así, entonces tengo un deseo para pediros: Cortad de mi primero la copa, luego el medio y después la raíz» El rey protestó que esto era una muerte más penosa que la de ser derribado entero. «Oh señor del bosque», dijo, «¿qué ganas así al ser cortado parte por parte y pieza por pieza?» A lo que el árbol de la suerte respondió: «Hay una buena razón para mi deseo: mis amigos y parientes han crecido a mi alrededor, bajo mi sombra, y yo los aplastaría si caigo entero sobre ellos y sufrirían excesivamente».
 
Ante esto el rey se quedó profundamente conmovido, y pensó en las razones nobles del árbol, y, alzando sus manos a modo de saludo, dijo: «Oh árbol de la suerte, señor del bosque, dado que tú salvas a tus parientes, yo te salvaré a ti; así que no temas nada».

Entonces el dios árbol dio al rey buen consejo y se fue por su camino; y el rey al día siguiente dio generosas limosnas y gobernó hasta que llegó el momento para su partida al mundo celestial.
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martes, 30 de octubre de 2012

La Leyenda del Ajedrez

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De El Libro Negro de la masonería del Dr. Serge Raynaud de la Ferriere

Para distraer a un Príncipe de la India que había perdido en una batalla a su hijo idolatrado, un pobre y modesto brahamin, llamado Lahur Sessa, vino a ofrecerle un juego de su invención que consistía en un gran tablero dividido en 64 casillas iguales, sobre las cuales evolucionaban un rey, una reina y sus súbditos. El Rey no podía librar batalla sin la cooperación de todas sus piezas inferiores que le rodeaban; tal era la regla de este juego con el que Lahur Sessa ofrece al príncipe, al mismo tiempo, una juiciosa alabanza. El príncipe experimentó tal complacencia con este juego, que concedió al brahamín que él mismo fijara su recompensa. Este se contentó con responder que le asignase un grano de trigo por la primera casilla del tablero, dos por la segunda, cuatro por la tercera, y así sucesivamente hasta la casilla sexagésimacuarta, duplicando siempre, y que le fuera entregada la suma total. El príncipe ordenó inmediatamente satisfacer una demanda tan modesta en apariencia, pero habiendo sido hecho el cálculo, él cayó de bruces, cuando su tesorero vino a informarle que el total se elevaba a:

...........................18,446,744,073,709,551,615
...........................(cantidad de 20 cifras que resulta sustrayendo una unidad
 ..........................a la sexagésimacuarta potencia de 2:

...........................18,446,744,073,709,551,616
...............................................................menos 1
..........................._______________________

...........................18,446,744,073,709,551,615)

y que para producir semejante cantidad de trigo, habría sido preciso sembrar durante más de un siglo la India entera, incluyendo las zona ocupadas por las ciudades, por lo cual esta cantidad que se debía entregar a Lahur Sessa, equivalía a una montaña que tuviera por base la capital del reino y fuera cien veces más elevada que los Himalayas. Se dice que el rey no le guardó rencor el brahamín por esta segunda lección, y lo designó en el acto su primer ministro.
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domingo, 21 de octubre de 2012

¡Las propiedades super-poderosas del ajo!

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La primera vez que escuché acerca de las maravillosas propiedades del ajo, fue de la mitómana boca de nuestra maestra de matemáticas del segundo grado en la secundaria. Digo mitómana porque ciertamente la señora - que además de tener un rostro que inspiraba temor y locura - siempre nos contaba cosas que luego contradecía, negaba o cambiaba la versión de los hechos. Muy bipolar la señora esa, que de seguro hoy en día ha de estar viviendo tranquilamente en alguna casa abndonada en el bosque junto a una centena y media de gatos, haciendo rituales de adoración a su imágen reflejada en las múltiples disfracciones del enorme espejo roto en su dormitorio, en donde seguramente ha de seguir durmiendo junto a los cadáveres (huesos ya) de sus progenitores muertos...

Uy, pero no me habré de desviar del tema principal, que es el mágico y maraviloso ajo.
Decía que la primera vez que escuché de las propiedades del ajo fue de esta señora que hacía sentir escalofríos y jaquecas con el poder de su presencia. Decía ella que el tomar un diente de ajo todas las mañanas revitalizaba y que aumentaba tus capacidades mentales. Nos la recomendaba ampliamente, ya que nos veía medio faltos de energía en su clase (¿Por qué sería?, digo, las matemáticas emocionan a los niños tanto como estar en Disneylandia tras haber ingerido medio kilo de azúcar).
 
