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viernes, 11 de noviembre de 2016

El pájaro maravilloso

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Cuento mongol

Dicen que dicen que tiempo atrás en el bosque que bordea las montañas del norte había un maravilloso pájaro inteligentísimo y despierto que incluso sabía hablar. Emperadores, ministros y potentados de muchos países habían enviado gente para atraparlo y algunos incluso fueron ellos mismos, pero nadie pudo conseguirlo. Sin embargo, el pájaro no se movía nunca de la rama de un pino milenario, siempre trinando y trinando.

Cuentan que aquellos que tanto iban y venían en busca del pájaro terminaron por dejar un camino en la montaña.

He aquí que la historia del maravilloso pájaro llegó luego a oídos del rey Yiertegeer, del este, quien pensó: “¡Qué pájaro tan terrible! Dicen que nadie ha conseguido atraparlo. Pero de todos modos yo lo lograré!” Y dicho esto se dispuso a partir.

El rey llegó hasta el bosque de que hablábamos, hasta que se detuvo bajo las frondosas ramas de aquel pino milenario. Pero el ave no se asustó ni escapó sino que se dejó atrapar. El rey quedó loco de alegría. Cuando iban en camino de regreso, el pájaro le habló: “¡Respetado rey! Me ha atrapado sin ningún esfuerzo. No obstante, en el camino de regreso no debe exhalar grandes suspiros, ni quedarse en silencio y cabizbajo; de lo contrario me escaparé en un abrir y cerrar de ojos. Por lo tanto, sea como sea, en la marcha siempre tiene que ir hablando alguno de los dos.”

- Está bien – le contestó el rey –, entonces cuenta tú alguna cosa.

- Bueno, le contaré al rey una historia – repuso el pájaro –. Cuentan que había un lugar donde vivía un buen cazador con un buen perro. En cierta ocasión el cazador salió de excursión con su perro y de pronto se encontró una carreta repleta de riquezas en pleno valle. La carreta estaba rota y detenida en ese lugar y su dueño se hallaba sentado mostrando su preocupación. Los hombres intercambiaron algunas palabras formales y se sentaron juntos a fumar un cigarrillo. El de la carreta dijo:

- Hermano cazador, yo quiero ir hasta la aldea que queda más adelante para conseguir alguien que arregle la carreta. Te pido por favor que te quedes aquí con tu perro a cuidarme la carreta.

- Bien – aceptó el cazador y el otro hombre muy contento atravesó la montaña.

El cazador esperó hasta la tardecita y como el dueño de la carreta no volvía pensó: “Mi vieja madre está mal de la vista. Es posible que desde la mañana no haya probado bocado”. Le habló a su perro:

- Quédate aquí cuidando hasta que regrese el dueño de la carreta. No dejes que se roben nada. Yo regreso a hacerle la comida a mi mamá –. Y se marchó.

El perro, fiel al mandato de su amo, se ocupó de cuidar que el buey que tiraba de la carreta no se apartara del sitio y al igual que un sereno, estuvo todo el tiempo dando vueltas de aquí para allá alrededor del vehículo.

El propietario de la carreta pasó por muchas aldeas hasta que por fin hacia la medianoche encontró quien la reparara. Cuando volvió, se dio cuenta que el cazador no estaba mientras que el perro se había quedado a cuidar fielmente la carreta. El hombre se dijo que aquél era en verdad un animal muy bueno y lo premió con algunas piezas de plata, ordenándole que se fuera. En ese momento el cazador estaba justamente en la puerta de su casa esperando el regreso de su mejor amigo. Nada más ver a su amo dejó en el suelo la plata que traía en el hocico. El cazador se enfureció, rezongándole: “Te he dicho que cuidaras bien de que no robaran nada y tú sales robando piezas de plata”. Y terminó matando a palos al buen can.

- ¡Ay! ¡Qué descuido tan grande! ¡Matar por error a un perro tan bueno! – exclamó el rey.

- Ha suspirado – dijo el pájaro, y en un abrir y cerrar de ojos se le voló de las manos.

El monarca se reprochaba a sí mismo: ¿Cómo pude olvidarme de que no tenía que suspirar? Entonces desanduvo el camino y atrapó por segunda vez al pájaro en la rama del vetusto pino. El ave comenzó a hablar:

- Bueno, ahora te relataré otra historia. Se cuenta que había un lugar donde una mujer tenía un buen gato. Un día, la mujer tenía que ir a traer agua del pozo y le dijo al felino: “Cuida bien al bebé que está en la cuna”. Después de que la mujer salió el gato se tiró al lado de la cuna espantando las moscas y los mosquitos. De repente, desde la puerta apareció un ratón grande con toda la intención de morderle la oreja al niño. Muy enfadado, el gato se dispuso a atrapar el ratón. Pero en ese mismo momento otro tan grande llegó a todo correr y de un mordisco se llevó la oreja del bebé, quien comenzó a llorar del dolor.
El gato, que estaba persiguiendo al primer ratón, se pegó el gran susto y volvió corriendo al cuarto, mató al roedor en la puerta, llegó hasta la cuna y se puso a lamer la oreja del niño que manaba sangre. Cuando llegó de vuelta la mujer y vio aquello no pudo contener su indignación. “Te mandé que cuidaras al niño pero tú, malvado, le has comido la oreja”. Hablando así, dio al gato una golpiza que lo dejó muerto. Pero tan pronto dio vuelta la cabeza notó que había un ratón muerto atrás de la puerta, con la oreja del niño entre los dientes. Al darse cuenta de su error comenzó a llorar.

