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miércoles, 3 de octubre de 2012

La Rana Zarevna


De Cuentos de hadas rusos


En cierto reino de cierto Imperio vivían un Zar y una Zarina que tenían tres hijos, los tres jóvenes, valerosos y solteros, el menor de los cuales se llamaba Iván. Un día el Zar les habló y les dijo:

- Queridos hijos, coged cada uno una flecha y un arco, salid en diferentes direcciones y disparadla con toda vuestra fuerza y dondequiera que caiga la flecha, elegid allí vuestra esposa.

El mayor disparó y la flecha fue a parar precisamente al aposento de la hija de un boyardo. La flecha del segundo hermano fue a parar a la casa de un rico comerciante y se quedó clavado en una galería donde se paseaba en aquel momento una hermosa doncella, que era la hija de un comerciante. El hermano menor disparó su flecha, que fue a caer a una charca y la cogió una rana que todo el día estaba croando.
El Zarevitz Iván dijo a su padre:

- ¿Cómo quieres qué acepte por esposa a semejante charlatana? ¿Yo casarme con una rana?

- ¡Cásate con ella - replicó su padre,- ese es tu destino!

Los tres hermanos se casaron. El mayor, con la hija del noble, el segundo, con la hija del comerciante y el menor con la rana charlatana. Y el Zar los llamó y les dijo:

- Mañana han de cocerme vuestras esposas pan blanco.

El Zarevitz Iván se retiró de la presencia de su padre tan afligido, que la cabeza, siempre erguida, te caía por debajo de los hombros.

- ¡Croá, croá! ¿Por qué estás tan afligido, Iván el Zarevitz? -preguntó la rana.

- ¡Bien se ve que no has oído las palabras de mi padre el Zar. ¿Cómo no he de estar triste si mi padre y soberano señor quiere que mañana le cuezas pan blanco?

- ¡No te aflijas por tan poca cosa, Zarevitz; acuéstate y duerme, que la almohada es buena consejera!

Hizo que el Zarevitz se acostase y cuando estuvo dormido, se arrancó la piel de rana y se transformó en una doncella de sin igual hermosura. Basilisa Premudraya salió a la galería y gritó con voz penetrante:

- ¡Nodrizas, nodrizas! ¡Venid! ¡Poneos a trabajar y hacedme pan blando y blanco como el que solía comer en casa de mi querido padre!

Cuando se levantó el Zarevitz Iván, al día siguiente, ya estaba el pan hecho y era un pan tan magnífico que ni la lengua puede expresarle ni la fantasía imaginarlo; sólo se puede hablar en un cuento de cómo era. Los repulgos hacían unos dibujos fantásticos y los cuernos de que estaba rodeado representaban castillos con fosos y todo. El Zar se deshizo en elogios del Zarevitz Iván a causa del pan que le presentó y ordenó a sus tres hijos:

- Vuestras esposas han de fabricarme una alfombra en una noche.

El Zarevitz Iván salió de la presencia de su padre tan afligido que la cabeza, siempre erguida, le caía por debajo de los hombros.

- ¡Croá, croá! ¿Por qué estás tan afligido, Iván el Zarevitz? ¿Te ha dirigido tu padre el Zar palabras de censura?

- ¿Cómo no he de estar triste si mi padre y soberano señor te ordena que le fabriques un tapiz de seda en una noche?

- No te apures por eso, Zarevitz; acuéstate y duerme, que la almohada es una buena consejera.

Hizo que el Zarevitz se acostase y cuando vio que dormía se desprendió de la piel de rana y quedó transformada en una hermosa doncella. Basilisa Premudraya salió a la galería y gritó con voz penetrante:

- ¡Nodrizas, nodrizas! ¡Venid! ¡Poneos a trabajar y tejedme una alfombra de seda como aquellas en que me solía sentar en casa de mi querido padre!