En aquél entonces sus palabras me sonaron muy convincentes, y mi cerebro - que tenía la maravillosa capacidad de la ubicuidad - lo interpretó como "sí, el ajo te volverá más fuerte, más rápido, serás tan fuerte como Gokú después de haber bebido el Agua Ultra-sagrada". Ni tarde ni perezoso esa misma tarde decidí experimentarlo y así fue durante dos semanas, bebiéndome un diente de ajo todos los días (cortado en dos-tres rodajitas y pasado con ayuda de un vaso con agua). Pero en aquél entonces, siendo un puberto enérgico, no sentí efecto alguno, y las continuas distracciones de irse a jugar alegremente todo el día con los amigos en esa tierra de ensueño que era Cadereyta, me hicieron que me olvidara por completo de su ingesta.
No fue sino hasta hace apenas un año, que mientras me ponía a leer sobre las diferentes culturaas ancestrales orientales que recordé las palabras de la Doña, y en un intento de volver a querer sentir esas poderosas energías juveniles, la fuerza, el poder, volví a intentarlo. Aunque tal cosa "sólo" duró 40 días, y he de decir que si fue en ayunas, además de que estaba manteníendo una dieta casi-vegetariana (sólo comía carnes de pezcados). Y... no sentí los efectos, quizás por el estado anímico en que me encontraba en esos días (Me encontraba radicando temporalmente en el estado de Veracruz. Oséase: Entre homínidos nehandertales).

Pero ahora, luego de un año de eso, decidí volver a intentar la cosa ¡Y ahora va en serio! tengo un mes ingiriendo un diente de ajo, uno en las mañanas y otro por las noches... bueno, la verdad es que son muchos dientes de ajo, 4, 5, 6, no lo sé, así como no sé (pero puedo suponer) porque ahora si siento los poderosos efectos del ajo. Ahora sí puedo sentir plenamente sus propiedades casi divinas. ¿Cuáles? Pues estas:

1) No me he enfermado de nada, pese a estar expuesto a cambios bruscos de temperatura.
 
2) Siento el vigor, el poder del ajo corriendo por las venas, sobre todo cuando voy a entrenar por las tardes
 
3) Ciertamente también influye en el vigor sexual, creo que una dosis inmoderada de ajo ha de igual de potente que el viagra o una picadura de "viuda negra"
 
4) Regula el termostato interno. Ahora puedo estar en una habitación con aire acondicionado a 18 grados y siento como mi calorcito corporal entra en acción, teniéndo el mismo efecto que estar cobijado por sábanas.
 
5) No hay dolores de cabeza, pese a dormir pocas horas todos los días

En cuanto a esto último, hay un descubrimiento reciente.
Hace 4 noches, tenía un tremendo dolor de cabeza, debido a los desgastantes esfuerzos cerebrales producto de unos proyectos que me están exigiendo usar el cerebro y la concentración por horas.

Bueno, el caso es que ya eran las doce de la noche y tras haber ingerido previamente dos dientes de ajo, 10 minutos antes, sentí la necesidad de beberme un vaso de leche (cosa rara, ya que leche tomo sólo acompañada de chocolate o café) y así lo hice, me bebí un vaso de leche y tras volver a la habitación... sentí como el dolor de cabeza desapaecía entre cosquilleos de descongestión. ¡Wow! ¡Era genial! Sentía estrellitas mágicas acabando con los diminutos yihadistas de la salud que estaban bombardeando mi corteza cerebral.
Sin saber explicarme lo ocurrido decidí investigar "tantito" aquí en internet, y de los cientos de miles de páginas con exactamente la misma información copiada y pegada, encontré un video de youtube en donde un reconocido nutriólogo recomiendan esa receta para aliviar el dolor de cabeza:  1 o 2 dientes de ajo + un vaso de leche. ¡Y vaya que funciona! ¡Adios al paracetamol y al ácido acetilsalicílico!
Por eso de aquí hasta el resto de mis días (si es que antes no me hago inmortal) estaré consumiendo este milagroso producto de la naturaleza de propiedades celestiales.

El único inconveniente de esto es que quizás uno pueda adquirir aliento de ajo o bien transpirar ajo, pero lo bueno de esto "malo" es que uno así podrá mantener alejados a los vampiros y otros entes astrales chupa-sangre y atraer chicas koreanas =D. ¡Yeah!