- ¡Ay! ¡Pobrecito! – volvió a exclamar el rey y no más hacerlo el pájaro ¡zás! se le voló de las manos.

El rey desanduvo por tercera vez el camino, llegó hasta el pájaro y lo volvió a atrapar en el mismo lugar de siempre. Luego emprendió el escabroso camino de regreso a través de la montaña. En la marcha el pájaro le volvió a contar un cuento. – Hubo una vez un año de grandes sequías – comenzó el ave astuta – y un hombre llamado Aerbai abandonó la zona afectada por la hambruna. El sol apretaba recio en el camino y el pobre tenía la garganta tan seca que ya no podía caminar, por lo cual se sentó bajo una alta roca a esperar la muerte. 

De súbito escuchó un “glu, glu, glu,” o sea el ruido de agua goteando: descubrió así que el líquido bajaba de lo alto de la gran roca. Sin caber en sí de alegría Aerbai sacó inmediatamente su tazón de madera para recibir el precioso líquido. Cuando logró no sin dificultades llenar el tazón y ya se lo estaba llevando a los labios, apareció de pronto un cuervo que con sus alas le volcó el recipiente. 

- ¡Este maldito pajarraco me ha derramado el agua que Dios misericordioso me ha obsequiado gota a gota! – exclamó furioso, y recogiendo una piedra persiguió al cuervo hasta que lo mató. Nada más llegar hasta el lugar donde había ultimado al cuervo descubrió que un poco más adelante salía agua de la grieta de una roca. Una vez más se puso muy contento, bebiendo hasta hartarse. Pero cuando volvió a donde había estado sentado y recogió su paquete, levantó la cabeza y descubrió una gran serpiente que dormía encima de la roca, en tanto de su boca manaba un líquido. ¡Ay! Quiere decir que el “agua” que yo había juntado era el veneno de esta serpiente y el cuervo me salvó la vida – pensó el hombre con lágrimas de arrepentimiento.

- ¡Ay! – exclamó el rey - ¡Pobre cuervo! ¡Sacrificó su vida para salvar a otro!

- ¡Otra vez ha fracasado! – gritó el pájaro y volvió a echar vuelo.

- Se acabó, realmente no hay manera de atrapar a este pájaro – pensó el rey y regresó a su palacio.
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lunes, 14 de diciembre de 2015

El Tesoro de Bat

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Cuento Mongol

Nasan era un anciano que vivía feliz en la gran estepa de Mongolia. Haciendo honor a su nombre, que significa “larga vida” en mongol, estaba a punto de cumplir los cien años, pero todavía podía cuidar de sus caballos, ovejas y camellos.

Cada día se despertaba muy temprano, salía de la tienda en la que vivía durante la primavera y el verano, y se paraba para ver salir el sol por detrás de la estepa. Tenía la convicción de que esa costumbre de saludar al sol cuando este salía era lo que le daba la vitalidad que tenía pese a su edad.

Además de cuidar de los caballos, Nasan también ordeñaba sus yeguas. Con la leche que conseguía hacía aarul, su comida favorita. El aarul es un producto parecido al queso, que Nasan ponía en unas cajas de madera y colocaba en el techo de su tienda para que fermentara al sol. Con la leche también hacía una bebida de sabor parecido a la cerveza, el airag.

Un día, Nasan vestía como casi siempre: con sus botas acabadas en punta, su del, que es una casaca larga anudada a la cintura, sus pantalones anchos y un gorro en forma de casquete. Nasan cogió un poco de aarul para el camino y una bota de airag para cuando tuviera sed y salió en busca de sus rebaños.

Mientras Nasan cabalgaba, vio al lado del camino a un chico, de unos 12 años de edad, que parecía muy triste. A Nasan le dio pena y decidió pararse a hablar con él.
 
– ¿Qué te ocurre muchacho? - preguntó Nasan.
 
– ¿Qué me ocurre? ¡Todo me ocurre! ¡Mi vida es una desgracia! - empezó a lamentarse el joven-. ¡Hubiera sido mejor que no hubiese nacido!

Nasan se apiadó del chico y le dijo:
 
– No digas eso, pequeño. A ver, cuéntame lo que te pasa. Dicen que las penas compartidas dejan de ser penas. Para empezar, ¿cuál es tu nombre?
 
– Me llamo Bat – contestó el chico.
 
– Bat significa “firme” en mongol, pero la verdad es que no pareces muy firme-. Eso hizo que el chico mirase sorprendido al anciano.
 
– Ahora eso no me importa mucho, la verdad. Si supieras lo que me ha pasado me entenderías -añadió Bat. Y continuó explicándole su historia en un tono muy triste -. Me he quedado solo en el mundo. Mis padres han muerto y no tengo ni caballos, ni ovejas ni siquiera un techo en el que cobijarme. ¡No tengo nada!
 