Dicho y hecho. Cuando se levantó el Zarevitz al día siguiente, ya estaba la alfombra lista, y era tan magnífica, que sólo es para decir en cuentos cómo era, mas no para imaginarlo ni soñarlo. La alfombra estaba bordada en oro y plata y en los más vivos colores. El Zar llenó de elogios al Zarevitz Iván a causa de la alfombra, y enseguida ordenó a los tres hijos que al día siguiente compareciesen ante él con sus respectivas esposas.
De nuevo se retiró el Zarevitz Iván de la presencia de su padre tan afligido, que la cabeza, siempre erguida, le caía por debajo de los hombros.

- ¡Croá, croá! ¿Por qué estás tan afligido, Iván el Zarevitz? ¿Te ha dirigido tu padre el Zar palabras de censura?

- ¿Cómo no he de estar triste, si mi padre soberano y señor me ha ordenado que me presente mañana contigo? ¿Qué dirá la gente si te ve?

- No te apures, Zarevitz. Preséntate solo ante tu padre y yo llegaré detrás de ti. Cuando oigas ruido y llamen a la puerta, sólo has de decir: "¡Aquí viene mi querida Ranita, metida en su cestita!"

Y he aquí que los hermanos mayores se presentaron con sus esposas magníficamente ataviadas y se reían del Zarevitz Iván, diciendo:

- Hermano, ¿por qué has venido sin tu mujer? Podías haberla traído en paño de cocina. ¿De dónde sacaste semejante belleza? ¡Sin duda la buscaste por todos los pantanos del país de las hadas!

Y he aquí que se oyó un gran ruido y que llamaban a la puerta con tan recios golpes, que temblaba todo el palacio. Los invitados se asustaron tanto, que dejaron su puesto y no sabían donde meterse; pero el Zarevitz Iván los tranquilizó diciendo:

- ¡No temáis, señores! ¡Eso no es más que mi Ranita que viene en su cestita!

Y una carroza de oro tirada por seis caballos se detuvo a la entrada del palacio, y de ella bajó Basilisa Premudraya de tan singular belleza, que sólo es para decir en cuentos, pero no para imaginarla ni soñarla. El Zarevitz Iván la cogió de la mano y la condujo a la mesa de bordado mantel. Los convidados empezaron a comer y a divertirse. Basilisa Premudraya bebía vino pero arrojaba las heces de la copa en el interior de su manga izquierda. También comió cisne asado, pero arrojaba los huesos en el interior de su manga derecha. Las mujeres de los hermanos mayores, que se fijaron en aquellos que creían estratagemas, hicieron lo mismo.

Luego cuando Basilisa Premudraya bailó con el Zarevitz Iván, agitó su mano izquierda y apareció un lago; agitó su mano derecha y aparecieron cisnes blancos deslizándose por la superficie del agua. El Zar y sus huéspedes se quedaron atónitos ante tales maravillas. Después bailaron las mujeres de los hermanos mayores. Agitaron la mano izquierda y todos los invitados quedaron rociados de agua; agitaron la mano derecha y los huesos fueron a dar en los mismos ojos del Zar. Éste se indignó y las arrojó de la corte a cajas destempladas.
Y sucedió que un día el Zarevitz Iván aprovechando una ocasión, salió de casa, encontró la piel de rana y la echó al fuego. Basilisa Premudraya fue a buscar la piel y al no hallarla se apenó en gran manera y, hecha un mar de llanto, fue a ver al Zarevitz y le dijo:

- ¿Qué has hecho, desgraciado Zarevitz Iván? Si hubieras esperado un poco más, hubiese sido tuya para siempre. Pero ahora, ¡adiós! Búscame más allá del país Tres Veces Nueve, en el imperio de Tres Veces Diez, en casa de Koshchei Bezsmertny (el esqueleto inmortal).

Dicho esto se transformó en un cisne blanco y salió volando por la ventana.
El Zarevitz Iván lloró amargamente, se volvió a los cuatro puntos cardinales rogando a Dios que dirigiera sus pasos y por fin emprendió la marcha en una dirección.
Anda que andarás, ando que andarás, sin que importe los días que estuvo andando, encontró por fin un viejo, muy viejo, que le dijo:

- ¡Hola, buen joven! ¿Qué buscas y adónde vas?

El Zarevitz le contó toda su desgracia.

