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jueves, 8 de agosto de 2013

Optimismo Vs. Pesimismo

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De La cultura de la mente de Manly Palmer Hall

Las conocidas leyes de expansión y contracción, tan fundamentales en el campo de la física, tiene su analogía filosófica en las cualidades de optimismo y pesimismo. En el plano ético, el optimismo es la expresión de la ley de expansión, y el pesimismo, de la ley de contracción.

Hay dos tipos distintos de optimista. Uno, es aquel que es feliz porque nunca asumió sus responsabilidades; el otro, aquel que es feliz enfrentándolas, y viendo el resultado de las responsabilidades dispone de ellas en forma satisfactoria. Ambos son optimistas - el primero, decididamente objetable; el segundo, glorioso y deseable. Uno, es el hombre que ríe cuando juega, y el otro, quien ríe cuando trabaja. La única diferencia entre el trabajo y el juego consiste en la actitud mental. El trabajo, es la cosa que tenemos que hacer; el juego es la cosa que hacemos por nuestro gusto. Por eso, cuando un individuo ama a su trabajo, éste se convierte, realmente, en juego. Pero esa actitud se encuentra raramente.

Hay, igualmente, dos tipos de pesimista. El primero, es el individuo cuyo ánimo está destrozado por los golpes del destino. El segundo tipo, es aquel que, a pesar de no haber experimentado reales infortunios, ¡esta lleno de temor de que los llegue a sufrir! Hubo un pesimista de este tipo, del cual se dijo que tenía un dicho así: “Si tu fuerza es capaz de mover montañas, ¡puede ser que muevas un grano de mostaza!”.

Como regla, el optimista se desliza sobre la superficie de la vida, en tanto que el pesimista tiene la particularidad de arrastrarse hasta el fondo de todo agujero o foso que encuentra en su camino. Ambos, el optimista y el pesimista, se asemejan a los caballeros antiguos, tocados con su coraza de hierro, estando el optimista fortalecido en su actitud contra las tinieblas y el pesimista contra cada simple rayo de sol. Sin embargo, ni el optimista ni el pesimista conocen realmente la vida tal como es.

Si vosotros tendríais que elegir entre uno y otro, sed optimistas; porque es casi seguro que el pesimismo tendrá como resultado: reumatismo, anquilosis prematura, disminución o endurecimiento de las arterias, y una legión de otros males físicos. El pesimismo es una actitud, que fundamentalmente, nos retrae, limita, estrecha y enceguece, mientras que el optimismo, a menudo, expande la naturaleza física, y siempre, la mental. Pero, entre ambos, está el punto de equilibrio - la posición más perfecta que puede la mente ocupar. El hombre deriva del optimismo no sólo la creencia en la universalidad de la bondad sino también el coraje de seguir adelante para lograr el triunfo. Del pesimismo proviene no sólo la franca revelación de su propia flaqueza sino también un excesivo grado de cautela que vampiriza toda iniciativa. El optimismo es impulsivo; el pesimismo rechaza, repele.

Las zonas frígidas pueden ser relacionadas con el espíritu del pesimismo. En él todo se contrae y la vida es una interminable lucha para subsistir. El optimismo tiene una analogía similar a la zona tórrida, en donde todas las responsabilidades quedan reducidas al mínimo y en cada árbol hay colgando un vale para comida. Los pensadores del mundo, sin embargo, no están constituidos ni por el esquimal ni por el hotentote, sino más bien por las razas que habitan las zonas templadas, en donde se mezcla el enervante calor del sur con los paralizantes fríos del norte. Así como el gran trabajo del mundo es hecho por aquellos que viven en climas templados, así también, por analogía, los pensamientos universales alcanzan verdadera y plena expresión en las mentes templadas.
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lunes, 24 de junio de 2013

La mente en su relación con la conciencia

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De La cultura de la mente de Manly Palmer Hall

La indivisible chispa de la Única Vida residente en cada criatura, se expresa siempre por medio de tres fases o aspectos, o sea, por la conciencia, inteligencia y fuerza. Estos “Tres Testigos” del Uno son conocidos por el cristianismo como Trinidad. Estos tres centros de poder son comunes a toda vida, y cada forma física (humana) ha construido tres tabernáculos para albergarlos. Gráficamente pueden demostrarse como sigue:

La indivisible chispa de la Única Vida residente en cada criatura, se expresa siempre por medio de tres fases o aspectos, o sea, por la conciencia, inteligencia y fuerza. Estos “Tres Testigos” del Uno son conocidos por el cristianismo como Trinidad. Estos tres centros de poder son comunes a toda vida, y cada forma física (humana) ha construido tres tabernáculos para albergarlos. Gráficamente pueden demostrarse como sigue:


2 - - - - - - - - - 1 - - - - - - - - - 3
Inteligencia    Conciencia      Fuerza

El N° 1 representa la conciencia, que está siempre en el centro, esto es, en el punto de equilibrio. La conciencia se alberga en el corazón, en donde puede ser vista, por el desarrollo oculto, como una pequeña llama azul. La conciencia tiene dos polos: Positivo y negativo. El N° 2 representa el cerebro, el cual es la morada de la inteligencia - la expresión positiva de la conciencia -. El N° 3 representa el polo negativo de la conciencia, que nosotros conocemos como fuerza de poder, el cual es responsable de la agitación de los átomos y gránulos de espacio, la integración de los cuerpos, y la construcción de los mundos. En consecuencia, está ubicado en el sistema generativo, en donde controla la reproducción, perpetuación y, al final, la destrucción de la forma.