– Lo siento-. A Nasan le dio mucha pena que Bat hubiese perdido a sus seres queridos.- Pero tienes toda la vida por delante, no lo puedes ver todo tan negro.
 
– ¿Es que no lo ves? ¡No tengo nada! ¿Como viviré a partir de ahora si no tengo nada?-exclamó el chico mientras bajaba la cabeza, intentando aguantarse las lágrimas delante del anciano.
 
– ¿Tú crees que no tienes nada? Pues yo veo que tienes muchos tesoros.

El chico subió la cabeza de golpe y miró a Nasan abriendo mucho los ojos.
 
– ¿Es una broma? Anciano, por favor, no te burles de mí-. Dijo abatido el niño.- ¡No ves que no tengo nada!
 
– No me estoy burlando de ti. Pero te repito que yo veo que tienes muchos tesoros y, si quieres, podemos hacer un trueque.
 
– Pero si no tengo nada que cambiar- repitió el niño-. Y menos un tesoro o algo valioso como un rebaño de ovejas o de caballos.
 
– Pues, a ver que te parece esto. Yo te doy mi rebaño de ovejas, pero a cambio tú me tienes que dar un ojo-, explicó Nasan.
 
– ¿Mi ojo? ¡No, no! ¡Cómo quieres que cambie mi ojo por un rebaño de ovejas!-, se asustó el pequeño.
 
– ¿No quieres? Pues a ver qué te parece esto: si me das tus brazos yo te daré una manada de camellos. Me parece un buen cambio, ¿no?- ofreció el anciano.
 

– ¿Mis brazos? ¡No me interesa en absoluto!-se quejó Bat.
 
– Pues entonces podemos cambiar mi tienda y todo el oro que hay en ella por una de tus piernas.
 
– ¡Estás loco! ¿Como quieres que te dé una de mis piernas? ¡No cambiaría mi pierna por nada del mundo!- Exclamó Bat, que cada vez estaba más alterado.

Nasan se puso la mano en la barbilla y siguió preguntando:
 
– ¿No? ¿Y si me vendieras un brazo, una pierna y un ojo, el lote completo? Por todo eso te daría mis caballos, mis ovejas, mis camellos, la tienda y toda la plata y el oro que tengo. ¿Aceptas? - preguntó Nasan.
 
– ¡No, no! ¡Ni por todo el oro, caballos o camellos del mundo!

Entonces Nasan se incorporó y se echó a reír a grandes carcajadas.
 
– ¿Lo ves? Tú mismo lo dices. Aunque me digas que no tienes nada, cuando te ofrezco comprarte algo que es tuyo me contestas que ni por todos mis animales ni por todo el oro del mundo. ¡Tú mismo lo estás diciendo! ¡Es mucho más valioso lo que tienes que todas mis posesiones y dinero!
 
Bat se irguió de pronto al escuchar al viejo y empezó a reflexionar sobre las palabras de Nasan.
 
– Tus tesoros son la salud, la fortaleza y la juventud. ¿No lo ves? ¡Tú mismo eres tu tesoro! Y si en lugar de estar aquí lamentándote, te pones a utilizar tu cabeza y tus brazos y piernas podrás conseguir lo que te propongas -, explicó Nasan.
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domingo, 28 de octubre de 2012

El origen de los árboles de hojas perennes

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De Cuentos folklóricos de Mongolia

En los primeros días, en el amanecer de la tierra, todos los árboles solían perder sus hojas durante el otoño. Como Erleg Khaan* había traído la enfermedad al mundo, los humanos se enfermaban y morían cuando llegaban a viejos. El cuervo, sin embargo, sintió lástima por los seres humanos y deseó restaurarles a inmortalidad con la que habían sido creados.

En los tiempos antiguos, una enorme montaña, Humber Ula, creció en el centro del mundo. Su cima tocaba la entrada del mundo celestial. En la punta de este pico crecía un álamo con hojas de plata y oro junto al manantial del agua de la vida. Quienquiera que bebiese de esa agua, recobraría su salud y viviría por siempre libre de todo padecimiento

El Cuervo voló a la fuente del agua de la vida y tomó en su pico tanta agua como pudo. Planeaba llevar el agua a los seres humanos para que se volvieran inmortales con unas pocas gotas. Al volar de vuelta a tierra, se acercó demasiado a un bosquecillo de pinos que estaba junto al campamento humano. De repente, un búho ululó desde los árboles. El Cuervo, asustado por el sonido, abrió el pico y el agua se derramó sobre los pinos.

Por este motivo, los pinos permanecen verdes todo el año, mientras que las hojas de otros árboles, como los humanos, envejecen, se caen, y mueren. 
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* El Padre Cielo tuvo dos hijos: Ulgen Tenger, Señor del Mundo Superior, y Erleg Khan, Señor del Mundo Inferior. Ulgen Tenger creó a los animales y a los humanos del barro y los puso a secar. Erleg Khan, envidioso de su hermano, se acercó a los humanos y los escupió para que padecieran enfermedades y no fueran inmortales..
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