- ¡Ay, Zarevitz Iván! ¿Por qué quemaste aquella piel de rana? ¡No debiste hacerlo! Basilisa Premudraya era más lista y más inteligente que su padre, y éste por envidia la condenó a vivir como una rana por espacio de tres años. Aquí tienes una pelota, tírala y síguela donde vaya. Iván el Zarevitz dio las gracias al viejo y siguió la pelota. Al pasar por un llano encontró a un oso y pensó:

- ¡Vaya! Mataré a este oso.

Pero el oso le rogó:

- ¡No me mates, Zarevitz! ¡Yo también puedo hacerte algún favor en alguna ocasión!
 
Siguieron andando y he aquí que venía en su dirección contoneándose un pato. El Zarevitz tendía ya el arco para tirarle, cuando el animal gritó con voz humana:

- ¡No me mates, Zarevitz Iván! ¡Tal vez también yo pueda darte alguna prueba de amistad!
Le tuvo compasión y siguieron adelante, y una liebre cruzó corriendo el camino. El Zarevitz preparó el arco y ya estaba a punto de disparar la flecha cuando la liebre gritó con voz humana:

- ¡No me mates, Zarevitz! Yo también puedo darte alguno prueba de amistad!
 
Iván el Zarevitz le tuvo compasión y siguieron andando hasta que llegaron al mar, y he aquí que en la arena agonizaba un pez, que suspiró:

- ¡Zarevitz Iván! Compadécete de mí y vuélveme al agua.

El joven echó el pez al agua y siguió andando por la playa. La pelota dando vueltas y más vueltas, llegó por fin ante una mísera choza que se sostenía y giraba sobre unas patas de gallina. El Zarevitz Iván le dijo:

- ¡Chocita, chocita, ponte como te puso tu madrecita, de cara a mí y de espalda al mar!

Y la chocita dio una vuelta y se puso de cara a él y de espalda al mar. El Zarevitz entró y se halló en presencia de la Baba Yaga piernas de hueso, echada en la estufa sobre nueve ladrillos y puliéndose los dientes.

- ¡Hola, buen joven! ¿A qué debo el honor de tu visita?

- ¡Calla, bruja! Me llamas buen joven y más valdría que me dieras algo de comer y de beber y me preparases un baño. Luego podrías preguntarme lo que quieras.

La Baba Yaga lo dio de comer y de beber y le preparó un baño, y luego el Zarevitz le dijo que iba en busca de su esposa, Basilisa Premudroyo

- La conozco - dijo la Baba Yaga - Ahora está con su padre Koshchei Bezimertny. Es difícil llegar allí y no es fácil arreglar las cuentas a Koshchei. Su muerte depende de la punta de un aguja, la aguja la lleva una liebre, la liebre está en un cofre, el cofre en la cima de un alto roble, y Koshchei guarda el roble como la niña de sus ojos.

Baba Yaga le enseñó entonces en qué parte se hallaba el roble. EI Zarevitz se dirigió adónde le indicó, pero no sabía cómo apoderarse del cofre. De pronto, sin saber cómo, el oso se abrazó al árbol y lo arrancó de cuajo; el cofre cayó y se hizo pedazos; la liebre de un salto se puso en salvo. Pero he aquí que la otra liebre se lanzó tras ella, la cogió y la descuartizó; de dentro de la liebre salió un pato que echó a volar por el aire; pero el otro pato lo persiguió, le dio alcance y lo abatió, y al caer, el pato dejó caer un huevo y éste se perdió en el mar. El Zarevitz ante aquella irreparable pérdida del huevo lloraba desconsolado, cuando el pez se acercó nadando a la orilla con el huevo en la boca. El joven tomó el huevo, lo rompió, sacó la aguja y rompió la punta. Entonces atacó a Koshchei, que se defendió cuanto pudo, pero por más esfuerzos que hizo no le tocó más que sucumbir. El Zarevitz Iván se dirigió a casa de Koshchei, cogió a Basilisa Premudraya y se volvió a casa. Y en adelante vivieron juntos largos años y en completa felicidad.