Y ahora, ya para no alargar este post más de lo debido, pongo a continuación - y por último - una leyenda hindú relacionada con el ajo:


"La leyenda cuenta que en sus orígenes el mundo bullía de Devas (dioses de la dulzura y de la luz) y de Asuras (demonios malvados) entremezclados. Todos buscaban con afán el más valioso de los tesoros, el néctar, que se escondía en las profundidades del océano. Muchas fueron las cosas que sacaron a la superficie dioses y demonios, hasta que uno de ellos logró encontrar el preciado néctar. A su vista se enzarzaron en una terrible lucha por beberlo, hasta que Visnú, el dios creador del Universo, vino a poner orden y distribuyó personalmente el néctar entre todos los dioses.

Astutamente, Rahu, el dios de los asuras se disfrazó de dios, y antes de que Visnú se diera cuenta recibió su cucharada de néctar. Sin embargo, descubierto en el acto, y antes de que pudiera tragar el néctar, lo decapitó de un tajo de su espada. Pero de su garganta cayeron gotas de néctar al suelo de donde donde nacieron las plantas de ajo, dotada de las propiedades maravillosas del néctar. Así pues, el ajo resultó semejante al néctar, aunque no exacto, ya que había estado unos segundos en la boca de un demonio, lo que le confirió su olor y sabor característicos"

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Sin más por el momento: Amor, paz, felicidad y sobre todo salud y ajo para todos!
Gracias ^_^
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martes, 2 de octubre de 2012

La virtud de la compasión

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De Mitos y Leyendas hindúes y budistas 
 de Sister Nivedita y Ananda K. Coomaraswamy


Vivía un cazador en la ciudad de Benarés. Él partió en busca de antílopes, cogiendo un carcaj lleno de flechas envenenadas. Encontró una manada muy adentro del bosque y disparó una flecha hacia ellos; pero no acertó el blanco y la flecha envenenada entró en un gran árbol del bosque.

Herido por el mortífero veneno, el gran árbol se marchitó y dejó caer sus hojas y frutos. Pero cierto santo papagayo había vivido toda su vida en un hueco en ese árbol, protegido por el señor del bosque, y aunque el árbol ahora estaba seco, él no abandonaría su nido, tal era el amor que le tenía. Silencioso y apenado, inmóvil y sin comida, el agradecido y virtuoso papagayo se secó con el árbol.
El trono de Indra se calentó; mirando abajo hacia la Tierra, se maravilló ante la devoción y
extraordinaria resolución del noble pájaro, fiel igualmente en la felicidad y en el dolor.

- ¿Cómo - reflexionó -, puede este pájaro poseer esos sentimientos, que no son encontrados en criaturas inferiores? Tal vez no es tan extraño, dado que toda criatura es amable y generosa hacia otras

Entonces, para probar más el asunto, Indra asumió la forma de un cuerpo de un santo brahmán y se aproximó al árbol.

 -Buen pájaro - dijo -,  ¿por qué no abandonas el árbol seco?

El papagayo se inclinó y respondió:

- Bienvenido, rey de los dioses; por el mérito de mi disciplina, te conozco.

- iBien hecho! - exclamó la deidad de los mil ojos, maravillándose ante la sabiduría del pájaro.

- El preguntó otra vez:

- ¿Por qué te aferras a este árbol sin hojas, inadecuado para proteger a ningún pájaro? Déjalo y elige otro, dado que hay muchos hermosos árboles por aquí en el bosque.

Entonces el papagayo suspiró:

- Soy tú sirviente. Mira la razón de esta cuestión: Aquí en este mismo árbol yo vine a la vida; aquí aprendí toda la sabiduría que tengo; aquí fui protegido de todo enemigo. ¿Por qué quieres desviarme de mi senda, ya que soy compasivo y agradecido? No me aconsejes dejar al árbol; mientras vivía fue mi protector; ¿cómo puedo abandonarlo ahora?

Entonces Indra estaba muy agradecido y ofreció un deseo a voluntad al virtuoso pájaro. Éste fue el deseo que eligió el pájaro: "Deja que el árbol reviva"

Entonces Indra lo regó con el agua de la vida y fue llenado con savia, y dio hojas y flores.
Así fue el árbol restituido a la vida por la virtud de los méritos del papagayo, y él, también al final de su vida, obtuvo un sitio en el cielo de Indra. Así los hombres obtienen lo que quieren por la amistad con la virtuosidad y santidad, tal como el árbol por amistad con el papagayo.
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