Por lo tanto, la mente no es per se sinónimo de conciencia. La mente es, meramente, una expresión de la conciencia o el vehículo por el cual la conciencia controla los elementos físicos y vitales de su naturaleza. La mente puede desvanecerse, pero la conciencia perdura, porque el espíritu (conciencia), para manifestarse en este mundo, debe operar por medio de sus polaridades de inteligencia y fuerza. Por eso, la mente es el espejo que refleja la Divinidad en la naturaleza.

Por la conciencia ha sido formado el cielo; por la fuerza ha sido diferenciada la tierra; por la inteligencia están ambas unidas en una unidad armónica. En los antiguos Misterios se nos dice que el hombre es la encarnación del Principio Mental, constituyendo el eslabón que une Dios y la Naturaleza. Dado que es una mezcla de espíritu y materia, la mente recuerda, constantemente, al hombre, su divinidad y humanidad. Por eso, en lo íntimo, se libra incesantemente la batalla de Armageddon, en la cual la divinidad y la humanidad luchan por arrebatarse, alternadamente, el control del organismo. Cuando obtiene la victoria la divinidad, el discípulo comienza su ascensión a la dorada escalera de la Sabiduría; cuando la humanidad triunfa el individuo se arrastra por el fango y cieno del oscuro materialismo.

La conciencia, concordantemente, se simboliza por el alto Sacerdote, la inteligencia por el filósofo y la fuerza por el guerrero. El triple cetro de los reyes egipcios. Los tres clavos de la crucifixión, y la tiara papal, o triple Corona, son también símbolos de esta trinidad de conciencia, inteligencia y fuerza, que el individuo debe aprender a manejar sabiamente si quiere reconquistar su estado perdido.

Esta relación es, además, indicada inequívocamente por el simbolismo de la crucifixión, en la cual Cristo - la conciencia - se encuentra crucificado entre dos ladrones: mente y cuerpo. En el momento en que la existencia e interdependencia de esta Trinidad es reconocida definitivamente por el individuo, es posible, entonces, desarrollar simétricamente la naturaleza, y usar cada parte y funciones en conformidad con los propósitos de Dios y la Naturaleza.
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miércoles, 19 de junio de 2013

La actitud Budista hacia el pensamiento

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De La cultura de la mente de Manly Palmer Hall

Se ha declarado erróneamente que el budista tiene temor al mundo material. La actitud budista es más bien de indiferencia, despreocupación y no de temor. Comprende que el dar un énfasis exclusivo al lado físico de la vida es la causa generadora del sufrimiento y degradación del hombre.

Por lo tanto, se esfuerza por mantener la mente fija, en todo momento, en las expresiones más nobles y profundas de la vida. Buda, sentado en meditación, significa, por su paz e inmutabilidad, aquella realización interior del propósito por el cual el alma humana vino a la vida.

Para el budista, la existencia física representa un período de instrucción y el mundo una gran escuela. Mientras realice el estudiante que no es necesario dejarse envolver personalmente por los problemas que estudia, estará libre. Pero, en el mismo momento en que renuncia a su actitud de desapego, es apresado nuevamente por las redes de la ilusión material. Es contrario a las doctrinas del budismo que el budista ignore las responsabilidades de la existencia material; debe cumplir con todos los deberes: debe enfrentarse a cada responsabilidad; debe cumplir cada obligación. Sin embargo, reconociendo la efímera naturaleza de todas las cosas físicas, el budista sabe que todo aquel que se apega a un objeto físico, animado o inanimado, debe sufrir cuando ese objeto le falte en la vida. Si debe estar apegado a alguna cosa, entonces que se apegue a Dios, porque sólo Dios y el Ser (significado abstracto y último de la palabra Ser) son permanentes.

Comprendiendo que a su muerte debe dejar todo lo que acumule en el universo material, el budista sabe que el sufrimiento es la inevitable secuela del apego material. Por lo tanto, considera las cosas que tiene como si fueran prestadas, y cree que no es ni sabio ni autocontrolado hasta que no puede ceder las cosas a los demás con el mismo júbilo con que las obtuvo. El budista considera el sentido de posesión como la más grande causa singular del sufrimiento humano. “Mata el sentido de posesión; mata el deseo de poseer” y la mente permanecerá tranquila, equilibrada y libre para contemplar la Realidad, y cuando el hombre es libre de los objetos que posee se liberta de las responsabilidades relacionadas con ellos.

El mundo Occidental desdeña al oriental porque no es capaz de establecer, por falta de sentido práctico, una colosal civilización material. El oriental, a su vez, considera los pueblos occidentales como decididamente imprácticos porque, al establecer la estructura de su civilización, han descuidado aquellas más profundas y finas expresiones y valores que son mucho más importantes y permanentes que los monumentos de la grandeza física. El gran mensaje del budismo para el estudiante del pensamiento moderno concierne al uso del peligroso y mortal posesivo “mío”. A nuestro alrededor oímos a la gente alegar la posesión de cosas que nunca podrán controlar. Y una vez afirmada tal posesión debe ser defendida, y así tenemos el insensato espectáculo de naciones arrojando millones de hombres al campo de batalla, sólo para probar que han hecho uso correcto del caso posesivo. Los budistas objetan fundamentalmente la teoría de los posesivos porque, filosóficamente, son de aplicación imposible. El hombre no posee nada; la vasta mayoría ni siquiera “se posee a si mismo”. Los padres dicen: “mi hijo” o “mi hija”, intentando delegarse el destino de la generación futura. El resultado es una serie interminable de sufrimientos, que provienen de un falso “standard” mental que no tiene ninguna existencia fuera de la mente de la ignorante persona que lo concibiera..
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