lunes, 17 de septiembre de 2012

El Pato Blanco


De Cuentos de hadas rusos


Un Príncipe muy rico y poderoso casó con una Princesa de sin igual hermosura y, sin tiempo para contemplarla, sin tiempo para hablarle, sin tiempo para escucharla, se vio obligado a separarse de ella dejándola bajo la custodia de personas extrañas. Mucho lloró la Princesa y muchos fueron los consuelos que procuró darle el Príncipe. Le aconsejó que no abandonara sus habitaciones, que no tuviera tratos con gente mala, que no prestara oídos a malas lenguas y no hiciese caso de mujeres desconocidas. La Princesa prometió hacerlo así y cuando el Príncipe se alejó de ella se encerró en sus habitaciones. Allí vivía y nunca salía.
Transcurrió un tiempo más o menos largo, cuando un día, que estaba sentada junto a la ventana, bañada en llanto, acertó a pasar por allí una mujer. Era una mujer de sencillo y bondadoso aspecto que se detuvo ante la ventana y, encorvada sobre su báculo y apoyando su barba en las manos, dijo a la Princesa con voz dulce y cariñosa:

- Querida Princesita, ¿por qué estás siempre triste y afligida? Sal de tus habitaciones a contemplar un poco el hermoso mundo de Dios, o baja a tu jardín, y entre los verdes follajes se disiparán tus penas.

Durante buen espacio de tiempo, la Princesa se negó a seguir aquel consejo y no quería escuchar las palabras de la mujer; pero al fin pensó: "¿Qué inconveniente ha de haber en ir al jardín? Otra cosa sería pasar el arroyo." La Princesa ignoraba que aquella mujer era una hechicera y quería perderla porque la envidiaba, de modo que salió al jardín y estuvo escuchando sus palabras lisonjeras. Cruzaba el jardín un arroyo de aguas cristalinas y la mujer dijo a la Princesa:

- Hace un día abrasador y el sol quema como el fuego, pero este arroyo es fresco y delicioso. ¿Por qué no bañarnos en él?

- ¡Ah! ¡No! -exclamó la Princesa. Pero luego pensó: "¿Por qué no? ¿Qué inconveniente puede haber en tomar un baño?"

Se quitó el vestido y se metió en el agua, pero no bien se hubo mojado toda, la hechicera le tocó la espalda con el cayado diciendo:

- ¡Ahora nada como un pato blanco!

Y la hechicera se puso enseguida los vestidos de la Princesa, se ciñó a las sienes la diadema, se pintó y fue a las habitaciones de la Princesa a esperar al Príncipe. En cuanto oyó ladrar el perro y tocar la campanilla de la puerta, corrió a recibirlo, se le arrojó al cuello y lo besó en un abrazo. El Príncipe estaba tan radiante de gozo, que fue el primero en abrirle los brazos y ni un momento sospechó que no era a su mujer sino a una malvada bruja a quien abrazaba.

Y sucedió que el pato, que como es de suponer era hembra, puso tres huevos, de los que nacieron dos robustos polluelos y un canijo, porque se anticipó a romper la cáscara. Sus hijos empezaron a crecer y ella los criaba con esmero. Los paseaba a lo largo del río, les enseñaba a pescar pececillos de colores, recogía pedacitos de ropa y les cosía botitas, y desde la orilla del arroyo les enseñaba los prados y les decía:

- ¡No vayáis allá, hijos míos! Allá vive la malvada bruja que me perdió a mí y os perdería a vosotros.

Pero los pequeños no hacían caso de su madre y un día jugaban por la hierba, y otro perseguían hormigas, y cada día se alejaban más hasta que llegaron al patio de la Princesa. La hechicera los conoció por instinto y rechinó los dientes de rabia; pero se transformó en una belleza y los llamó al palacio, y les dio exquisitos manjares y excelentes, bebidas. Después de haberlos mandado a dormir, ordenó a sus criados que encendieron fuego en el patio, pusieran a hervir una caldera y afilaran los cuchillos.

Los hermanos dormían, pero el nacido a destiempo y a quien por orden de la madre habían de llevar los otros en el seno para que no se enfriase, no dormía, sino que lo veía y lo escuchaba todo. Y aquella noche la hechicera fue al cuarto que ocupaban los hermanos y dijo:

- ¿Estáis durmiendo, pequeñitos?

Y el nacido a destiempo contestó por sus hermanos:

- No estamos durmiendo, pero pensamos en nuestros pensamientos que nos quieres hacer pedazos. Los montones de ramas de arce están ardiendo, las calderas están hirviendo, los cuchillos están afilados.

- No duermen - dijo la hechicera y se alejó de la puerta. Dio unas vueltas por el palacio y se acercó de nuevo a la puerta:

- ¿Estáis durmiendo, hijos míos?

Y el nacido a destiempo sacó la cabecita de debajo de la almohada y contestó:

- No soñamos durmiendo, pero pensamos en nuestros pensamientos que nos quieres hacer pedazos. Los montones de ramas de arce están ardiendo, las calderas están hirviendo, los cuchillos están afilados.

- ¿Cómo es que siempre me contesta la mismo voz? -pensó la hechicera.- Voy a ver.

Abrió la puerta poco a poco, miró y vio que dos de los hermanos estaban profundamente dormidos. Entonces los mató a los dos. Al día siguiente, el pato blanco empezó a llamar a sus hijos, pero sus queridos hijos no contestaron a su llamamiento. Enseguida sospechó que algo malo había sucedido. Se estremeció de miedo y voló al patio de la Princesa, donde, tan blancos como pañuelitos blancos, tan fríos como pececitos escamados, yacían uno al lado de otro los tres hermanitos. Abatió su vuelo sobre ellos, agitó desesperadamente sus alas, daba vueltas en torno a sus queridos hijos y gritaba con voz maternal:

"¡Cuá, cuá, cuá, mis queridos hijitos!
¡Cuá, cuá, cuá, mis tiernos pichoncitos!
Yo bajo mis alas siempre os protegí,
y el pan de mi boca solícita os di.
Por veros felices yo nunca dormía,
pensando en vosotros de noche y de día."

El Príncipe oyó aquellos lamentos y llamó a la hechicera, a la que creía su esposa, a su presencia.

- ¿Mujer, has oído eso, eso tan inaudito?

- Debe de ser tu imaginación. ¡Eh, criados! ¡Arrojad ese pato del patio!

Los criados salieron a ahuyentar al pato, pero éste volaba dando vueltas sin parar de decir a sus hijos:

¡"Cuá, cuá, cuá, mis queridos hijitos!
¡Cuá, cuá, cuá, mis tiernos pichoncitos!
Causó vuestra ruina la viejo hechicera,
la astuta serpiente, la gran embustera.
Que bajo la hierba se arrastra cruel.
Ella a vuestro padre, mi marido fiel,
nos quitó y a un río nos ha condenado
y en blancos patitos nos ha transformado.
Vistiendo su crimen de falso oropel,
para que lo ignore mi marido fiel."

El Príncipe comprendió entonces que en todo aquello había algún misterio y gritó:

- ¡Traedme aquí ese pato blanco!

Todos se apresuraron a obedecer, pero el pato estaba girando en círculos y nadie podía cogerlo. Por fin salió el mismo Príncipe a la galería, y el ave voló a sus manos y cayó a sus pies. El Príncipe la cogió suavemente por las alas y dijo:

- ¡Blanco abedul ponte detrás, y hermosa dama ponte delante!

Al momento, el pato blanco volvió a tomar la forma de la bellísima Princesa, dio órdenes para que fueran a buscar un frasco de agua de la vida y del habla, al nido de una urraca, roció a sus hijos con el agua de vida y se movieron, luego los roció con agua del habla, y empezaron a hablar. El Príncipe se vio rodeado de sus hijos, sanos y salvos y todos vivieron felices, practicando el bien y evitando el mal.

Pero a la bruja, por orden del Príncipe, la ataron a la cola de un caballo que la arrastró por la inmensa estepa. Las aves del aire le arrancaron la carne a picotazos y los vientos del cielo esparcieron sus huesos, y no quedó de ella ni vestigios ni memoria.
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